Libre en la obediencia

El amor a Dios debía abordar en ella su instancia culminante: la ofrenda de amor. No hay modo más seguro, para entender su alcance y significado, que el texto mismo de la Ofrenda. Hemos procurado seguirle los pasos. Teresa no se detiene. Encuentra indefectiblemente lo que busca. Desde niña no se contenta con poco y su vida es un constante “tomarlo todo”. Hubiera sido una malcriada sin el auxilio del Señor. En sus notas, tan sinceras, no deja de reconocerlo y glorificar la misericordia de Dios que la previene. Su corazón busca la senda que la conduzca a la verdadera perfección. La Ofrenda es síntesis, formulada piadosa y simplemente. La guarda sobre su corazón como el tesoro depositado por el Amado. Se recrea en ella, la repite sin cesar, la constituye en sustancia de su vida personal. El ascenso misterioso, iniciado en la Navidad de 1886, adquiere con ella una conformación de recta final y arribo a la senda temporal que conduce al Cielo.

El Señor retoca los rasgos finales de su obra en Teresa. Si prestamos atención a la operación de Dios, por el Espíritu, descubrimos los aspectos más bellos de su fisonomía de santidad. Es preciso que sigamos, como parafraseándolo, el texto de su Ofrenda. Allí está expresado lo que aprende del Corazón misericordioso de Dios. Ingresa por el estrecho más delgado del camino. Nada debe llevar consigo. Ella sola, como cuando salió del seno de su mamá. Dios la recoge entre sus manos paternales y la viste con su traje filial de fiesta. Sabe que necesita no disponer de nada, para tenerlo todo. Abandona la pretensión de saberlo todo, para conocerlo todo. Teresa se entusiasma, manifiesta un gozo de niña alborozada que, por fin, llega a la cumbre de sus anhelos.

A fin de vivir en un acto de perfecto amor, yo me ofrezco como víctima de holocausto a tu AMOR MISERICORDIOSO, suplicándote que me consumas sin cesar, dejando que se desborden de mi alma las olas de ternura infinita que están encerradas en ti, para que así llegue yo a ser mártir de tu amor, oh, Dios mío!…” 1 Quiero iniciar mi comentario con la fórmula de su Ofrenda. Allí la santa sintetiza las expresiones directas y simples que han servido para entender y ofrecer a los otros la verdad que la toma por entero, y que siempre permanece al alcance de su mano de niña. Este acto de ofrenda no es más que un desborde incontenible de su corazón humilde y abrasado de amor. Está redactado un año y nueve meses antes de la consumación deseada, el 9 de junio de 1895.

En él aparecen los elementos esenciales que confluyen en su sorprendente espiritualidad. No es un simple programa a realizar, está cumplido en esencia. Es deseo y realización. Es proyecto y fruto del dinamismo que lo saca de la teoría. Teresa, con esfuerzo y confianza, arranca del modelo excelente el perfil de su escondida y fecunda vida. El pensamiento inicial expresa perfectamente su ideal de vida: “Oh, Dios mío, Trinidad bienaventurada, deseo amarte y hacerte amar!…” 2Amar a Dios, y que todos los hombres lo amen. Ser y misión. Lograr y ofrecer a sus hermanos la riqueza del amor de Dios, pronto a la misericordia. Recuerda con admiración a los santos que se han ofrecido como víctimas a la justicia de Dios. No se siente con fuerzas, es demasiado pequeña, pero su inteligencia de las cosas de Dios la orienta a descubrir el verdadero sentido de la justicia divina en el misterio de su misericordia.

Quiere ofrecerse a la Misericordia. Su valor para el martirio procede de su convicción de que Dios la ama y le otorga la capacidad de ocuparse de todos. San Agustín experimentó la fuerza transformadora de la gracia en su naturaleza debilitada, hasta el deterioro, del mismo modo Teresa percibe la virtud transformadora de la divina Misericordia. Lo reflexiona explícitamente. Su experiencia del amor misericordioso de Dios la califica para enseñar lo que aprende, lo más importante, lo único necesario: “Deseo ser santa, pero siento mi impotencia, y te pido, oh, Dios mío!, que tú mismo seas mi santidad”. 3

Sorprende la sagacidad teológica de Teresa que define exactamente que la santidad es Dios, autorevelado en Cristo. Busca, pero no halla la perfección deseada fuera de Él. Es su Amado quien por su Espíritu causa la posibilidad. Coincide con la palabra precisa del Apóstol Pablo: “Porque Dios es el que produce en ustedes el querer y el hacer, conforme a su designio de amor”. 4En el amor a Dios halla la capacidad otorgada de configurarse con quien es la santidad. Por ello se ofrece con gozo: “Puesto que me has amado hasta darme tu Hijo para que fuese mi Salvador y mi Esposo, los tesoros infinitos de sus méritos son míos; te los ofrezco gustosa, suplicándote que no me mires sino a través de la Faz de Jesús y en su corazón abrasado de amor”. 5De esta manera, la santa no puede dejar de sentirse con todo el poder filial de su Amado. Esta convicción crece en ella hasta obtener dimensiones precisas, asombrosas.

