Su extraordinaria devoción mariana

Las tiernas expresiones dirigidas por Teresa a la Virgen corresponden a su identificación con los sentimientos maternales de María. Existe una corriente de influencias en su vida. Enamorada de Cristo calca en su corazón el amor que Éste profesa a su Madre. Al mismo tiempo María, mujer madre y virgen, suscita en ella la ternura de su devoción a Cristo. Teresa lo da a entender siempre, pero con más intensidad cuando su vida llega a término: “ Acaso no son mías tus virtudes / y tu amor también mío? Así, cuando la pura y blanca Hostia / baja a mi corazón, / tu Cordero, Jesús, sueña estar reposando / en ti misma, María.”1 Es extenso este poema dedicado a María. Cuatro meses después consuma su amor y su sacrificio.

Su devoción, aunque tierna, no es dulzona. Posee la fortaleza de su amor a Dios. Siente con su corazón lo que decide con su férrea voluntad. Teresa sabe lo que quiere, traza su simple y exigente plan de trabajo y se dedica a él con todo su ser. María es Madre y amparo en su orfandad, pero, principalmente, es modelo que desea imitar. Está en el primer término de sus amores. Existe un sentido verdaderamente “teológico” en esta jerarquización. No puede pensar en Jesús sin pensar en María que lo ha engendrado para el mundo. Pensar en María, contemplarla y amarla, es sumergirse en la napa más honda del misterio de Cristo. Esta inseparabilidad esencial se ha hecho conciencia en el magisterio de la Iglesia. Me vienen a la memoria expresiones notables, como las de Pablo VI. Los santos saben vivir la verdad de fe, objeto de la reflexión teológica, y desarrollarla con más lucidez que si la formularan científicamente.

Logran lo que en definitiva los teólogos buscan afanosamente: el misterio de Dios presente en el misterio del hombre. La Vida, que lo ha creado, vence a la muerte que lo ha destruido. El encuentro con Él es generador de todo auténtico encuentro. María es el silencio mismo, acogedor de la Palabra; es la pobreza, ávida de la única riqueza que colma el corazón humano: “… porque nos has hecho para ti, y nuestro corazón no halla sosiego hasta que descansa en ti2; es la docilidad del oro entre las manos expertas del orfebre. Es imposible encontrar, en el acervo rico de nuestra literatura, los términos adecuados o las imágenes geniales que traduzcan tanta vida. ¡María es pureza y humildad, capacidad para transparentar a Dios y fidelidad para ofrecerlo a los demás sin distorsionar su imagen! Por ello es el modelo acabado de la Iglesia, como la madre perfecta es el acopio realizado del que la hija que crece debe aprender. Teresa se entiende Iglesia, “en el corazón de su madre”, y aprende de María todo lo que se refiere a su Amado.

¿Qué aprende? Aprende a ser mujer. La nueva Eva. La que no quiere ser como la primera, arrastrando a los otros a su cautiverio e infelicidad. María, dulcemente preparada por Dios, con la libertad que tuvo Eva, abre su corazón inmaculado a la Palabra y le ofrece su seno, para que el nuevo Adán aparezca entre los hombres. De su novedad admirable nace la Novedad que le da Vida a ella. De su humildad se nutre humanamente el Siervo pobre y sufriente. De su amor filial a Dios, Jesús saca las maneras para manifestar su filial devoción al Padre. Cuesta entender hasta qué grado María es maestra de Jesús, siendo su discípula más aventajada. Jamás podremos develar el misterio de aquella vida oculta en Nazaret. Teresa la contempla, muy lejos de pretender saciar su curiosidad intelectual. Allí está Jesús, María y José. Su amor se enternece ante el espectáculo humilde que, para el mundo de la frivolidad, pasa desapercibido.

Teresa permanece allí, descubriendo los pequeños objetos en el lecho abismal donde todo el misterio se revela. Confiada, se aventura sin temores, y comprende que el amor sencillo de los humildes posee todo el poder. Por ello, decidida y generosa, se dedica a ser lo suficientemente pequeña como para entender a Dios, su Amado. María es, para ella, el modelo femenino de esa sapiente pequeñez. Al contemplarla, con su mirada transparentada por el sufrimiento, encuentra los rasgos que quiere reproducir. Lo hace espontáneamente. Quienes conocen a la santa experimentan la sensación de una presencia sensible de María. Se cumple en ella lo que suplicaba a la Inmaculada una joven española, ya Venerable: “Madre, que quien me mire te vea”.3

La postura serena y dulce de María, como aparece en las distintas escenas evangélicas, es fruto de una actividad interior que supera todo cálculo humano. La confianza en el poder de Dios, que se sacia en la contemplación del rostro paterno y misericordioso, le permite reaccionar con respuestas sabias y espontáneas. Recordemos la línea breve del Evangelio de San Lucas: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho”. Rendirse a la voluntad de Dios no es un gesto de humana resignación, es consecuencia de un duro combate en el que vence quien se rinde. Teresa lo aprende tan bien de su Madre Santísima que no cesa de practicarlo hasta el fin de su vida. La ciencia que hace sabios a los santos consiste en ese asentimiento del ser a lo que Dios quiere. Las “Últimas Conversaciones” aportan testimonios conmovedores de la docilidad de Teresa hasta la muerte.

