Toda de Dios y del mundo por la castidad

El amor a Dios debía abordar en ella su instancia culminante: la ofrenda de amor. No hay modo más seguro, para entender su alcance y significado, que el texto mismo de la Ofrenda. Hemos procurado seguirle los pasos. Teresa no se detiene. Encuentra indefectiblemente lo que busca. Desde niña no se contenta con poco y su vida es un constante “tomarlo todo”. Hubiera sido una malcriada sin el auxilio del Señor. En sus notas, tan sinceras, no deja de reconocerlo y glorificar la misericordia de Dios que la previene. Su corazón busca la senda que la conduzca a la verdadera perfección. La Ofrenda es síntesis, formulada piadosa y simplemente. La guarda sobre su corazón como el tesoro depositado por el Amado. Se recrea en ella, la repite sin cesar, la constituye en sustancia de su vida personal. El ascenso misterioso, iniciado en la Navidad de 1886, adquiere con ella una conformación de recta final y arribo a la senda temporal que conduce al Cielo.

El Señor retoca los rasgos finales de su obra en Teresa. Si prestamos atención a la operación de Dios, por el Espíritu, descubrimos los aspectos más bellos de su fisonomía de santidad. Es preciso que sigamos, como parafraseándolo, el texto de su Ofrenda. Allí está expresado lo que aprende del Corazón misericordioso de Dios. Ingresa por el estrecho más delgado del camino. Nada debe llevar consigo. Ella sola, como cuando salió del seno de su mamá. Dios la recoge entre sus manos paternales y la viste con su traje filial de fiesta. Sabe que necesita no disponer de nada, para tenerlo todo. Abandona la pretensión de saberlo todo, para conocerlo todo. Teresa se entusiasma, manifiesta un gozo de niña alborozada que, por fin, llega a la cumbre de sus anhelos.

A fin de vivir en un acto de perfecto amor, yo me ofrezco como víctima de holocausto a tu AMOR MISERICORDIOSO, suplicándote que me consumas sin cesar, dejando que se desborden de mi alma las olas de ternura infinita que están encerradas en ti, para que así llegue yo a ser mártir de tu amor, oh, Dios mío!…” 1 Quiero iniciar mi comentario con la fórmula de su Ofrenda. Allí la santa sintetiza las expresiones directas y simples que han servido para entender y ofrecer a los otros la verdad que la toma por entero, y que siempre permanece al alcance de su mano de niña. Este acto de ofrenda no es más que un desborde incontenible de su corazón humilde y abrasado de amor. Está redactado un año y nueve meses antes de la consumación deseada, el 9 de junio de 1895.

En él aparecen los elementos esenciales que confluyen en su sorprendente espiritualidad. No es un simple programa a realizar, está cumplido en esencia. Es deseo y realización. Es proyecto y fruto del dinamismo que lo saca de la teoría. Teresa, con esfuerzo y confianza, arranca del modelo excelente el perfil de su escondida y fecunda vida. El pensamiento inicial expresa perfectamente su ideal de vida: “Oh, Dios mío, Trinidad bienaventurada, deseo amarte y hacerte amar!…” 2Amar a Dios, y que todos los hombres lo amen. Ser y misión. Lograr y ofrecer a sus hermanos la riqueza del amor de Dios, pronto a la misericordia. Recuerda con admiración a los santos que se han ofrecido como víctimas a la justicia de Dios. No se siente con fuerzas, es demasiado pequeña, pero su inteligencia de las cosas de Dios la orienta a descubrir el verdadero sentido de la justicia divina en el misterio de su misericordia.

Quiere ofrecerse a la Misericordia. Su valor para el martirio procede de su convicción de que Dios la ama y le otorga la capacidad de ocuparse de todos. San Agustín experimentó la fuerza transformadora de la gracia en su naturaleza debilitada, hasta el deterioro, del mismo modo Teresa percibe la virtud transformadora de la divina Misericordia. Lo reflexiona explícitamente. Su experiencia del amor misericordioso de Dios la califica para enseñar lo que aprende, lo más importante, lo único necesario: “Deseo ser santa, pero siento mi impotencia, y te pido, oh, Dios mío!, que tú mismo seas mi santidad”. 3

Sorprende la sagacidad teológica de Teresa que define exactamente que la santidad es Dios, autorevelado en Cristo. Busca, pero no halla la perfección deseada fuera de Él. Es su Amado quien por su Espíritu causa la posibilidad. Coincide con la palabra precisa del Apóstol Pablo: “Porque Dios es el que produce en ustedes el querer y el hacer, conforme a su designio de amor”. 4En el amor a Dios halla la capacidad otorgada de configurarse con quien es la santidad. Por ello se ofrece con gozo: “Puesto que me has amado hasta darme tu Hijo para que fuese mi Salvador y mi Esposo, los tesoros infinitos de sus méritos son míos; te los ofrezco gustosa, suplicándote que no me mires sino a través de la Faz de Jesús y en su corazón abrasado de amor”. 5De esta manera, la santa no puede dejar de sentirse con todo el poder filial de su Amado. Esta convicción crece en ella hasta obtener dimensiones precisas, asombrosas.

