Silencio ante la indiferencia y la impiedad

Lo que más colma de sufrimientos el corazón del hombre es la indiferencia de los más cercanos. Dar vuelta las páginas de la historia es muy provechoso. Grandes hombres, ungidos por la posteridad como excepcionales artistas, filósofos, hasta santos, han experimentado la mayor soledad al declinar sus vidas, causada por la indiferencia e incomprensión de sus familias, amigos y propias comunidades religiosas. Son conscientes y pueden medir la magnitud de la ausencia de quienes debieran estar junto a ellos.

Nos entristece y alarma conocer que las sagradas formas han sido profanadas por un ladrón de sagrarios que pretendió canjear los copones por un mínimo precio monetario. Más nos entristece desconocer el destino de las hostias consagradas. Es para alarmarse. ¡Cuánta ignorancia se esconde detrás de esos robos sacrílegos! Los soldados romanos que pusieron las manos sobre Jesús, en la flagelación y crucifixión, no sabían que era Dios. Sólo veían en Él a un hombre condenado a morir por causas que no entendían.

Jesús no está hoy en el ocaso sino en la plenitud de su Vida de resucitado que, por la prolongación misteriosa de su sacrificio, nos la otorga siempre de nuevo a quienes nos disponemos a recibirla. Está tan presente que nada escapa a su percepción. Ve nuestra indiferencia – la de quienes creemos en Él – y mide con exactitud la falta de proyección social de nuestra vida cristiana.

Si fuéramos jefes de súbditos que así se comportan ¿qué haríamos? Exigiríamos renuncias y, con gran justicia, no tendríamos piedad con los indolentes. Jesús no considera a la Iglesia como una empresa deficitaria, que necesita una mano firme para que funcione. Es su familia, son sus hermanos que únicamente por el amor pueden encontrarse y lograr su unidad. Son quienes deben, a su vez evangelizar al mundo, y no admiten reemplazantes. Si no lo hacen, el mundo contemporáneo de ellos no será evangelizado. Lo dice dramáticamente el Papa Pablo VI: “Los hombres podrán salvarse por otros caminos, gracias a la misericordia de Dios, si nosotros no les anunciamos el Evangelio; pero ¿podremos nosotros salvarnos si por negligencia, por miedo, por vergüenza – lo que San Pablo llamaba avergonzarse del Evangelio – o por ideas falsas omitimos anunciarlo?” (Evangelii Nuntiandi 80). De aquí se concluye que si estos cristianos no evangelizan, nuestro mundo (la sociedad) quedará sin el anuncio de la Buena Nueva o insuficientemente evangelizado.

En resumen, si la Iglesia no cumple su misión esencial se vuelve innecesaria para el mundo, ya que es su irreemplazable evangelizadora. El Papa Pablo VI habla de una angustiosa necesidad, por parte del mundo, de ser evangelizado. Cuando los ciudadanos no dan más, cuando el peligro de disolución es mayor, advierten la necesidad que tienen del Salvador. La Iglesia existe para presentar a Jesucristo como el Salvador. Esta Iglesia, con esa necesaria y urgente misión, nace de la Eucaristía y en Ella encuentra su plenitud (Beato Juan Pablo II: “Ecclesia de Eucharistia”).

La indiferencia e ignorancia insensibilizan, restan el fervor que requiere la acción evangelizadora. Hallamos, a veces, entre los más cercanos al Misterio eucarístico – sacerdotes y consagrados – una frialdad que linda con la impiedad.

Y el Señor mantiene su silencio. Esta allí, siempre ofreciendo su amistad, imperturbable ante la flojera espiritual de quienes deberían estar inmersos en la contemplación. No sé si agregaríamos demasiado a la extensa lista de incorrecciones que nos distinguen. La “impiedad” de quienes no conocen es consecuencia de la nuestra, que sí conocemos. Si quienes sabemos que es Él y está allí nos comportamos como si no estuviera ¿qué podemos pedir a quienes no creen?

Es momento para un examen, para la confrontación sincera con la Verdad que conocemos desde pequeños. ¿Por qué no somos coherentes? ¿Por qué nos dejamos seducir por el relativismo materialista que pretende boicotear toda relación con Dios? ¿Por qué no reforzamos nuestros tiempos de adoración para recuperar el fervor perdido?

El estado de indiferencia bloquea nuestro espíritu y nos aleja de toda posibilidad de recuperación. Un esfuerzo generoso, animado por la gracia, causará el impulso inicial necesario. Es preciso ejecutarlo con la simplicidad de un niño que sabe cercano a su padre, al alcance de su llamado y de su mano. Saber que Jesús es Dios que no cambia en su amor por nosotros, debe alentarnos. Comprende nuestra débil estabilidad e introduce, si le permitimos, su gran firmeza en amarnos. La comunión con Él es identificación con su indoblegable fidelidad en el amor.