MIREMOS A JESÚS.

Para hallar el modo de un comportamiento filial adecuado es preciso el advenimiento de un modelo. Fabricarlo es tan inútil y pernicioso como crear la vida en una frágil probeta de laboratorio. Ha llegado a nuestra vida, lo pensó Dios al proyectar la recuperación de su “oveja perdida”. Jesús es el modelo filial. Es preciso descubrirlo en relación con su Padre Dios. Se han dado los elementos históricos necesarios para contemplarlo largamente. Dedicar un tiempo principal a esta tarea es de vital importancia. Así lo entendió María de Betania en su silenciosa actitud de escucha mientras su hermana Marta se fatigaba en los detalles del quehacer doméstico. En la opinión de muchos Marta tenía razón. Ambas podían escuchar a Jesús mientras apuraban el orden de un hospedaje conveniente para el amigo. Llama la atención que la aparente inactividad de María fuera ponderada y no la solicitud infatigable de Marta. Otro era el valor que se identificaba, tan absoluto como para recibir la calificación de “único necesario” y “la mejor parte”. María contemplaba, en el rostro del Maestro, lo que aparecía apenas iniciado su conocimiento: el rostro paterno de Dios.

Otra oportunidad, de rara complementariedad con el episodio de Betania, es la ofrecida por Felipe oportunamente amonestado. Jesús se entusiasma cuando se refiere al Padre. Despierta de inmediato un enorme deseo de verlo, de escucharlo, de percibir la luz de su mirada tierna y acogedora. Así lo manifiesta el apóstol enfervorizado: “Muéstranos al Padre y eso nos basta”. La respuesta no se hace esperar. Hay algo de estudiado reproche en la declaración del Señor. La impresión causada ayudará a entender mejor la verdad develada: “El que me ha visto ha visto al Padre. ¿Cómo dices: ‘muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?”. Si no resulta obvio para testigos tan inmediatos como los apóstoles es su misión que lo adviertan y comiencen a comprobar la presencia paterna en la intensa convivencia iniciada.

Las expresiones lúcidas de Jesús denotan una sabiduría de excepcional procedencia. Conoce a su Padre, progresa en las manifestaciones de ese conocimiento en la naturaleza humana asumida, y, de esa manera, crea las formas perceptibles que sus seguidores, suficientemente adiestrados, llegan a captar. Como Verbo es “el conocimiento del Padre” que se encarna y, por lo mismo se hace palabra que resuena inteligiblemente para todos los hombres, de todos los tiempos y pueblos. Así se abre el acceso directo. Nadie es excluido de ese saludable y necesario encuentro con el Padre. No prospera el que se autoexcluye. El llamado a la conversión tan de la predicación de Jesús, como lo había sido del Bautista, reclama un consentimiento libre del oyente. De esa manera queda neutralizada toda exclusión externa e indeseada. El conocimiento del Padre es necesario y, aunque parezca contradictorio, absolutamente libre.

Se accede a él no en virtud de categorías intelectuales, las supera, sino a través de un acontecimiento de vida. El hombre posee la capacidad de resolver difíciles e intrincadas dificultades. El planteo más simple, el entablado por su existencia al asomarse a ella, lo desorienta y confunde. Me refiero al origen y destino de su vida. Dios constituye su explicación. Pero Dios no es una incógnita científica que desafía al investigador. El acceso a Él requiere otra manera, no alcanzan los pasos cuidadosos de una investigación. El Hijo de Dios encarnado se constituye en el “encuentro” o camino de acceso. Nadie llega a Dios sino por Él. Su mediación introduce al hombre en el recinto de su identidad divina. Por Él, Hijo y Verbo, se llega al conocimiento de la paternidad de Dios.

Todo en el hombre ha sido afectado por ese “encuentro”. Para acceder a él es preciso conformar la propia vida con Cristo. Incluye aceptar su palabra, adoptar el estilo de vida inaugurado por Él y permanecer en su contemplación y obediencia. Jesús sabe encontrar entre las imágenes de la vida corriente la que corresponde más a la verdad que quiere transmitir. La parábola del “hijo pródigo” es, sin duda, la más significativa de la misericordia y condescendencia de Dios. Se manifiesta como Padre y actúa como el mejor y único. En el encuentro que se produce el hijo se deja reconciliar por el perdón que adquiere conformación de júbilo. Es una fiesta, el Padre ofrece lo mejor que posee en sus reservas, para ocasiones verdaderamente excepcionales. Para ello, después del encuentro emocionado, se opera una transformación. Ya no es el andrajoso sino el hijo, vestido con el esplendor que le corresponde. ¡Ha sido reencontrado! ¡Ha vuelto a  la vida familiar!

Es preciso predisponerse para ese ingreso o acceso al Padre. El silencio purificador, la decisión del despojo del viejo vestido filial hecho harapos, el humilde balbuceo de la autocrítica o confesión sincera de los pecados: “he pecado contra el cielo y contra ti”. Por algo el sacramento asignado para el Año del Padre es el de la Reconciliación. Es un sacramento que trasciende lo litúrgico o cultual, es método cierto de recomposición en una sociedad culturalmente deteriorada por el error y la miseria moral. No obstante los signos alarmantes de una deshonestidad casi generalizada resta la esperanza, en algún rincón incontaminado del alma humana, que inspira el comienzo de un proceso de recuperación. Es escandaloso lo que se ventila en las terrazas de la opinión pública pero tiende a retomar un sendero de verdad que puede conducir a la verdad. Falta algo, que los protagonistas de un siglo que muere y otro que nace nos situemos en una actitud auténtica de humildad. Algunos pensarán que es pedir demasiado.

En la contemplación del misterio de Cristo hallaremos su metodología de relación con el Padre. Es para que la adoptemos como de necesaria y urgente aplicación. Hubo mujeres y hombres, hasta adolescentes y niños, que supieron hacerlo con éxito: los santos. Se reproducen en la historia, constantemente, como nuevas fragancias de un jardín maltratado por sus dueños. Nos ofrecen el ejemplo de un acceso rápido y firme, de una exacta utilización de la metodología original.

Quiero subrayar dos elementos de esa metodología: 1) la contemplación amorosa del Padre; 2) la obediencia filial, pronta y gozosa. Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) recogió la consigna de su gran maestra, Santa Teresa de Ávila, cuando, decidida su conversión al catolicismo, resuelve no regatear a Dios en su respuesta generosa: “todo y de inmediato”. Lo que observamos en estos cristianos ejemplares ha sido llevado a un grado eminente en Jesucristo. Si en Getsemaní parece titubear: “Si es posible pase de mí este cáliz”, no hace más que dejarse ver en la fragilidad de la carne heredada que debe redimir. Su reacción: “Que no se haga mi voluntad sino la tuya”, es consecuencia de la gracia redentora que Él mismo instala en la carne que redime y que, en virtud de la Resurrección, se hará fuente de salvación para todos.

Es conmovedor saber que esa lucha posee un referente único, el Padre. Clama al Padre y se resigna a la voluntad del Padre. Siempre es el Padre con quien mantiene una relación filial sin precedentes.

Juan 14, 8 y ss