En consecuencia, su vida y su eternidad, serán una continua intercesión por todos los amados de Dios. Nadie, sin duda, queda al margen de la misma. Ruega no detenerse en el descanso definitivo del amor. No imagina un cielo sin hacer el bien a quienes ama por la única razón de que Dios los ama. Ama, y amará, con el ardor inimaginable del amor con que Dios ama a todos los hombres. Se empeñará en perseguir a los más rebeldes hasta hacerse oír con la ternura de su voz fraterna y angelical. Lo más asombroso es la condescendencia de Dios hacia su pequeña y poderosa hija. El amor enternece el corazón de Dios, casi lo domina. Teresa lo sabe, no cesa de aprenderlo en la interiorización de su Ofrenda: “Quisiera consolarte de la ingratitud de los malos, y te suplico que me quites la libertad de disgustarte. Si por debilidad caigo alguna vez, que tu mirada divina purifique en seguida mi alma, consumiendo todas mis imperfecciones, como el fuego, que todo lo transforma en sí…” 6

Aquí está el secreto de la influencia universal de Santa Teresa de Lisieux. Su modelo femenino, que es María, encuentra en su pequeño ser la transparencia de un límpido cristal. Lo incluye en su Ofrenda: “Por último, te ofrezco, oh bienaventurada Trinidad!, el amor y los méritos de la Santísima Virgen, mi Madre querida; a ella le confío mi ofrenda, rogándole que te la presente”.7 Dios se recrea en ella, como resonancia del gozo infinito que experimenta ante la llena de gracia. También nosotros, esforzados peregrinos. En alguna oportunidad, conversando con sacerdotes, les expresaba la importancia que tienen las hermanas de sangre en las vidas de los consagrados. Se me ocurrió una conclusión de profunda inspiración familiar: “… las hermanas son obsequios de las madres”. Por mi cuenta considero a Teresita, en mi vida sacerdotal, un verdadero e invalorable regalo de la Virgen Santísima. No creo que pueda, en pocas palabras, desplegar las razones de esta afirmación.

El amor a Dios lo domina todo en la vida de Teresa. Es impresionante el desinterés que manifiesta ante los bienes relativos. Ha ascendido tan rápidamente hasta Dios, como único centro de sus jóvenes anhelos, que ya nada la entusiasma que no sea Él. Ese inefable amor la aleja de toda pretensión, de toda imaginada promoción, incluso de un proyecto de santidad que tienda a diluirse entre propósitos voluntaristas. Sin dejar de trabajar denodadamente, confía con ternura y abandono de niña. Así lo expresa en su Ofrenda: “Después del destierro de la tierra espero ir a gozar de ti en la patria, pero no quiero amontonar méritos para el cielo; quiero trabajar solo por tu amor, con el único fin de complacerte, de consolar a tu Sagrado Corazón y de salvar almas que te amen eternamente”.8A partir de entonces no contabiliza sus buenas obras, ni controla matemáticamente sus méritos. El amor es su contralor.

Busca, como es natural, la felicidad; pero no se engaña creyendo encontrarla en la superficie, donde no está. La fe ilumina el universo de sus conocimientos. Sabe, porque cree, que el amor la identifica con la Verdad que su corazón anhela. Acaba de comprender, siempre experimenta la misma sensación de recién llegada. Por ello puede proseguir el mismo sendero, sin temor a equivocarlo. Va en pos de quien la ha enamorado, se interna en las pruebas, se deja lastimar por la tribulación, pero el amor, que la colma de vida, es su luz y su medicina. La Ofrenda es el compendio de la Verdad que aprende y que constantemente la alimenta: “Quiero, por eso, revestirme de tu propia justicia, y recibir de tu amor la posesión eterna de ti mismo. No quiero otro trono ni otra corona que a ti, oh, Amado mío!…” 9 De esta manera, casi sin advertirlo, va adquiriendo la ciencia de los santos.

