Genera comunión con el Padre

En Él tenemos a su Padre como nuestro Padre. En Él, el Padre nos ama hasta el don total de sí mismo. Nos ama de verdad, nos ama antes, nos ama sin exigir que lo amemos como Él nos ama.

Si la Eucaristía nos identifica con Jesús, nos hace con Él hijos de su Padre: “Mi Padre, el Padre de ustedes”.

Es difícil imaginar cómo Jesús se refería al Padre. Manifestaba su filiación mediante su obediencia perfecta, aceptando la prueba que comportaba, y la sostenía con su confianza, con sus prolongados momentos de oración y de continua contemplación del rostro dulcísimo de su Padre.

Los Apóstoles se conmovieron de tal modo ante la devoción filial de Cristo que le hicieron una petición: “Felipe le dijo: ‘Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta’. Jesús le respondió: ‘Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre’” (Juan, 14, 8-9)

La Eucaristía, al prolongar la inmolación por amor de Jesús, se constituye en expresión perfecta del amor del Padre a los hombres. Como a Felipe Jesús nos muestra al Padre en su propio rostro. El Padre es la meta del esfuerzo apostólico. Jesús conduce al Padre, nos prepara moradas “en la casa del Padre”. Identifica a sus discípulos y amigos consigo y así los encamina hacia un encuentro gozoso con el Padre: “Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes”.

Él es el Camino que conduce al Padre, es la Vida que el Padre ofrece a los hombres y la Verdad que el Padre dice en provecho de todos. La Iglesia lo recoge en su liturgia y acude a Jesús, como Mediador insustituible y Pontífice Supremo. La oración litúrgica es dirigida al Padre en nombre de Jesús: “Hasta ahora, no han pedido nada en mi nombre”. El Padre no negará nada de lo que pidamos “por Nuestro Señor Jesucristo”.

En la dádiva viva que su Hijo es, el Padre se nos da con amor infinito. La Eucaristía es la dádiva viva; con ella, recibiendo a Cristo, entramos en comunión con el Padre. Finalmente se cumple el pedido de Felipe. Contemplándolo en su silencio vemos al Padre, podemos estar con Él, somos también sus hijos y nos regala su Espíritu.

La amistad con Jesús hará que nuestra espiritualidad esté fundada en su propio amor al Padre. Adoptaremos sus sentimientos filiales, que nos harán obedientes como Él en el cumplimiento del plan divino de nuestra salvación. Conformaremos nuestra voluntad con la suya y con la del Padre. Seremos capaces, también, de devolver a nuestros hermanos su condición de filial, perdida por el pecado. Aceptaremos, con Él, el desafío que el mundo plantee a la evangelización.

No obstante la absoluta necesidad que tenemos de Él, la devoción de los cristianos se ha referido poco al Padre. Existe una indisimulable orfandad que aflora en las relaciones del hombre contemporáneo. El hombre – varón y mujer – por no saber ser hijo del Padre, no sabe ser, en una proporción alarmante, reflejo de la paternidad de Dios. Algunas confidencias, provenientes de muchos jóvenes, sacuden nuestro corazón. El padre (varón) se ha borrado del panorama familiar y de la misma sociedad. Un día del padre, pálido y tardío, parece intentar la reivindicación de ese imprescindible rol. El padre, no siempre gracias a Dios, se autoexcluye de la educación de los hijos y de la transmisión de la fe religiosa. Ámbitos que por un extraño desnivel de atribuciones se declaran propiedad exclusiva de la mujer.

Sin la presencia del padre, en la familia, la imagen de Dios no queda completa. Su consecuencia es el desequilibrio familiar y el sentimiento de desamparo y soledad que gravita peligrosamente en nuestros jóvenes. El padre, junto a la madre, expresan, en la conciencia intelectual y afectiva del ser que se desarrolla, la imagen de Dios a la que necesitará recurrir, cualquiera sea su confesión religiosa, y aunque no la haya.

Jesús es ahora, como lo fue para Felipe y para quienes lo observaban, la nítida imagen del Padre. Lo es particularmente en la Eucaristía, ya que en ella, por la prolongación histórica del Sacrificio, sigue expresando el amor paterno de Dios hacia los hombres. El Padre se identifica en el amor que profesa a su Hijo. El Amor recíproco y misterioso de ambos es el Espíritu Santo.

Jesús nos revela el amor de Dios, nos lo muestra. Con el mismo amor con que el Padre lo ama, ama a los hombres, llamados a ser sus hermanos. De esa manera, el Hijo Jesucristo, hecho Hombre y hermano de los hombres, revela al Padre. Esa revelación no es simple enseñanza o afirmación doctrinal, es la acción divina que saca al pecador de su estado de pecado y lo recupera para la vida familiar con Dios. Vale decir, le devuelve su condición de hijo con una novedosísima economía: a semejanza de Cristo, el Hijo amado de Dios, hecho hombre. Es oportuno meditar la parábola del hijo pródigo o del padre bueno. Es el mismo Cristo quien nos transmite, de esa manera, toda la verdad sobre la paternidad de Dios.