En consecuencia, su vida y su eternidad, serán una continua intercesión por todos los amados de Dios. Nadie, sin duda, queda al margen de la misma. Ruega no detenerse en el descanso definitivo del amor. No imagina un cielo sin hacer el bien a quienes ama por la única razón de que Dios los ama. Ama, y amará, con el ardor inimaginable del amor con que Dios ama a todos los hombres. Se empeñará en perseguir a los más rebeldes hasta hacerse oír con la ternura de su voz fraterna y angelical. Lo más asombroso es la condescendencia de Dios hacia su pequeña y poderosa hija. El amor enternece el corazón de Dios, casi lo domina. Teresa lo sabe, no cesa de aprenderlo en la interiorización de su Ofrenda: “Quisiera consolarte de la ingratitud de los malos, y te suplico que me quites la libertad de disgustarte. Si por debilidad caigo alguna vez, que tu mirada divina purifique en seguida mi alma, consumiendo todas mis imperfecciones, como el fuego, que todo lo transforma en sí…” 6

Aquí está el secreto de la influencia universal de Santa Teresa de Lisieux. Su modelo femenino, que es María, encuentra en su pequeño ser la transparencia de un límpido cristal. Lo incluye en su Ofrenda: “Por último, te ofrezco, oh bienaventurada Trinidad!, el amor y los méritos de la Santísima Virgen, mi Madre querida; a ella le confío mi ofrenda, rogándole que te la presente”.7 Dios se recrea en ella, como resonancia del gozo infinito que experimenta ante la llena de gracia. También nosotros, esforzados peregrinos. En alguna oportunidad, conversando con sacerdotes, les expresaba la importancia que tienen las hermanas de sangre en las vidas de los consagrados. Se me ocurrió una conclusión de profunda inspiración familiar: “… las hermanas son obsequios de las madres”. Por mi cuenta considero a Teresita, en mi vida sacerdotal, un verdadero e invalorable regalo de la Virgen Santísima. No creo que pueda, en pocas palabras, desplegar las razones de esta afirmación.

El amor a Dios lo domina todo en la vida de Teresa. Es impresionante el desinterés que manifiesta ante los bienes relativos. Ha ascendido tan rápidamente hasta Dios, como único centro de sus jóvenes anhelos, que ya nada la entusiasma que no sea Él. Ese inefable amor la aleja de toda pretensión, de toda imaginada promoción, incluso de un proyecto de santidad que tienda a diluirse entre propósitos voluntaristas. Sin dejar de trabajar denodadamente, confía con ternura y abandono de niña. Así lo expresa en su Ofrenda: “Después del destierro de la tierra espero ir a gozar de ti en la patria, pero no quiero amontonar méritos para el cielo; quiero trabajar solo por tu amor, con el único fin de complacerte, de consolar a tu Sagrado Corazón y de salvar almas que te amen eternamente”.8A partir de entonces no contabiliza sus buenas obras, ni controla matemáticamente sus méritos. El amor es su contralor.

Busca, como es natural, la felicidad; pero no se engaña creyendo encontrarla en la superficie, donde no está. La fe ilumina el universo de sus conocimientos. Sabe, porque cree, que el amor la identifica con la Verdad que su corazón anhela. Acaba de comprender, siempre experimenta la misma sensación de recién llegada. Por ello puede proseguir el mismo sendero, sin temor a equivocarlo. Va en pos de quien la ha enamorado, se interna en las pruebas, se deja lastimar por la tribulación, pero el amor, que la colma de vida, es su luz y su medicina. La Ofrenda es el compendio de la Verdad que aprende y que constantemente la alimenta: “Quiero, por eso, revestirme de tu propia justicia, y recibir de tu amor la posesión eterna de ti mismo. No quiero otro trono ni otra corona que a ti, oh, Amado mío!…” 9 De esta manera, casi sin advertirlo, va adquiriendo la ciencia de los santos.