La Ofrenda será una actitud, sostenida valerosamente, en el silencio y en la serena repetición de la simple fórmula que ella misma ha creado. Quiere ofrecer su pequeña vida, la oquedal de su rincón, para que Dios sea conocido y amado y, de esta manera, pueda dar rienda suelta a su infinita misericordia entre los hombres. Porque ama a Dios no entiende la indiferencia ante quienes no lo aman aún. Porque ama a Dios, ama a quienes Dios ama, inmolada con el mismo amor de su Amado crucificado. Sabe cuál es el destino final de ese misterioso martirio: “Que este martirio, después de haberme preparado a comparecer delante de ti, me haga por fin morir, y que mi alma se lance sin demora al eterno abrazo de tu misericordioso amor…” 10 La perspectiva de la Vida Consagrada, como una relación de amor con Dios, ofrece a Teresa una clave de interpretación para entender lo que el mundo no entiende. La obediencia resulta de difícil digestión entre los parámetros corrientes. La conciencia de libertad, como valor humano fundamental, ha sugerido una verdadera y razonable reacción contra todo lo que puede aparecer como atentado o negación de la misma. Es verdad que en nombre de la obediencia se han resuelto equivocadamente graves problemas de convivencia, incluso dentro de la misma Iglesia. No han sabido conjugarse elementos complementarios y, para afirmar unos, se han mantenido en las sombras otros, o se los ha negado. Así ha ocurrido en el pasado y, en un contexto distinto, se repite el mismo error ahora.

La obediencia respondía entonces a la concepción de la autoridad, de corte absolutista y de neta procedencia vertical, que no debía discutirse so pena de enemistarse gravemente con el mismo Dios. La libertad, ejercida por una participación responsable y fraterna, era observada con suma desconfianza. A nadie se le ocurría acercar al superior una honesta opinión sobre las decisiones a tomar. Las cosas se resolvían, no se discutían en un diálogo humilde y respetuoso. El superior disponía de una “directa comunicación con Dios”, que reducía a la inutilidad cualquier consulta o rectificación de las medidas tomadas, o a tomarse. Recuerdo, hace de esto muchos años, un Obispo amigo me expresó el desencanto teológico causado por la amonestación de un Obispo mayor. Le solicitaba la colaboración de un sacerdote para que le ayudara, en los comienzos de su ministerio episcopal, porque le era preciso consultar con un hombre prudente ante cuestiones particularmente intrincadas. La reacción de aquel venerable y anciano Obispo no se dejó esperar: “No, Monseñor, usted está equivocado, el Obispo sólo consulta con el Espíritu Santo”.

Mucha luz ha concedido Dios a la Iglesia durante su prolongada historia. Ha debido transitar quebradas tenebrosas hasta recuperar la claridad necesaria para perfeccionar su acción evangelizadora. Los valores de la autoridad y la obediencia necesitan una mejor formulación, con mayor referencia al espíritu evangélico que las genera. No es tarea de teólogos sino de santos. Teresa no se detiene ante la dificultad de comprender, o ante versiones incompletas. Sigue hacia adelante, con la bravura que la distingue. Lo importante, para ella, es obedecer y no diseñar una teoría teológica de último momento acerca de la obediencia. Deja esa labor a quienes, dotados por la gracia del doctorado, toman entre sus manos sus preciosas reflexiones. Esa actitud, que la sigue en el breve tiempo de su vida, se inspira en el amor oblativo a su Señor. El amor es dar la vida, para retomarla y estabilizarla definitivamente en el destino de resurrección, flanqueado por la gracia de su Amado.

Para Teresa obedecer, incluso soportando la penosa mediocridad de los actuales gobernantes, es amar a Dios. Jamás opone el pretexto de una orden insuficientemente madurada o impartida sin la delicadeza humana debida. Los superiores le exigen esperar ocho meses para hacer su primera profesión. No se molesta. Es admirable su interpretación del hecho: “… durante la oración comprendí que el deseo tan vivo que tenía de profesar iba mezclado con un gran amor propio. Puesto que me había entregado a Jesús para complacerle y consolarle, no debía obligarle a hacer mi voluntad en lugar de la suya.” 11Más adelante escribe: “Oh, Dios mío! No te pido pronunciar mis santos votos, esperaré todo el tiempo que quieras. Lo único que deseo es que mi unión contigo no se vea diferida por mi culpa.” 12

La obediencia constituye una valiente confrontación de sus anhelos personales con la voluntad de Dios. Dispuesta siempre a no privilegiar sus deseos, opta por lo que Dios le manifiesta como de su voluntad. La fe se expresa en el riesgo asumido valiente y generosamente, por ello, Teresa no busca más signos que los ordinarios para responder con fidelidad al Señor que se manifiesta al corazón humilde. No hay aquí sentimientos de temor al qué dirán, o sometimiento a los dictámenes del medio ambiente. Sólo piensa en Dios, su Padre, y se arroja confiadamente en sus brazos por el camino de un discernimiento bien procesado. No es una especie de iluminada, ni admite locuciones internas. Sabe que Dios se revela a quien lo ama y se dispone a obedecerle. Guarda un prudente e inteligente silencio ante las incomprensiones y comentarios inconsiderados que la afectan.