Al cuidado de María, Teresita aprende a ser humilde. La que se autocalifica servidora es maestra en la humildad. En María advertimos una transparencia traslúcida que toma todo su ser. No la enaltece, la configura y le otorga una belleza extraordinaria. La humildad, imposible de confundir con la poquedad o timidez, es verdad y armoniosa situación. Como es cuna del amor, coincide con el valor para la lucha y la fortaleza, para la tribulación y el sufrimiento. María es del séquito de Jesús misionero. Está con Él y las buenas mujeres, asistiéndolo, constituye aliento del Espíritu entre las graves dificultades y persecuciones que debe encarar. Teresa se une estrechamente a ella, sorbe su espíritu, se abraza al Cristo descendido de la Cruz y adora aquel misterio de inmolación por amor. Es el pensamiento que ocupa su mente, que ilumina las jornadas más tenebrosas de sus pruebas de fe. Teresa lo puede decir. María lleva la hondura de su dolor al silencio, como sumergiéndose en la noche inacabable de la Pasión.

Su seguimiento de María avanza en gestos concretos, como la vida misma. Es creativa, no mimetiza; es ella misma, con la originalidad que le corresponde; como la hija se distingue de su madre a quien, sin embargo, ama y admira hasta recibir dócilmente de ella las mejores lecciones para ser mujer y santa. Hereda otra virtud de la Virgen: el amor a la Iglesia. No podremos dejar de pensar en aquellos años iniciales, junto a los Apóstoles, en medio de las primeras comunidades de creyentes. María es mirada con veneración. Es el arca que contuvo el adorable Misterio del Hijo de Dios encarnado. Mantiene la plenitud de gracia que Dios le otorgó desde que pensó en ella como Madre de su Hijo. Ofrece la virtud que la identifica, más que a nadie, a Cristo Redentor. Lo vive todo, lo sufre todo y gusta, como paladeándolo, el gozo del Espíritu de Pentecostés. Su extraordinaria capacidad de identificar a Jesucristo con su Iglesia, le ofrece la ocasión de amarla entrañablemente en sus miembros, sin idealizarlos.

Teresa ama, desde el corazón de su Madre, que es la Virgen, a la Iglesia y, desde el corazón de su otra Madre, que es la Iglesia, a María. Su amor no es declamatorio. Aprende de Jesús y de María a amar con el realismo de la cruz y de la oblación. Lo aprende desde su propia cruz, ara impresionante de su generosa inmolación. Un amor que se expresa en la misericordia y, por tanto, comprometido en el bien de los más necesitados. Por allí pasan sus hermanas de comunidad, sushermanitos misioneros y las grandes necesidades del mundo. Ese amor es el que la impulsa a desear ardientemente pasar el cielo haciendo bien en la tierra. El reconocimiento que el pueblo ha manifestado de su capacidad intercesora está expresado en las innumerables iglesias y ermitas dedicadas a su memoria.

No es posible codificar, con exactitud, los aspectos de la espiritualidad de Teresa, para referirlos a la relación que mantiene con María. Su comunicación con María Madre es tan viva que origina un semblante de santidad literariamente inasible. Teresa es una verdadera hija de la Madre del Señor. Aprende a vivir, y vive intensamente lo que aprende. La contempla con tanta ternura y satisfacción que llega a decir, antes de morir: “…La Santísima Virgen no tiene otra Santísima Virgen a quien amar, es menos dichosa que nosotros”.4 Se deja impregnar por el silencio suave y expresivo de la Madre. Sabe que lo más importante no se recibe porque se entiende. El sentimiento de que nuestro intelecto no puede jamás aprehender a Dios sino borrosamente, abre una nueva y complementaria posibilidad.

Lo que el intelecto no llega a captar acabadamente, lo logra la persona por el amor. El contemplativo es quien, por el amor, posee toda la Verdad aunque el sólo entendimiento no sepa definirla. María, como José, no habla porque contempla lo que ama, y lo entiende en los términos propios del amor. Teresa aprende de su Madre y entiende a Dios con su Madre. Nos queda la oportunidad del silencio fecundo de la contemplación de María, al estilo de Teresa.

1Poesías 44. Por que te amo, oh María! pág. 799

2San Agustín. Confesiones. Libro 1.

3Sor Teresita Quevedo.

4Cuaderno amarillo. 11.8.1897, pág. 942.