Dádiva y alimento

Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. (Juan 6, 51 y ss.)

La autodonación de Cristo expresa a la perfección el don de Dios: “Si, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Juan 3, 16)

Cristo, dándose, hace efectivo lo que el Padre nos obsequia como expresión de su entrañable amor. El hombre no es capaz de apreciar, en su justa medida, la gratuidad del don divino. No lo merecemos. Lo merece Jesús para nosotros. Su heroica generosidad obliga al Padre, y el Padre se deja obligar por “su Hijo muy amado”.

La Eucaristía expresa la totalidad del don de Dios. En Cristo, que se nos da por el Misterio de su Muerte y Resurrección, el Espíritu Santo causa la salvación del hombre pecador. Violentamente los hombres se apoderan de ese inefable Don de Dios. Se comportan así porque son violentos, sedientos de la sangre de su Pacificador. Durante el juicio inicuo, desconociendo lo que en verdad reclaman, vociferan ante la historia: “Y todo el pueblo respondió: ‘Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos” (Mateo 27, 25)

La aceptación, por parte de Cristo, del plan salvador de su Padre le exige mantener con firmeza la decisión de entregarse a la voracidad de los hombres. No se arrepentirá. No responderá al desafío de sus ocasionales enemigos: “¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él. Ha confiado en Dios; que Él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo:’Yo soy el Hijo de Dios’” (Mateo, 27, 42-43). Dios, en Él, manifiesta su inquebrantable decisión de salvarnos.

El Bautismo constituye la expresión sacramental de que somos de Cristo y Cristo es nuestro. Todos los derechos de Cristo sobre los bautizados y de éstos como sus miembros, proceden del Bautismo.

Toda su vida, desde la Encarnación a la Muerte, es una constante y generosa dádiva. Su servicialidad, puesta a prueba en el trabajo misionero, nace de una conciencia clara de su procedencia del cielo como Pan para el hambre del mundo.

La necesidad de ser salvados es hambre y sed de Vida verdadera. El hombre está llamado a vivir para siempre y el pecado, contrariando su auténtica vocación, lo ha herido de muerte.

La Eucaristía realiza, sacramental y existencialmente, la extrema decisión del Verbo de ser dádiva y pan. Cristo se nos brinda como alimento de Vida: su carne-comida y su sangre-bebida.

Nuestra hambre y sed de Vida puede, desde entonces, ser saciada para siempre “hasta no experimentar hambre y sed”. Ocurrirá al término del peregrinaje terreno, pero, mientras dura, será Jesús eucarístico el verdadero alimento que reponga nuestras fuerzas espirituales.

El Sacramento es realidad en el tiempo, sostenida en la esperanza de que alcance su plenitud cuando éste concluya. Esa plenitud, ya inserta en el tiempo presente, está destinada a ser definitiva en el futuro.

Es Cristo resucitado, quien se ofrece ahora como alimento, que repara las fuerzas al, modo de viático, para el trabajoso camino que conduce a la Vida. Quien será la recompensa eterna es ahora la energía que moviliza el peregrinaje. Nuestra insensatez, de guardarlo todo para nuestro provecho egoísta, no nos permite entender el sentido del amor como autodonación. Por lo mismo se hace particularmente incomprensible la afirmación tajante del Señor: “El que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí, la salvará” (Lucas 9, 24).

La Eucaristía es el amor transformado en dádiva de la propia vida. Jesús nos revela que la muerte en cruz, como don generoso de sí mismo, florece indefectiblemente en la Resurrección, esa impresionante posesión de la Vida para siempre. Desde su estado de resucitado puede dar su Vida siempre, en un acto inacabable de amor divino: “… alcanzó la perfección y llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen” (Hebreos 5, 9).

Por la Eucaristía ofrece su Vida inagotablemente. Lo hace transformado en el alimento de quienes son amados con Él por el Padre. Nadie podrá vivir si no recibe de Él la Vida. Es el único. Como dijimos antes, el Sacramento, por su naturaleza, es acontecimiento de gracia en el tiempo, para los sentidos. La invisibilidad de la gracia obtiene una expresión visible, en la línea de la Encarnación.

El “Pan bajado del cielo” (Juan 6) recrea y nutre la vida de los hombres nuevos. Se hace comestible eligiendo el alimento más simple y pobre, para que todos lo sientan cercano, puedan degustarlo y así calmen el hambre y la sed, causadas en el oscuro día del pecado, y acrecentadas en una larga historia de iniquidades. Es impresionante el realismo del signo: ser un poco de alimento, capaz de sustentar a todos en la Cena Pascual.

Es el Cordero de Dios (San Juan Bautista así lo señala) que rehúye la carne del cordero ritual, a pesar de haber sido prefigurado por él, para elegir el pan y el vino; elementos de la comida, no el manjar principal de la cena ritual. La pobreza, que hemos procurado describir antes, reclama otra expresión. Aunque nada quede del banquete, siempre sobra un mendrugo de pan y un sorbo de vino. El verdadero Cordero será “mendrugo”, y breve trago de vino, para quienes no han logrado alcanzar a tiempo una buena ubicación y saborear un trozo suculento de la llamada “comida principal”.