Obedecer es dejarse morir en la cruz cotidiana. La humildad la inclina a no defenderse, ni a exhibir méritos, que ciertamente posee. Su ser, depositado en los brazos del Padre, le inspira comentarios magnánimos hacia quienes la fastidian y la incomodan. Ha elegido desplazarse del centro de sus intereses y ya no cuenta ella y sus cosas. Teresa obedece hasta lo inexplicable, aún a la menor de sus hermanas. Nunca provoca cuestiones que incluyan reclamos personales, en apariencia muy justos. La obediencia está siempre mediatizada. Pretender obedecer refiriéndose abstractamente a Dios es un verdadero engaño. Las mediaciones son humanas y se manifiestan entre las alternativas propias de una historia ambigua, en las penumbras de lo limitado y del riesgo de frecuentes desaciertos. Los santos lo entienden con la serenidad que les ofrece la contemplación y el generoso obsequio de la propia vida.

Bella lección para un mundo que pretende una etérea perfección, desconociendo la condición aún redimible de la realidad que palpita en cada acontecimiento. Amar al mundo, al estilo de Dios que le ofrece su Hijo Unigénito, es asumirlo como se encuentra, abrumado de errores, profundamente herido. Para redimirlo es preciso no dejar de reconocer cada miseria y todas sus heridas. El santo, que es partícipe de los sentimientos de Cristo, experimenta una profunda compasión. Obedece al Padre que escoge, de ese mundo dilecto, los signos para expresar su voluntad. La tentación espontánea de juzgar los errores, o las diversidades, con ánimo implacable, indica carencia de espíritu evangélico. Por lo mismo, incapacita para descubrir aquí el paso de Dios y para adherirse a su diseño inalterable.

La franqueza en el diálogo es ofrenda de lo propio a la construcción del bien de todos. De ninguna manera lo es el intento de hacer prevalecer el personal o grupal proyecto sobre toda otra legítima alternativa. El obediente soporta la injusticia en aras de la transparencia de la verdad, que no siempre logra hacerse escuchar. Modelo es Cristo que padece la injusticia de la cruz para que quede de manifiesto la voluntad de Redención del Padre. Finalmente se lo escucha, como la voz emitida en el silencio y que sobrevive al fragor doloroso de la contienda. Teresa sabe que la obediencia, aprendida de Jesús, no será aceptada como norma de vida. Su silencio será interpretado como cobardía y su palabra oportuna como aceitosa propuesta al enemigo. No se entiende el amor que no deja a nadie al margen. Reglamentación cristiana del mandamiento principal: “Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos.”13

Una auténtica enmienda, perfeccionadora de la antigua Ley. Teresa, en la mejor tradición de la Iglesia, se aviene a su cumplimiento como quien está en el desierto. Obedecer a Dios, sometiéndose a las órdenes frágiles y de inspiración humana antojadiza de algunas incomprensibles mediaciones, es una verdadera aventura. Pero la verdad se desplaza por esos cauces comúnmente despreciados. La moral tradicional sentencia que únicamente lo pecaminoso

está excluido de la obediencia. Lo demás podrá ser honesta y respetuosamente objetado pero nunca contrariado. Existen vías legítimas para expresar el disenso, sobre todo en la implementación de un diálogo fraterno siempre constructivo. Debe lograrse la confrontación prudente de diversas opiniones que quienes tienen la función de gobernar necesitan examinar. El que gobierna no puede prescindir de ninguna de ellas, incluyendo la suya propia, para que el debido discernimiento de la voluntad de Dios, desde la autoridad, ofrezca una decisión prudente y acertada.

Se han producido abusos de un lado y de otro. Despotismo, o unilateral visión del contenido a imponer como norma legal, o extremo parlamentarismo capaz de desdibujar, hasta su desaparición, el valor de la autoridad. Ambos excesos se oponen al sentido evangélico de la autoridad y de la obediencia. Los santos saben decir, sin palabras, los valores más difíciles de asir con términos literarios. Teresa obedece, hasta el heroico despojo de los propios criterios y en circunstancias eclesiales inexplicables, porque sabe que el Señor amado acredita las decisiones de sus superiores. No hay más que decir. Es imposible otorgar luz intelectual al misterio ofrecido para la conversión y la vida.

