Silencio ante la soledad y el abandono

En su silencio, hallamos otro elemento que prueba la persistencia de su amor; me refiero a la inexplicable ingratitud humana.

La Eucaristía enfrenta, más allá de la ignorancia, y como derivada de ella, la soledad de los múltiples lugares de culto. No me agradaban las consideraciones de algunos devotos que, con más ingenuidad que convicción, afirmaban que Jesús sufría la soledad de los sagrarios desiertos de adoradores. Mis directores espirituales me exhortaban a acompañar a Jesús, durante la espera del sueño nocturno, en los templos cerrados. Al crecer, teológicamente mejor asesorado, descubrí que aquellos piadosos pensamientos no manifestaban verdadera consistencia.

Jesús nunca está solo, ni en los sagrarios abandonados. Es el mismo Dios autorrevelado como Amor: “Porque Dios es Amor”. Quien ama nunca está solo ya que la soledad es ausencia de amor. Lo que sí es verdad, fundada evangélicamente, que Jesús está solo en quienes están solos, preso en los presos, enfermo en los enfermos, hambriento y desnudo en los hambrientos y desnudos. Con referencia a la Eucaristía: Jesús está solo de nuestra presencia creyente y de nuestra fidelidad.

La Eucaristía no es una cosificación de lo divino, adaptable a todo embalaje y a todo bien decorado desván. La Reserva se parece, en el mejor de los casos, a un rincón donde guardar, con bastante recaudo, lo sagrado.

Es la presencia viva del Señor. Cuando paso ante Él me inclino profundamente, poniendo mi rodilla en tierra, como expresión de merecida adoración. Por ello ha crecido en la Iglesia, animada por el Espíritu Santo, un movimiento de pública adoración ante el Señor sacramentado. Hemos hablado de la presencia real de Cristo. Más allá de lo que reflexionen encomiablemente los teólogos, acerca de la naturaleza de esa presencia sacramental, creemos que es Cristo, en contacto directo con nosotros: para transmitirnos su Vida y decirnos su Verdad; para darnos su Espíritu y enseñarnos a interpretar – desde el Evangelio – los signos de los tiempos.

Es el alimento que nutre nuestra eclesialidad. También nuestra capacidad de identificarlo en la comunidad de los bautizados, en La Escritura, en cada uno de los sacramentos y en la presencia activa de los carismas que el Espíritu despliega en la Iglesia toda.

Es, por tanto, nuestro necesario alimento. Toda la vida cristiana tiene en Él su eje de equilibrio; nace de Él (“Ecclesia de Eucharistia” – Beato Juan Pablo II) y en Él llega a su verdad total.

Se produce una soledad y desamparo que prolonga significativamente la Pasión. Es oportuno que recordemos las dramáticas palabras finales del Señor Crucificado. ¡Qué expresivas son! Al observar el reducido número de sus impotentes amigos, clama al Padre manifestando que aquel abandono popular le obligaba a gustar – con sabor de hiel y vinagre – el aparente desamparo de su amado Padre: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”. Él sabía muy bien que no existía tal desamparo. Su enseñanza al pueblo había sido muy clara cuando reveló la ternura del Padre, que viste a los lirios y da alimento a los pájaros.

Toda la historia es el ámbito en el que acontece lo que se cumplió con la Muerte y Resurrección del Señor. Los hombres pertenecientes a otros pueblos no difieren demasiado de quienes provocaron la muerte injusta del Señor y el abandono. En la misma Iglesia existen modelos lamentables: los traidores, los sacrílegos, los indiferentes, los calumniadores, los cobardes… En consoladora contraposición están también: María Santísima, la Magdalena, el Apóstol Juan… y otros, entre ellos, muchas piadosas mujeres.

Hay también lugar para los arrepentidos como Pedro, dispuestos a confesar públicamente la fe y a renunciar a la cobardía y al temor. Se repiten las huidas precipitadas de los amigos, las ausencias y los disimulos. Muchos sagrarios sumidos en la soledad de nuestros templos cerrados. Muchos religiosos y sacerdotes que pasan frente a Él como llevados por el aluvión de sus abrumadoras actividades. ¡Ahí está el Señor! ¿Para qué? ¿Quién lo atiende? ¿Quién grita o susurra al oído de los infinitos Pedros: ¡Es el Señor!?

Aunque parezca ingenuo lo que voy a decir: sagrarios abandonados indican todo tipo de infidelidades. No puede decaer el fervor, ni el mal espíritu adueñarse de comunidades enteras, ni predominar la división, la envidia y la evasión de graves responsabilidades, donde hay cristianos que mantienen con su Señor, en la Eucaristía, una relación más profunda que la desatenta y profesional celebración de una Misa.

El silencio de la Eucaristía parece acentuarse con la soledad y abandono que causamos en sus principales espacios. No es un silencio resignado el suyo, sigue siendo un silencio de amor sin medida. Es preciso que nos detengamos para escuchar ese silencio sin lamentos, sin reproches, sin reclamos. Es Dios, pobre de todo lo que ambicionamos, que desea colmarnos de su Vida en espera de la aceptación humilde de nuestra pobreza.

Después de escuchar su silencio, aunque nos duela, veamos qué queda de lo que reclamamos; de nuestros anhelos de comodidad, de “nuestra” vida para nosotros, sin quienes nos molestan porque son pobres, están enfermos o necesitan de nuestra simple atención de humanitaria.