Pobreza de la Eucaristía

El anonadamiento no es, como tampoco el misterio de la Encarnación, un gesto de ficticia aproximación al hombre necesitado. Es pura verdad, como lo es toda relación de Dios con el hombre. La Eucaristía, como auténtica prolongación del anonadamiento de Cristo, empobrece – sin negarla – su actual condición de glorificado. Acepta mantener viva la expresión más perfecta del amor de su Padre a los hombres: su inmolación dolorosa en la cruz. No lo hace como un conmovedor recuerdo histórico sino como un hecho, hoy real e inconfundible. No tiene en cuenta su condición de resucitado y se hace alimento – comida simple y bebida – producido por el hombre trabajador; libre para cultivar la tierra, amasar el pan y fabricar el vino.

El Señor lo ha pensado desde Él sabe cuándo. Lo anuncia con términos precisos y vincula su destino a ser Pan, con el carácter de “comida y bebida” de su Cuerpo y de su Sangre: “Mi carne es comida y mi sangre bebida”.

En el momento de su anuncio nadie lo entiende; algunos no esperan entender y lo abandonan; los Apóstoles, aún el difícil Tomás, se rinden sostenidos por la confesión de Pedro.

La vida misionera de Jesús expresa su entrega sin reservas. Lo que ocurrirá después, y que Él mismo pronostica proféticamente, es consecuencia obvia de la novedad de su mensaje. Atrae sobre sí las sospechas y hostilidades de quienes se resisten a sus exigencias. No es un filósofo que expone para la polémica sino el enviado del Padre que transmite, revelándola en Él, la única Verdad. Esa Verdad, por ser tal, no es discutible; cualquier otra verdad encontrará en Ella su cumplimiento, jamás contraponérsele. Lo que resta es aceptarla y adherirse a Ella. Su rechazo produce la muerte.

Jesús acepta el riesgo de la persecución de quienes no lo quieren y que se confabulan para silenciarlo y eliminarlo. Conoce la voluntad de su Padre y, aunque le sea muy doloroso, se juega todo por lo que el Padre quiere. No duda un instante, prefiere ser despojado de la vida. En su defensa no admite que fuerzas violentas actúen a su favor y, por ese motivo, Pedro es severamente reprendido. Acepta ser pobre con la mayor de las pobrezas, la de no elegir su destino, simplemente acatarlo con absoluta libertad.

Esa pobreza que caracteriza su ser y su vida, que no soporta otra comodidad que la cueva de Belén y la humilde casa de Nazaret, que lo califica pobre entre los pobres y deja libres a sus injustos jueces para condenarlo al más humillante de los tormentos, no escapa a la sacramentalidad de la Iglesia. La piedad, sin duda sincera, ha cometido excesos cuando inspiró decoraciones preciosas y funciones litúrgicas barrocas en las que el simple signo era sumergido en una suntuosidad que casi lo diluía.

Debemos aceptar el beneficio de la renovación litúrgica promovida por la Iglesia a la luz del Concilio Vaticano II. Aparece en ella el pobre Jesús inmolado, Salvador de los hombres, con una nitidez sorprendente. En el rostro de su Iglesia, en sus palabras y ritos sacramentales, quiere prolongar la pobreza que lo identifica y lo presenta transparente al Misterio que viene a revelar: el amor de Dios a los hombres.

En algunos sacramentos se pudo casi desfigurar el signo, no tanto en la Eucaristía. Es imposible disimular que la materia del Sacramento es pan y vino y que la forma son las palabras simples de la última Cena. Jesús eligió el signo en sintonía con su propia forma de llegar y estar entre los hombres. No complica lo que quiere dejarnos, como el mayor de los tesoros, con extraños condicionamientos. Toma pan y una copa de vino y dice lo que hace en uno y otra: “es mi Cuerpo y el cáliz de mi Sangre”.

Adopta las dimensiones mínimas de un alimento común para conservar la expresión extrema de cuanto nos ama. Quizás no hemos reflexionado lo que debíamos sobre este gesto destinado a perdurar en la historia, hasta que la humanidad participe de su glorificación en el Reino de los cielos: “Les aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre”. (Mateo 26, 29)

En la Eucaristía persiste y se acentúa la pobreza por amor que el Verbo adopta en la Encarnación. El tiempo constituye “lo que falta a la Pasión” y, por lo mismo, a la extrema pobreza divina. Con la diferencia de que la etapa pos-pascual constituye el tiempo de nuestra incorporación a su Misterio – sacramental mente presente – de anonadamiento y de vida.

Durante su historia de pobreza y amor quiso cargar solo con la responsabilidad y constituirse en modelo de un estilo de vida, animado por el Espíritu. Se hizo acompañar por algunos hombres para que fueran testigos simples y por lo mismo, absolutamente confiables. Esos mismos hombres debían ser los primeros en adoptar “la forma de vida” del Señor. Son los Apóstoles y la comunidad de discípulos – hombres y mujeres – que lo seguían con fidelidad.