La pobreza evangélica conduce al gozo de la verdadera felicidad. Los anhelos humanos parecen dirigirse a otros fines. Se enarbola como supremo logro la fortuna económica. Es la llave que en el mundo consumidor abre todas las puertas: el respeto, el placer, el éxito y el poder. Los pobres son los impotentes, sin nombre y sin posibilidades. Triste perspectiva. Amarga visión del deterioro y el caos que parecen gestarse en el alma de una sociedad paralizada. Únicamente los santos podrán exhibir otra valoración, con el coraje que los distingue. Su experiencia desde Dios les permite emerger del subterráneo en que la vida se mueve y observar el universo en su totalidad. Lo que atrae la atención del mundo, como si fuera lo único existente, queda reducido a dimensiones ínfimas, casi invisibles.

La experiencia de Dios permite disgustarse ante lo que seduce el paladar poco acostumbrado a las cosas del espíritu. No es la mera predisposición a valores artísticos y sentimientos llamadosaltruistas. No bastan. Siempre está la pendiente abierta, hacia el subterráneo antes mencionado. Los mejores, en los ámbitos del espíritu, vuelven a chapotear en el barro cuando descienden de los estados más elevados del espíritu. La exquisita sensibilidad de que han sido dotados causa en ellos profundas y amargas desilusiones al descender. Mientras no salgan de su mundo de egoísmos no lograrán permanecer, de manera estable, en los niveles superiores. Entre el cielo y el infierno se produce un trágico y tormentoso sube y baja. El encuentro con Dios, como Absoluto, causa la estabilidad de vuelo requerida para contemplar el verdadero universo y sentirse felizmente parte de él.

Teresa entiende la pobreza como obsequio de amor. Adquiere, en ella, un relieve existencial superior, tomando la delantera en la práctica de las virtudes, hasta prevalecer como rasgo identificatorio de su personalidad. Así aparece en Jesús, en sus maneras de estar entre los hombres, como identificándose. Es pobre, profunda y substancialmente pobre. Se le abre, de esta manera, la puerta amplia que conduce a la sabiduría. La pobreza evangélica no es merma peligrosa de la llamada autoestima. Es una difícil reubicación en el universo del que somos parte y no el todo. Para ello será preciso bajar la escala, descender al valle donde la verdad nos aguarda y nos redime. Somos criaturas del Creador, con otras criaturas, grandes y pequeñas, humildes y excelsas. A partir de ese saludable descenso se nos manifiesta la verdad de todas las cosas, y los lazos fraternos que nos vinculan necesariamente a todos. Desde ese valle descubrimos la verdadera dimensión de Dios, Padre de nuestra vida.

Lo entendemos como el más alto y el más cercano, el que siendo perfecto se introduce en el ámbito de nuestros límites, el que siendo el autor de lo que somos se nos asemeja en un conmovedor gesto de anonadamiento… San Pablo se queda con la boca abierta ante el misterio de la Encarnación. Juan ensaya su agudeza de águila para tomar la Verdad y depositarla en nuestra mínima dimensión. Los dos Apóstoles están situados en la humildad del valle y, desde allí, lo descubren todo. Uno ha sido perseguidor fanático, el otro cedió a la ambición infantil de pretender ocupar un lugar principal en el Reino. Gozosos y pobres pudieron ser testigos fieles de la misma y absoluta Verdad. Teresa hace ese camino, no se detiene en ninguno de sus tramos, lo transita sin pretender condiciones ideales para recorrerlo. Lo importante es llegar a los brazos del Padre, desde los brazos de la Madre Iglesia. Mantiene la habilidosa inconsciencia de cuando era niña. Es significativa la escena de su recorrido, con los ojos cerrados, junto a Celina, hasta echar por tierra aquellos canastos de desperdicios.

La pobreza es más que no poseer. Incluye darlo todo, hasta la propia vida. Teresa es pobre siempre, a cada instante y en cada circunstancia. Si recorremos la perfecta sucesión de sus abnegaciones obtendremos la imagen de la pobreza evangélica, la que sabe tomar de la contemplación de la Santa Faz. Si tuviéramos que utilizar un lenguaje mundanamente comprensible calificaríamos de agradable la práctica de su pobreza. No me refiero a su aspecto de aflicción sino a la capacidad que le otorga para identificarse con su Esposo amado. Es la belleza atractiva de su Señor, es la riqueza que de Él recibe. La adopta, como naturalmente, no desaprovechando ninguna ocasión para hacerla propia. El sentimiento de pequeñez que la entretiene constantemente procede de una visión panorámica de la Creación de Dios. No se considera el centro – menos el todo – de lo existente. Es parte querida por su Padre, con una existencia insustituible, aunque no necesaria. Sigue vigente el principio escolástico: Dios es el Ser Necesario.