La Ofrenda será una actitud, sostenida valerosamente, en el silencio y en la serena repetición de la simple fórmula que ella misma ha creado. Quiere ofrecer su pequeña vida, la oquedal de su rincón, para que Dios sea conocido y amado y, de esta manera, pueda dar rienda suelta a su infinita misericordia entre los hombres. Porque ama a Dios no entiende la indiferencia ante quienes no lo aman aún. Porque ama a Dios, ama a quienes Dios ama, inmolada con el mismo amor de su Amado crucificado. Sabe cuál es el destino final de ese misterioso martirio: “Que este martirio, después de haberme preparado a comparecer delante de ti, me haga por fin morir, y que mi alma se lance sin demora al eterno abrazo de tu misericordioso amor…” 10 La perspectiva de la Vida Consagrada, como una relación de amor con Dios, ofrece a Teresa una clave de interpretación para entender lo que el mundo no entiende. La obediencia resulta de difícil digestión entre los parámetros corrientes. La conciencia de libertad, como valor humano fundamental, ha sugerido una verdadera y razonable reacción contra todo lo que puede aparecer como atentado o negación de la misma. Es verdad que en nombre de la obediencia se han resuelto equivocadamente graves problemas de convivencia, incluso dentro de la misma Iglesia. No han sabido conjugarse elementos complementarios y, para afirmar unos, se han mantenido en las sombras otros, o se los ha negado. Así ha ocurrido en el pasado y, en un contexto distinto, se repite el mismo error ahora.

La obediencia respondía entonces a la concepción de la autoridad, de corte absolutista y de neta procedencia vertical, que no debía discutirse so pena de enemistarse gravemente con el mismo Dios. La libertad, ejercida por una participación responsable y fraterna, era observada con suma desconfianza. A nadie se le ocurría acercar al superior una honesta opinión sobre las decisiones a tomar. Las cosas se resolvían, no se discutían en un diálogo humilde y respetuoso. El superior disponía de una “directa comunicación con Dios”, que reducía a la inutilidad cualquier consulta o rectificación de las medidas tomadas, o a tomarse. Recuerdo, hace de esto muchos años, un Obispo amigo me expresó el desencanto teológico causado por la amonestación de un Obispo mayor. Le solicitaba la colaboración de un sacerdote para que le ayudara, en los comienzos de su ministerio episcopal, porque le era preciso consultar con un hombre prudente ante cuestiones particularmente intrincadas. La reacción de aquel venerable y anciano Obispo no se dejó esperar: “No, Monseñor, usted está equivocado, el Obispo sólo consulta con el Espíritu Santo”.

Mucha luz ha concedido Dios a la Iglesia durante su prolongada historia. Ha debido transitar quebradas tenebrosas hasta recuperar la claridad necesaria para perfeccionar su acción evangelizadora. Los valores de la autoridad y la obediencia necesitan una mejor formulación, con mayor referencia al espíritu evangélico que las genera. No es tarea de teólogos sino de santos. Teresa no se detiene ante la dificultad de comprender, o ante versiones incompletas. Sigue hacia adelante, con la bravura que la distingue. Lo importante, para ella, es obedecer y no diseñar una teoría teológica de último momento acerca de la obediencia. Deja esa labor a quienes, dotados por la gracia del doctorado, toman entre sus manos sus preciosas reflexiones. Esa actitud, que la sigue en el breve tiempo de su vida, se inspira en el amor oblativo a su Señor. El amor es dar la vida, para retomarla y estabilizarla definitivamente en el destino de resurrección, flanqueado por la gracia de su Amado.

Para Teresa obedecer, incluso soportando la penosa mediocridad de los actuales gobernantes, es amar a Dios. Jamás opone el pretexto de una orden insuficientemente madurada o impartida sin la delicadeza humana debida. Los superiores le exigen esperar ocho meses para hacer su primera profesión. No se molesta. Es admirable su interpretación del hecho: “… durante la oración comprendí que el deseo tan vivo que tenía de profesar iba mezclado con un gran amor propio. Puesto que me había entregado a Jesús para complacerle y consolarle, no debía obligarle a hacer mi voluntad en lugar de la suya.” 11Más adelante escribe: “Oh, Dios mío! No te pido pronunciar mis santos votos, esperaré todo el tiempo que quieras. Lo único que deseo es que mi unión contigo no se vea diferida por mi culpa.” 12

La obediencia constituye una valiente confrontación de sus anhelos personales con la voluntad de Dios. Dispuesta siempre a no privilegiar sus deseos, opta por lo que Dios le manifiesta como de su voluntad. La fe se expresa en el riesgo asumido valiente y generosamente, por ello, Teresa no busca más signos que los ordinarios para responder con fidelidad al Señor que se manifiesta al corazón humilde. No hay aquí sentimientos de temor al qué dirán, o sometimiento a los dictámenes del medio ambiente. Sólo piensa en Dios, su Padre, y se arroja confiadamente en sus brazos por el camino de un discernimiento bien procesado. No es una especie de iluminada, ni admite locuciones internas. Sabe que Dios se revela a quien lo ama y se dispone a obedecerle. Guarda un prudente e inteligente silencio ante las incomprensiones y comentarios inconsiderados que la afectan.

