Eucaristía, anonadamiento y amor

INTRODUCCIÓN

Las reflexiones que siguen se refieren a un tema fundamental: la Eucaristía. Fueron redactados para un grupo de religiosas en el transcurso de varios días de recogimiento y oración, pero no fueron pensadas exclusivamente para ellas sino para todos los bautizados, de quienes la Eucaristía es la celebración plenificadora de sus vidas y el principal alimento.

Aunque están fundadas en la doctrina constante de la Iglesia no constituyen, ni lo pretenden, un tratado teológico. Son meditaciones breves que reclaman una respuesta personal e inmediata.

Son, más bien, puntos para la reflexión; orientaciones que cada uno podrá seguir en sus momentos de oración y de silencio. Algunos de ellos abren camino para ulteriores consideraciones, otros han sido formulados con suficiente claridad. Pero lo más importante es la inmersión en la interioridad teológica de todo el Misterio cristiano.

Desde su consideración sencilla, colmada de fe y abierta a la caridad plena, podremos comprender toda la vida cristiana. Es como recobrar la sustancia de la Iglesia. En un gran pantallazo, muy simple, descubrimos la relación necesaria que existe entre la Eucaristía y la Iglesia. Sin la Eucaristía la Iglesia pierde su principal referencia sacramental. En las disputas, entre las aproximaciones eclesiales a la fe católica, hallamos el valor identificatorio de la Eucaristía. Cuanto mayor acercamiento a la Eucaristía mayor es la cercanía a la perfecta comunión con la Iglesia de Cristo.

Aquí cobra pleno sentido el pensamiento del teólogo dominico Liègé, que citamos en el transcurso de estas reflexiones: “La Iglesia es verdaderamente ella cuando celebra la Eucaristía”. Podemos abrigar la esperanza de que se concrete la unidad cristiana, o nos aproximemos cada vez más a ella, si es recuperado el sentido pleno del Misterio eucarístico en todos los bautizados.

Espero que estas páginas ayuden a lograr el ideal que dinamice a las comunidades católicas – y no católicas aún – en su sincero deseo de ser fieles a Jesús y a su Espíritu. San Nicolás, Año 1987