Teresa tiene una idea clara de su importancia y de su dependencia de Dios. Es hija, es esposa muy amada, es creación… Lo es definitivamente, por decisión inalterable de su Padre, su Esposo y su Creador. Ser pobre es ser ella misma, sin retoques ni correcciones; es proseguir su conformación con la idea original de Quien la pensó desde siempre. Pero no sabe cómo debe ser, la idea está en la mente de Quien la concibió. El pecado ha distorsionado la imagen de Dios que debe, misteriosamente, replicar. Por ello se sabe necesitada de la misericordia de su Redentor. Se ofrece a ella, escudriña en la Revelación del Misterio de Cristo, hasta encontrar el modelo humano que la orienta a hacer efectiva esa conformación y réplica. Lo encuentra crucificado, como Pablo, pobre de toda riqueza idolátrica, desnudo de toda importancia, muerto en el regazo de María y rendido, por obediencia, en los brazos del Padre. Lo sigue gozosamente, como la enamorada a su Amado y comparte, en el amor, la nada y el todo que le ofrece.

Teresa va al detalle, sabe que está allí lo que ambiciona. Recordemos el valor que otorga a las cosas pequeñas, casi imperceptibles. Encuentra en su ordinariez la virtud para cumplir las más heroicas metas de santidad. Perseverar en el silencio, en el anonimato, en lo que no parece, ocultando, para ella y su Amado, el fervor incontenible de su amor. Es el anhelo de su vida. Y lo logra a la perfección. Desaparecer siempre – aunque en Él – expresa el heroísmo de todas las virtudes. Las ganas de aparecer responde al deseo superficial de vivir. Se ha producido un desequilibrio que confunde la ilusión por vivir con el culto a la apariencia. El error está muy cerca de la verdad, aunque la contradiga. El ser está muy cerca del parecer y, por ello, corre el riesgo de ser confundido o disimulado. La pobreza, como la humildad, es toda verdad. Impresiona la transparencia de los santos. La lectura de los escritos de Teresa, que no debe ser rápida y superficial, ofrece de su vida una conmovedora visión.

Crece en el amor y en la pobreza. Van juntos como el cuerpo y su sombra. La pobreza no necesita ser programada, ni le alcanzan las expresiones de despojo, aunque a veces las exija. Es un rostro que crea el amor, como las adecuadas formas de expresión que busca y encuentra la vida. Teresa encuentra en la pobreza de su Amado el encanto que la enamora. Así ocurrió a Francisco y a Clara de Asís. La misteriosa fusión que causa el amor invita a la imitación. No es repetición servil y enajenante sino verdadera identificación. La pobreza evangélica, la de Cristo, abre un rápido camino a la santidad. Por ello es una y, me atrevería a decir, la más importante de las Bienaventuranzas. El cultivo de la pobreza es consecuencia del amor generoso, hasta el don de la vida. La pobreza que observamos en Jesús llega a su expresión perfecta en la muerte. Por ella nos declara que ama a su Padre y a nosotros. No atina a encontrar otra forma, no existe.

Teresa lo aprende. Lo traduce magistralmente en su vida, toda oculta y silenciosa. La pobreza, que ama y adopta, le otorga la posibilidad de responder al amor de Dios, en un lenguaje similar. Le apasiona desarrollar esa respuesta en los momentos más simples de su vida. La solicitud maternal que manifiesta hacia los demás encuentra su modelo en el Cristo pobre hasta la muerte en Cruz. Así la vemos moverse sigilosamente, sin hacerse notar, pero sirviendo y ofreciendo pequeños favores a todo el mundo. Reza por todos, se ofrece al Amor misericordioso por los más necesitados y responde, con manifestaciones de ternura, a los agravios e inconvenientes que provienen de algunos miembros de su Comunidad. Lo siente, porque Teresa mantiene un temperamento muy sensible, pero se ha hecho a la lucha y siempre sale victoriosa. Es recompensada con la paz, que es el resultado de esa lucha sin cuartel.

El secreto de su identificación con Cristo pobre está, como todo en ella, en el amor. El billete que Teresa llevaba sobre su corazón en el día de su profesión nos ofrece, con el deseo ardiente de una joven de diez y siete años, su proyecto sin proyecto de santidad: “Que no busque yo, ni encuentre, cosa fuera de ti, que las criaturas no sean nada para mí ni yo nada para ellas, ¡que tú, Jesús, lo seas todo!” “Haz que no sea yo nunca una carga para la comunidad, sino al contrario, que nadie se ocupe de mí, que me vea pisada y olvidada como un granito de arena tuyo, Jesús.”14 ¡Cuánta sinceridad! ¡Qué deseo de desaparecer en el Amado!

