Silencio ante la incomprensión e indiferencia

Lo que más me impresiona al contemplar el misterio eucarístico es su silencio. Nadie tan vivo y tan silencioso. A su vista comprobamos que no es el silencioso el que menos habla. La elocuencia de Jesús en el silencio abrumador de la Eucaristía es entendible únicamente en Él. Imposible de perturbar. Ningún movimiento que denuncie la mínima reacción y, sin embargo, toda la vida, toda la fuerza, toda la gracia y la energía de la Resurrección. Así, en el silencio de las cosas humanas, como profundamente dormido o muerto, está más que atento a nuestra existencia tensionada y menesterosa.

Nadie puede estar más presente y, al mismo tiempo, más desapercibido. Debemos hacer un esfuerzo de fe para descubrirlo en su relación con nosotros, expresándonos su amor sin medida y llevando su paciencia a la cumbre, más allá de la Cruz.

Basta ver cómo lo tratamos. De qué manera reaccionamos ante tanto amor. Alcanza un simple examen para comprobar el grado de indiferencia que manifestamos ante su presencia eucarística.

Algunos gestos, especialmente de sacerdotes, indican una indiferencia que bordea la incredulidad. Si por la fe sabemos que es Él, ¿a qué viene tanta frialdad, tanto aburrimiento y tanta torpeza? Deberíamos morir de amor. Algunos santos no resistían emocionalmente tanto fervor y, otros, aceptaban la inmolación de sus sentidos, bloqueados contra su voluntad, para intensificar sus esfuerzos en la adoración y en el silencio.

Somos tan sensatos, en algunos asuntos, para encarar ciertas dificultades, para resguardarnos de peligros o de una posible enfermedad. No existe razonable explicación ante esas “sensateces” y nuestra inconciencia de su presencia y silenciosa espera. Pero, Él está allí, doblegando nuestra resistencia a reconocerlo.

¿Qué debemos hacer? Hay tiempo, todo el tiempo de nuestra vida. Estos días de reflexión constituyen un acontecimiento excepcional de gracia que debemos aprovechar. Hagamos el esfuerzo de sintonizar nuestro silencio con el suyo. Aprenderemos un nuevo lenguaje, más expresivo que el utilizado en nuestra vida corriente. Dicen que Sor Inés de Jesús (Paulina Martin), la afortunada hermana de Santa Teresita del Niño Jesús, afirmó: “El silencio es el lenguaje de los ángeles”. En una vieja estampa, obsequiada hace muchos años por una joven belga, estaba impresa una frase de Psicharí que me impresionó: “El silencio, ese latido del corazón de Dios”.

Para sintonizar con el de Dios será preciso que nosotros mismos sepamos provocar ese silencio. Es la única forma de auscultar su latido, de entender su lenguaje angélico. Bajemos el volumen a nuestras cosas y demandas, por más santas que sean, y mirémoslo desde la fe. Mantengámonos así todo el tiempo posible. Volveremos a nuestras actividades sin lo que pretendíamos pero colmados de su serena Presencia, de sus intereses, especialmente de su entrañable amor al Padre y a nuestros hermanos.

Así se forjan los santos, los misioneros, los contemplativos, los evangelizadores de los ambientes más rebeldes de nuestra sociedad. ¡Qué en vano trabajamos desde planificaciones pastorales teóricamente perfectas! ¡Qué en vano si nuestros agentes de pastoral no aprenden en este silencio Suyo!

Será preciso volver a su Palabra y revisar nuestro aprendizaje de la misma; quizás salteamos algún paso esencial, terminando en una lectura extraña a su Espíritu.

No digo que ocultemos lo que debemos manifestar en el momento oportuno. Hablemos “porque creemos” desde ese silencio de Dios (desde donde Jesús dijo lo que dijo) y bebamos allí, a grandes sorbos, su Espíritu. Es lo que necesita el mundo de los cristianos, especialmente los más pobres. Cuando algunos sectores se ideologizan intentan atraernos a sus fines partidarios, a veces con cierta buena intención. Fácilmente sucumbimos a la tentación e invadimos el silencio eucarístico con un extraño clamoreo: “Jesús les dijo: Están equivocados porque desconocen las Escrituras y el poder de Dios” (Mateo 22, 29).

Con frecuencia el Señor debió corregir a sus discípulos. Se encontró con una lamentable desinteligencia de verdades fundamentales y de la misma Escritura. Clásico es el tema del divorcio. El encuentro, siempre saludable, con el Maestro, nos ofrece la ocasión de disipar errores. Cuando pretendemos releer, con nuestros términos, su enseñanza, obligamos al Señor a un silencio que no es el suyo. Si lo reducimos a un personaje histórico, lo despojamos de su intención de hablarnos por su Espíritu, y terminamos fosilizando su doctrina convirtiéndola en una vieja idea libremente interpretable.

Al sumergirnos en su silencio, desde nuestro silencio de pretensiones y preconceptos, nos convertimos en buenos discípulos suyos, capaces de adquirir la destreza de transmitir, sin deformaciones, lo que hemos aprendido de Él.