Pobreza de importancias humanas

La pobreza que se limita a la carencia de los bienes económicos no logra expresar el valor evangélico de la pobreza. Existe una fuerza virtuosa interna en todo gesto de auténtico despojo: la renuncia a ser importante. La importancia, entre los hombres, depende exclusivamente del reconocimiento de los demás. Responde a lo que se logra en la superficie, a lo que los otros ven y pueden cotizan. Supone el propósito de perseguir el parecer de la gente y construir una apariencia que deslumbre mediáticamente, aunque no responda a la verdad, o a toda la verdad.

El pecado es generador de una monstruosa simulación. Es habitual que nos mintamos a nosotros mismos declarando virtudes que no poseemos, o negándonos a reconocer como propios graves y manifiestos defectos. La “importancia” depende del reconocimiento de los otros, al hacer brillar fugazmente nuestra imagen externa. Difícilmente rechazamos esa seductora tentación.

San Juan Bautista es quien, por verdadera pobreza de espíritu, rechaza la tentación de ser importante, atribuyéndose títulos que no le corresponden: “Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”. (Marcos 1, 7-8)

¡Qué actitud ejemplar ante la fuerte tentación de ser reconocidos como importantes! Dentro de la misma Iglesia nos sorprendemos en la búsqueda de importancias humanas.

Jesús no tiene en cuenta lo que verdaderamente es – Dios – para hacerse la nada a la que el hombre está reducido por causa del pecado. Es inocente de todo pecado pero vence – por amor – la repugnancia de sumergirse en nuestra dolorosa condición de pecadores.

De esta manera nos enseña, al impulso de su presencia, a recorrer el sendero hacia la Redención. La conversión parte del humilde reconocimiento de la simulación a la que estábamos reducidos. Habíamos proyectado un hombre falso y, torpemente, lo construíamos en nuestra historia de violencia, crímenes y odio. Jesús es el Camino; Dios mismo llega al hombre, hecho hombre, para revelarnos el plan de Dios sobre el hombre y rehacerlo desde sus raíces. “Te aseguro que el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios” (Juan 3, 3), dice a Nicodemo. De nada vale nada si no acatamos el plan de Dios, desechando definitivamente todo otro proyecto.

Es preciso ver en Jesús, para hacerla propia, su actitud permanente de obediencia al Padre, desde un valiente despojo de la falsa imagen que el hombre – en pecado – ha proyectado sobre sus frágiles comunidades y culturas. No somos lo que decimos ser, o aspiramos ser. El Señor viene a nosotros echando por tierra las expectativas del pueblo de Israel sobre la naturaleza de su mesianismo. Está más cerca de Isaías que lo presenta como el Siervo fiel y sufriente (Mateo 12, 18 ss.). Los mismos Apóstoles debieron descubrir la identidad auténtica del Señor, guiados por sus mismas declaraciones y por el conmovedor acontecimiento de su Pasión.

Cristo, reducido al mínimo signo eucarístico, mantiene el despojo – por amor – de toda importancia humana. A su dulce Nombre no podremos agregarle ningún aditamento mayestático. Es tal su simplicidad y pobreza que todo intento de relevancia jerárquica cae en el vacío. Es “Jesús”, el Señor, que se sigue entregando a nosotros como salvífico alimento. Basta un simple hombre, ordenado para ello, un poco de pan y un sorbo de vino, para que renueve el misterio de su Muerte y Resurrección hoy, entre nosotros.

Todos los esfuerzos para otorgar importancia a su presencia: grandes concentraciones con motivo del Corpus, Congresos Eucarístico, vasos sagrados de preciosos metales, no son más que intentos bien intencionados de reconocimiento y adoración. He recorrido algunas salas del tesoro en catedrales europeas; me he detenido, entre asombrado y decepcionado, ante valiosísimas joyas vacías. Nada es marco suficiente para ese Misterio de pobreza, inmolación y amor. Jesús no se quedó entre nosotros para ser fríamente guardado, hasta escondido, en recipientes de oro y piedras preciosas.

Nosotros somos su custodia y vasos sagrados en los que quiere reposar. Nuestra pobreza voluntaria, la de la conversión, es el decoro que lo regocija. Sólo así quiere ser adorado. Desde su nivel ínfimo de importancias humanas nos reclama ser como Él: pobres y simples, inmolados por amor y ofrecidos al mundo como fermento evangelizador.

La contemplación de su pobreza de importancias humanas debe desafectarnos de toda secreta ambición de ser algo entre las categorías honorables de la sociedad, incluso de ser alguien en el plan de santificación que, quizá, hemos diseñado por nuestra cuenta. Es una ascética de purificación causar un vacío de nosotros para que el Señor, como está entre nosotros en la Eucaristía, lo colme de su presencia pobre.