Teresa es modelo de un corazón indiviso. Lo absoluto en su vida, el amor a Jesús, le permite educar un corazón únicamente entregado a Dios, sin fragmentaciones destructivas. De esa manera se conforma el corazón humano con capacidad de cobijar a todos, particularmente a los menos atractivos. Semejante al Corazón de Cristo, capaz de ofrecerse por los más pecadores e inamables. Este resultado es poco comprensible para el ámbito afectivo común. Los santos se distinguen por esa transformación que los presenta como a Jesús, testigos del amor sin medida de Dios. La sola presencia de los santos en la realidad cotidiana rediseña los senderos a la Verdad. Teresa vive intensamente el proceso de identificación con su Amado, hasta la cruz de su tuberculosis y de las pruebas que la acompañan.

Durante ese proceso configurativo se produce un combate intenso, continuo y doloroso que ella enfrenta con valor de gigante. Una naturaleza como la suya, dotada de tal sensibilidad y modelada con normas pedagógicas tan particulares, requiere una severidad que la misma santa se impone. Muy lejos de todo voluntarismo, no lo admitiría su sentido de la vida, su autodisciplina es una relación de amor y no la consecuencia de una decisión fuerte e inquebrantable. Su fortaleza proviene del amor, y se nutre del amor. Su capacidad de soledad e inmolación, de gozo y contemplación, tiene un referente personal, absolutamente seductor: Dios. Su corazón, entregado sin reservas a Quien la amó antes, se deja invadir completamente por Él y, de esa manera, resuelve el tironeo doloroso que padecemos los mortales mientras no adoptamos su misma respuesta a Dios, como opción de vida.

La virginidad consagrada es para Teresa una forma, la más perfecta, del amor. Incluye una especial dedicación al bien de los hombres pero desde la intimidad sellada de Quien es el Bien de los hombres. Es ilustrativa la parábola del banquete servido y la clasificación de los convidados:: “Un hombre preparó un gran banquete y convidó a mucha gente. A la hora de cenar, mandó a su sirviente que dijera a los invitados: “Vengan, todo está preparado”. Pero todos, sin excepción, empezaron a excusarse. El primero le dijo: “Acabo de comprar un campo y tengo que ir a verlo”. Te ruego me disculpes. El segundo dijo: “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos. Te ruego me disculpes”. Y un tercero respondió: “Acabo de casarme y por esa razón no puedo ir”. 15 El mundo exhibe una categorización semejante, en el transcurso de sus acontecimientos. Cada uno busca sus propios intereses sin referirlos a lo auténticamente trascendente. Cuando esos intereses toman el comando de la vida, no hay razón valedera para reemplazarlos, ni el supremo bien de la humanidad, ni el llamado insistente y urgente de Dios.

La castidad o virginidad consagrada pone en condiciones de responder al llamado a participar delágape, posponiendo todo lo demás como secundario y relativo. En realidad, por la severa actitud adoptada por el Señor que invita, es obligatorio de responder a esa invitación. Rechazarla es un trágico error que conduce al fracaso. Es preciso que, como lo hace el mismo Jesús, se manifieste la relatividad de todo lo que no es el ágape santo que el Señor ha preparado – para todos – en este misterioso convite de la vida. Una vida virgen es expresión profética, es proposición directa de Dios, por sus generosas mediaciones humanas. Los que viven el don de la castidad perfecta, anticipan, desde su propia carne, el estado en el que se encontrarán, como plenitud, en la perfección de la Eternidad.

Son factores influyentes en el necesario equilibrio de los valores relativos. Fácilmente los hombres pierden la noción de lo trascendente al rechazar el ágape de la vida preparado y ofrecido por el Señor. La evangelización, que introduce la fe en la cultura de cada pueblo, no puede prescindir del lenguaje de vida de los consagrados. Teresa vive intensamente el don recibido no permitiendo que nada ni nadie se interponga en el logro de su perfecta oblación por amor. En ella se comprueba la presencia de una virtud que resplandece ejemplarmente en María, me refiero a la decisión firme de vivir para Dios y dejarlo hacer. Lo primero supone un voluntario y sereno vaciamiento de toda actitud idolátrica. Dios es todo. Lo colma todo con su presencia amorosa, desde el silencio de su comunión trinitaria. Teresa se pone atenta, con el oído abierto únicamente a la Palabra susurrante y poderosa.

La consecuencia de su escucha atenta y continua es dejarlo hacer. El proverbial abandono de Teresa no es resignada inactividad, es dejarlo hacer. En esa actitud se incluye un compromiso de vida que requiere el valor de un auténtico guerrero. Ella lo posee, lo sueña en el recuerdo emocionado de su magnífica compatriota, hoy Santa Juana de Arco. Si seguimos los pasos de su breve vida, con la atención debida, observaremos de qué manera guerrea contra el enemigo más sagaz y recóndito, su propia inclinación a guardarlo todo para sí: “Lo escojo todo”. El desprendimiento de todo será la eliminación de sus defectos, como en una lucha cuerpo a cuerpo, hasta infligirles una verdadera derrota. ¡Qué dolorosa es esa lucha! Requiere, de su parte, un constante entrenamiento, una vigilancia de cada momento que le obtenga la capacidad de no dejar ninguna ocasión sin aprovechar.

