El Padre, mío y de ustedes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA
Arzobispo de Corrientes (Argentina)
Año del Padre,  1999.

 

Introducción.

 

Es más consolador y remunerativo entrar en los grandes temas por la investigación que por la contemplación. El que me dispongo a abordar requiere de la contemplación. Conocer al Padre es poseer la Vida eterna. Ese conocimiento no nace de un esfuerzo intelectual prolijo y sistemático. Únicamente quien lo posee puede comunicarlo e indicar el camino de acceso al mismo. Durante las próximas páginas procuraré internarme en él con paso trémulo y confiado. Cristo es el acceso directo a ese conocimiento imprescindible del Padre. Lo conoce y lo da a conocer. Se constituye en camino hacia el Padre y traduce, al lenguaje de su carne, su inefable conocimiento.

Por su camino, o por Él como Camino, debemos introducirnos en ese ámbito de aprendizaje. El Padre atrae su atención y le invita a transitar entre los vericuetos ciertamente difíciles de nuestra naturaleza, que Él ha asumido para ser nuestro Hermano. Intentaremos anotar cada comprobación de su sorprendente realidad temporal. Existen indicios fácilmente identificables en los escuetos renglones de los Libros Sagrados. Es conveniente mantener, con su oportuna inserción, el hilo argumental de nuestro humilde ensayo. El título que encabeza esta introducción lo condensa todo: “El Padre, mío y de ustedes”. He procurado dividirlo en catorce reflexiones, escalonadas espontáneamente, como la libre caída de una cascada.

Durante su esquematización me he sentido dolorosamente débil. Se produjo una intuición mística en una mente poco agraciada, la mía.  En algunas circunstancias reclamamos ser poetas, pintores, escultores, músicos o grandes teólogos. El mejor instrumento de la habilidad humana resulta pobre y torpe para traducir un misterio que envuelve y escapa a la percepción más genial. Es preciso conformarse con este estilo, su lenguaje y oportuna comunicación. No se puede decir todo con una sola palabra. Únicamente Dios lo hace, a su manera. De todas formas los hombres intentamos perfeccionar nuestra palabra, purificándola de viejos límites y abriéndola a nuevos horizontes. El Verbo de Dios se hace carne nuestra, como se encuentra ahora, con sus riquezas y pobrezas actuales. Ese mismo Verbo, encarnado hace dos mil años, incorpora a su carne virginal glorificada el misterio de la nuestra.

Gracias a Él nuestro limite será desbordado por su infinitud, nuestra muerte por su inmortalidad, nuestro pecado por su santidad. Gracias a Él lograremos internarnos en el ámbito de las relaciones con el Padre, suyo y nuestro. Su conducción requerirá nuestro consentimiento. En la línea del proyecto de Dios no se da un solo paso sin ejercicio de la libertad. No existe quien respete más los derechos humanos que el mismo Dios. La libertad es el derecho que comprende todos los derechos y los consolida. Suprimida la libertad, o gravemente vulnerada, todos los derechos pasan a la clandestinidad, como un tesoro sepultado en la trastienda de la sociedad. Cristo, que sufre el tormento incalificable de la injusticia humana, es el auténtico reivindicador de los Derechos Humanos. Pero el camino de su recuperación posee su propio y original trazado. Es conveniente que lo sigamos.