Misterio de Obediencia

Se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz”. (Filipenses 2, 8)

Ya Isaías lo presentaba en actitud obediente. El Verbo encuentra una naturaleza humana que se resiste a querer lo que otro quiere, y a someterse a otro dictamen que no sea el producido en ella misma, por la voluntad del hombre tristemente independizada de Dios. Cristo es el Dios que al encarnarse causa una saludable contra resistencia. El Nuevo Adán dirá – “no” – a la lamentable decisión de negarse a la fidelidad a Dios del viejo Adán. Quienes se adhieran a Él antepondrán, sin vacilaciones y mucho dolor, la voluntad de Dios a la suya. El combate durará toda la vida, hasta que la victoria se complete en el momento de la muerte. En Cristo la crueldad de la cruz hará más dolorosa la mencionada contra-resistencia. En Getsemaní aparece todo el dramatismo de su secreta lucha: “Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. (Lucas 22, 42)

Cristo debe pasar por la prueba y la tentación. Su voluntad humana, transformada por su voluntad divina, quiebra la resistencia y salva al hombre desde la carne misma del hombre. Experimenta el rigor del combate del que sale victorioso: “En medio de la angustia, él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo”. (Lucas 22, 44)

Procuremos entrar en su interior, sentir algo de su soledad y desamparo; no sé cuánto resistiremos pero obtendremos la fortaleza para afrontar nuestra propia lucha. Así lo hicieron los santos.

La Eucaristía nos recuerda ahora su agonía. En las reducidas dimensiones de los velos eucarísticos podremos contemplar su sufrimiento, como también participar de su sacrificio, padecido por única vez, y prolongado en toda la historia de manera real aunque sacramental.

Se destaca aquella obediencia conmovedora al Padre. La voluntad de su Padre no redujo su alcance al hecho histórico de la muerte en cruz; tuvo presente esta prolongación sacramental, que comprende la íntegra historia humana. El Señor soberano de la Resurrección venció la rebelión del hombre pecador mediante la perfecta obediencia. Su triunfo ha sido, y es, en el sacramento de la Iglesia, y en cada bautizado, el cumplimiento de la voluntad salvífica del Padre. Allí se logra toda la verdad y se aniquila toda la mentira que sedujo a Adán y a Eva.

Para ser obedientes y victoriosos, como Jesús, es preciso adoptar las medidas de su extrema pobreza. Se hace carne, pobre y Eucaristía. Desde allí, de ninguna manera desde un alejado puesto de comando, reduce a nada el pecado.

Observemos con especial atención la Eucaristía que celebramos. Existe un misterioso intermediario – a partir de la Cena de institución y para siempre – entre la voluntad salvífica del Padre y la ejemplar obediencia de Cristo. Un hombre común que, gracias a la Institución de aquella Cena, está destinado a hacer la Eucaristía. Quizás no sea el más santo e incluso sea un gran pecador. Si ha recibido válidamente la Ordenación sacerdotal, poseerá la misteriosa autoridad de obligar al Señor a prolongar ahora su asombroso anonadamiento. De aquí se concluye que la obediencia al Padre no se cumple de manera abstracta. Jesús nos enseña que si no obedecemos a quienes en nombre de Dios tienen autoridad, por más indignos que sean, estamos aún muy lejos de aproximarnos a las dimensiones saludables de la Eucaristía que celebramos.

¡Cómo se ilumina el sentido de nuestra obediencia! Ante la Eucaristía, celebrada por el más simple y pecador de los sacerdotes, queda reducida a nada nuestra pretensión de exigir el sumo de la perfección y de la sabiduría a quienes nos gobiernan. Aquí está la verdad que asistió a los santos.

Si nos orientamos por categorías exclusivamente racionales terminamos en la incredulidad, como aquellos que dejaron de acompañar a Jesús cuando anunció que su carne era comida y su sangre bebida. No obstante, hizo depender la vida de la aceptación de aquel anuncio: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes”. (Juan 6, 53)

Perdemos el tiempo cuando criticamos las órdenes recibidas porque no nos parecen razonables. En el interior de esa crítica existe siempre una superficial causa de nuestro disgusto: el superior, la forma como se nos imparte la orden, las consecuencias de la misma en nuestra tranquilidad, celosamente custodiada.

Rechazamos el anonadamiento. Otros no toman en cuenta lo que somos o podemos ser. No nos resignamos a aceptar con gozo evangélico esa “injusta” marginación. Es decir, no soportamos ser tratados como nuestro Maestro y Señor. No obstante, mediante la Eucaristía que celebramos, pretendemos identificarnos con Él: “manso y humilde”, anonadado por amor.