Obedecer es dejarse morir en la cruz cotidiana. La humildad la inclina a no defenderse, ni a exhibir méritos, que ciertamente posee. Su ser, depositado en los brazos del Padre, le inspira comentarios magnánimos hacia quienes la fastidian y la incomodan. Ha elegido desplazarse del centro de sus intereses y ya no cuenta ella y sus cosas. Teresa obedece hasta lo inexplicable, aún a la menor de sus hermanas. Nunca provoca cuestiones que incluyan reclamos personales, en apariencia muy justos. La obediencia está siempre mediatizada. Pretender obedecer refiriéndose abstractamente a Dios es un verdadero engaño. Las mediaciones son humanas y se manifiestan entre las alternativas propias de una historia ambigua, en las penumbras de lo limitado y del riesgo de frecuentes desaciertos. Los santos lo entienden con la serenidad que les ofrece la contemplación y el generoso obsequio de la propia vida.

Bella lección para un mundo que pretende una etérea perfección, desconociendo la condición aún redimible de la realidad que palpita en cada acontecimiento. Amar al mundo, al estilo de Dios que le ofrece su Hijo Unigénito, es asumirlo como se encuentra, abrumado de errores, profundamente herido. Para redimirlo es preciso no dejar de reconocer cada miseria y todas sus heridas. El santo, que es partícipe de los sentimientos de Cristo, experimenta una profunda compasión. Obedece al Padre que escoge, de ese mundo dilecto, los signos para expresar su voluntad. La tentación espontánea de juzgar los errores, o las diversidades, con ánimo implacable, indica carencia de espíritu evangélico. Por lo mismo, incapacita para descubrir aquí el paso de Dios y para adherirse a su diseño inalterable.

La franqueza en el diálogo es ofrenda de lo propio a la construcción del bien de todos. De ninguna manera lo es el intento de hacer prevalecer el personal o grupal proyecto sobre toda otra legítima alternativa. El obediente soporta la injusticia en aras de la transparencia de la verdad, que no siempre logra hacerse escuchar. Modelo es Cristo que padece la injusticia de la cruz para que quede de manifiesto la voluntad de Redención del Padre. Finalmente se lo escucha, como la voz emitida en el silencio y que sobrevive al fragor doloroso de la contienda. Teresa sabe que la obediencia, aprendida de Jesús, no será aceptada como norma de vida. Su silencio será interpretado como cobardía y su palabra oportuna como aceitosa propuesta al enemigo. No se entiende el amor que no deja a nadie al margen. Reglamentación cristiana del mandamiento principal: “Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos.”13

Una auténtica enmienda, perfeccionadora de la antigua Ley. Teresa, en la mejor tradición de la Iglesia, se aviene a su cumplimiento como quien está en el desierto. Obedecer a Dios, sometiéndose a las órdenes frágiles y de inspiración humana antojadiza de algunas incomprensibles mediaciones, es una verdadera aventura. Pero la verdad se desplaza por esos cauces comúnmente despreciados. La moral tradicional sentencia que únicamente lo pecaminoso

está excluido de la obediencia. Lo demás podrá ser honesta y respetuosamente objetado pero nunca contrariado. Existen vías legítimas para expresar el disenso, sobre todo en la implementación de un diálogo fraterno siempre constructivo. Debe lograrse la confrontación prudente de diversas opiniones que quienes tienen la función de gobernar necesitan examinar. El que gobierna no puede prescindir de ninguna de ellas, incluyendo la suya propia, para que el debido discernimiento de la voluntad de Dios, desde la autoridad, ofrezca una decisión prudente y acertada.

Se han producido abusos de un lado y de otro. Despotismo, o unilateral visión del contenido a imponer como norma legal, o extremo parlamentarismo capaz de desdibujar, hasta su desaparición, el valor de la autoridad. Ambos excesos se oponen al sentido evangélico de la autoridad y de la obediencia. Los santos saben decir, sin palabras, los valores más difíciles de asir con términos literarios. Teresa obedece, hasta el heroico despojo de los propios criterios y en circunstancias eclesiales inexplicables, porque sabe que el Señor amado acredita las decisiones de sus superiores. No hay más que decir. Es imposible otorgar luz intelectual al misterio ofrecido para la conversión y la vida.

1Acto de Ofrenda al amor misericordioso. pág. 812.

2Idem. pág. 811.

3Idem. pág. 811.

4Filipenses 2, 13.

5Acto de Ofrenda. pág. 811.

6Idem. pág. 812.

7Idem. pág. 811.

8Idem. pág. 812.

9Idem. pág. 812.

10Idem. pág. 813.

11Escritos autobiográficos. Cap. VII pág. 191.

12Idem.

13S. Mateo 5, 43-46.