Prolongación del anonadamiento del Verbo de Dios

El texto referido, en la Carta de San Pablo a los filipenses (2, 6), proporciona una descripción de la encarnación del Verbo de gran realismo. Por su inefable amor al hombre, Dios es misteriosamente empujado a la humillación y al anonadamiento. No existe otra medida más desbordante de amor. Su simple contemplación debiera ablandar el corazón más endurecido. Para ello, se necesita mantener, con perseverancia, la atención fija en el hecho expresado por las palabras del Apóstol.

Dios se hace hombre. Es preciso conocer a Dios para medir el gesto suyo de hacerse hombre. Ya sería abismal la distancia habiendo el hombre conservado la inocencia original. Pero, ¡el pecado! El hombre por causa del pecado es otro del que salió de las manos creadoras de Dios. Su naturaleza está muy enferma, en estado desesperante. Sólo un milagro, es decir, una intervención directa y eficaz de Dios, puede recomponerlo. El milagro se produce, al modo de Dios: comprometiendo su amor al hombre e introduciéndose en su dolorosa condición humana.

San Pablo, para definir lo que intuye con expresiones más o menos cercanas a la realidad del gesto de Dios, nos dice: “El (Cristo), que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente, al contrario, se anonadó a sí mismo tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz”. (Filipenses 2, 6)

El amor es así. No tiene en cuenta más que al ser amado. Incluye un olvido de sí mismo que va mucho más allá de lo imaginado. No hay límites, es transparente e incompatible con la mentira. Las medidas, las condiciones y los alcances premeditados no sintonizan con el amor así revelado por Dios.

Por ello, Cristo deja de pensar en su legítima respetabilidad de Dios para aceptar abajarse hasta “hacerse nada” o humillarse. Sólo el amor, que el Padre Dios profesa a los hombres, consigue explicarlo. Es más manifestación de ternura paterna que de poder divino. O de manera más precisa: el amor de Dios es el poder que transforma nuestra condición pecadora.

Ese misterio de amor – en nuestro estado pospascual – cuando la Resurrección ya recuperó para la Vida eterna al Cristo que murió en la cruz, parece mencionarnos un pasado teológicamente superado. Ya pasó la humillación y el anonadamiento; Cristo ha vencido al pecado y a la muerte. Es verdad. Pero, existe un medio ideado por el mismo Señor que nos recuerda y representa aquel Misterio del amor divino: es la Eucaristía.

En su celebración se actualiza el sacrificio de Jesús – su muerte que desemboca en la Resurrección -; es la definitiva Pascua. Cristo es inmolado y, vivo por la Resurrección, se nos da como alimento y saludable sustento de nuestro peregrinaje terreno. La Eucaristía que Jesús celebra en la Cena del jueves anticipa su sacrificio cruento que, a partir de su Resurrección y Ascensión a los cielos, se prolonga hasta el fin de los tiempos.

La inmolación por amor, que culmina en la cruz, se inicia en la Encarnación. El “anonadamiento”, que halla allí su origen, llega a su perfecta expresión en la cruz. Ese misterio de humillación divina no termina con la muerte de Cristo, se prolonga en la historia. Por la Resurrección trasciende lo temporal – como época en que aconteció el sacrificio – para introducirse en cada momento de la historia, hasta el último, mediante la sacramentalidad de la Iglesia, plenamente realizada en la Eucaristía.

Dedicaremos nuestras reflexiones a intentar descubrir en la Eucaristía la prolongación del anonadamiento del Verbo. Aunque la naturaleza humana de Cristo ya no puede padecer – está definitivamente glorificada – el “padecer la muerte de una vez para siempre” incluye su re-presentación, siempre que la Iglesia celebra la Eucaristía. Nosotros podemos hoy ser partícipes del anonadamiento del Hijo de Dios y unirnos estrechamente al mismo por amor a nuestros hermanos y en obediencia filial al Padre.

Los santos, que supieron sumergirse piadosamente en la Pasión del Señor, no lo hicieron desde una simple memoria histórica sino desde su presencia viva. La palabra de Dios, que relata el hecho, no recuerda para homenajear, sino para establecer un contacto vivo con el acontecimiento mismo de la Pascua que hoy, por el Sacramento, se hace realmente presente. Todos los sacramentos, desde el Bautismo, vinculan con el acontecimiento pascual. Lo dice San Pablo refiriéndose al Bautismo: “¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte?”. (Romanos 6, 3)

No obstante, es la Eucaristía la que nos permita aproximarnos más a ese Misterio de anonadamiento y amor, prolongado más allá de la Resurrección, en nuestra existencia de bautizados, alojados en el corazón del mundo y protagonizando su historia.