Al leer detenidamente sus simples crónicas de monasterio advertimos la cuidadosa tarea que ella se impone. Toda ocasión, aparentemente adversa, le ofrece sufrir un saludable despojo. Quien cuando pequeña no soporta guardar para sí las mínimas aflicciones, ya mayor las calla todas. Se arregla con Jesús. Y cuando ofrece alguna confidencia es por responder al llamado de la obediencia. Únicamente un corazón concentrado en Dios podrá soportar, con tanta fortaleza, el silencio y el ocultamiento. La soledad es fruto y no inevitable consecuencia. Fruto sabroso de verdad, y de la ternura de Dios, con el que Teresa alimenta su vida íntima para luego ofrecerla a los demás. Es imposible imaginar que una joven de la sensibilidad de Teresa, viva, con tanta intensidad, la atención vigilante a las oportunidades más insignificantes de inmolarse en el silencio amoroso de la cruz de su Amado: “Prefiero el sacrificio oscuro a todos los éxtasis!…”16 La ordinariezde lo cotidiano configura una pista ideal de despegue para alcanzar alturas inimaginables de santidad. A medida que pasa el tiempo, y acontecen aquellas oportunidades, Teresa progresa en la ciencia cuyo dominio la propondría como auténtica Doctora.

El conjunto de todas esas actitudes revela la sorprendente pureza de su amor a Dios y al mundo. Quien así logra un tal desapego de los intereses, que se pegan como húmedo polvillo en su imagen itinerante, se torna transparente, hasta desaparecer sin dejar de ser. Teresa no es adicta a nada, ni a la menor y más ingenua posesión. Su corazón es libre, absolutamente libre. No se siente carente de toda mácula pero su voluntad está adiestrada para negarse a todo lo que no sea Dios, particularmente a ella misma. Así corre hasta elevarse como el águila, aunque se considere un pajarillo tierno y necesitado. Impresiona esa libertad. No estamos acostumbrados a ella, la consideramos un raro fenómeno de ciertas naturalezas privilegiadas. Estamos demasiadoapegados, débiles y desfallecientes, sin ánimo para dar un paso más por el acceso estrecho del amor verdadero. Tan fuerte es, en Teresa, la decisión inicial de darlo todo a su Amado que se precipita con el único esfuerzo de dejarse deslizar.

Como naturalmente, su corazón indiviso no admite distracción alguna. Parece que está abocada exclusivamente a lo que hace, y a las personas que componen su entorno afectivo, y sabe lograr, de lo que parece una contradicción, su asombrosa unidad interior. Conmueven las expresiones de su amor al padre, hermanas, familiares y amigos como los abrazos tiernos e inocentes de un niño. ¿Quién puede desconfiar de ellos o atribuirles oscuras y malsanas intenciones? La inocencia de Teresa es pureza causada por el desapego de todo aquello que deforma el corazón humano. Teresa ama a Dios, y en Dios a todos, no guardando para sí nada, absolutamente nada. Ese amor la conforma interiormente, la construye desde dentro y le otorga la facultad de ser de esa única manera. Lo que ocurre en la santa se repite, inevitablemente, en todos los santos. Es obra de la admirable identificación con su Modelo excelente: Jesucristo.

La consagración, mediante la virginidad o el sagrado celibato, exige un esfuerzo continuo de abnegación y despojo que precisamente caracterizan a Teresa. Si se produce un aflojamiento en ese esfuerzo, la misma consagración se torna una carga pesada, hasta insoportable. Como toda gracia y don deben ser cultivados con esmero, como lo requiere el amor entre los esposos. Teresalo toma todo el día que decide seguir a Jesús por el camino del Carmelo. Para ella es tan natural darlo todo, versión a la inversa de tomarlo todo, que no imagina su vida sino en el despojo y en el amor crucificado. Su secreto está en la unidad sin fisuras de su corazón enamorado de Cristo.

1Acto de Ofrenda al amor misericordioso. pág. 812.

2Idem. pág. 811.

3Idem. pág. 811.

4Filipenses 2, 13.

5Acto de Ofrenda. pág. 811.

6Idem. pág. 812.

7Idem. pág. 811.

8Idem. pág. 812.

9Idem. pág. 812.

10Idem. pág. 813.

11Escritos autobiográficos. Cap. VII pág. 191.

12Idem.

13S. Mateo 5, 43-46.

14Día de su profesión. 8 de septiembre de 1890.

15S. Lucas 14, 16-20.

16Santa Teresa de Lisieux.