Está para nosotros

Si existe un signo claro del cumplimiento de su propósito de estar entre nosotros, para nosotros, es la Eucaristía. Es Él, personalmente Él. No sé si existe otro modo, más simple y perfecto, para formularlo.

Cuando una persona ama mucho a otra no sabe qué darle que signifique su amor. Como no puede hacerse “cosa”, escoge un signo. Cristo, el pobre que no tiene “donde reclinar la cabeza”, toma entre sus manos lo más expresivo de su pobreza y lo convierte en Él. En el pan y el vino, que tiene entre sus manos, se queda Él, se obsequia y se sumerge en la vida hambrienta de sus amigos peregrinos.

La insignificancia humana del velo eucarístico nos revela, con especial elocuencia, que la Eucaristía es para nosotros. No podremos lucirnos con ese signo, necesitaremos suscitar la fe y una extensa catequesis para explicar su presencia y significado.

Las personas se ofenden ante presentes sin valor obsequiados por gente pudiente. Quizás tengan razón. Dios es el amor pudiente. Podría darnos todo, porque todo es suyo. Pero, ni la salud, y menos la fortuna, podrían significar cabalmente el don de Sí: su amor. Para visualizarlo por medio de un signo elige lo que más se acerca a la simplicidad y a la pobreza, lo menos “algo”. De esa única manera nos lo da todo, lo verdaderamente todo: su Unigénito.

Me imagino así la última Cena: Jesús piensa en un signo que exprese adecuadamente el Don de su Padre al mundo. Necesita que lo tengan siempre, que lo puedan recibir una y otra vez como una nueva declaración de amor. En el transcurso de la comida, parte el pan y lo da: “tomen y coman”. Hace la bendición sobre la copa: “tomen y beban”. Tómenlos, es de ustedes.

  • ¿Qué nos das, Señor? ¿Pan y vino que podremos adquirir en cualquier lugar? – No…esto ya no es pan y vino, no los conseguirán si Yo no se los doy cada vez: “Esto es mi Cuerpo”… “Este es el cáliz de mi Sangre”…-

Con casi nada nos lo da todo. Si lo hiciera de la nada, como la Creación, nos causaría una indescriptible admiración. No es así. Se vale de simples hombres, ordenados para ello, de una memoria hecha relato – la Cena de la Institución – y de pan y vino. Sin esto, tan poco, la Eucaristía no podría celebrarse.

No obstante la escasez de sacerdotes – estimo que en el mundo son más de cuatrocientos mil – se está celebrando la Eucaristía casi constantemente. ¿Qué significa? ¿Está bien que se celebre tanto? ¿Qué fuerza evangelizadora produce en el mundo ruidoso de los gestos y de las imágenes?

Sí, está muy bien. Cada sacerdote que celebra la Eucaristía recuerda al mundo que Cristo resucitado está presente. Por su ministerio debe dar testimonio de Él, quizás desde la pobreza y el silencio.

¡Difícil Evangelio! Hallará más objetores que los polemizados temas presentados recientemente. Reclamará redimensionar valores; poner en primer lugar los principales y relegar los que no lo son. Será eficaz sin necesidad de nuestros aditamentos teológicos. Constituye el gesto de Dios que expresa toda la Verdad, aunque no todos lo entiendan de inmediato. Únicamente la fe, como adhesión a la persona de Jesús, otorga la capacidad para llegar a comprender: “El que pueda entender que entienda”.

Basta creer para entender. Principio que contradice la concepción racionalista de muchos llamados intelectuales. Una persona muy simple puede constituirse en un auténtico referente para quienes buscan la sabiduría. Su exposición de la verdad nace de su fe en la verdad: “Hablamos porque creemos” afirmaba San Pablo. Así lo declaró Pedro el día difícil de la promesa eucarística: “Jesús preguntó entonces a los doce: ¿‘también ustedes quieren irse?’ Simón Pedro le respondió: ‘Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios’” (Juan 6, 67-70).

La palabra de Jesús bastaba a Pedro y a los Apóstoles. Más adelante entenderán mejor y podrán iluminar con su Magisterio la reflexión de los teólogos y la vida de los santos.

Está para nosotros, para quienes, a partir de la conversión, se dispongan a seguirlo. Para quienes por el Bautismo son su Iglesia. Para quienes decidan ser pequeños con Él y entrar, mediante su anticipación temporal, en su Reino eterno. También para quienes, sin participar sacramentalmente de la Iglesia, lo sigan en el deseo de encontrarlo, padeciendo el hambre y la sed de los valores que Él genera y ofrece desde la Cruz.

La piedad eucarística proclama la verdad de su Presencia a todos los hombres del mundo. No importará que muchos pasen indiferentes o disimulen no conocerlo. Aparecerán “pequeños” de donde no imaginamos; quizás de quienes parezcan más alejados o emocionalmente insensibles. Basta que se les ofrezca la oportunidad de un encuentro con Él – cara a cara – al modo de Andrés, Mateo y Zaqueo. Es preciso que Jesús obre y que muchos hombres y mujeres perciban su presencia. Se hallarán muchas Magdalenas convertidas, como también algunos jóvenes ricos que escapan al llamado personal y a la santidad.

Está para quienes quieran recibirlo y ser sus amigos. No obstante, nadie podrá afirmar que no está para él. Nadie logrará ocultarse de su ofrecimiento sereno e íntimo.

Es el momento de la oración silenciosa. Es oportuno apropiarnos de Él por la contemplación y dejarnos apropiar de Él, para que su presencia adorable asuma otra pobreza, la nuestra y así se manifieste al mundo.