DEJÉMONOS ENSEÑAR POR JESÚS

La contemplación de Jesús es un verdadero discipulado. Al mismo tiempo, haciéndolo objeto de nuestra percepción espiritual, se constituye en el único Maestro. Su magisterio excepcional requiere de nosotros un aprendizaje basado en la convivencia que Él mismo crea y anima. Allí nos enseña a vivir como Él vive. Su palabra, como enseñanza teórica, es parte secundaria de la integridad de su existencial docencia. Conformarse estrictamente a las normas emanadas de su comportamiento humano es el ideal de vida propuesto por Él mismo.

Es el primer testigo de la Verdad que propone. Su esfuerzo de Maestro consiste en que captemos la imagen paterna de Dios y aprendamos a comportarnos como hijos de tal Padre. Esa “captación” no se produce sin el comportamiento existencial adecuado. Quien no decide seriamente esa adecuación de vida no sabrá quién es Dios porque no acabará de entenderlo en su identidad paterno divina.

Cristo, llamado “Evangelio del Padre”, es quien dice la Verdad y, Él mismo, es su exacta formulación. Por ello, su magisterio, referido a esa Verdad totalizante, es más normativo que especulativo. En diversas circunstancias lo manifiesta abiertamente. De este modo establece una metodología existencial de filiación que posee ya experimentada: “Pero a todos los que la recibieron (a la Palabra), a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios”. y enseña, desde su manera humana de serlo, a ser hijos de su Padre.

Por ello, contemplarlo es ver al Padre con una visión que se hace conocimiento. Es una visión amorosa (contemplación) que establece relaciones personales con Dios Padre y determina un estilo de filiación que hace al hombre un hijo verdadero de Dios.

La filiación constituye al hombre en persona como también lo que lo relaciona con otras personas tan creadas como él. Me refiero específicamente a la fraternidad. La contemplación de su Padre nutre substancialmente la filiación de Cristo, en su naturaleza humana, capaz de crecimiento, como también su fraternidad heroica.

El único Maestro nos ofrece “la Verdad que nos constituye esencialmente”: Dios es nuestro Padre y se manifiesta de nuevo como tal en el Misterio conmovedor de su Hijo encarnado quien, por su Espíritu, haciéndose nuestro Hermano, hace posible una verdadera relación filial entre nosotros y su Padre. Es preciso que dediquemos todo el tiempo posible, todo es mejor, a recibir del Señor la enseñanza que nuestro ser requiere urgente y necesariamente. Para ello debemos escucharlo, más allá de nuestra capacidad auditiva, con todo el ser. Escucharlo es obedecerlo.

¿Cómo hacerlo? Leyendo serenamente el Evangelio, sobre todo la redacción de Juan, y manteniendo una relación de amistad con Cristo en la oración prolongada, simple y atenta. La haremos juntos aunque también requeriremos de la soledad y del silencio. Estar junto a Él, y frente a Él, es lo más importante de nuestra actividad cotidiana. Las demás ocupaciones acabarán refiriéndose a esta actividad o resultarán inútiles.

Con demasiada frecuencia nos distraemos en insubstanciales actividades; descansamos en espectáculos frívolos, como si para reposar debiéramos detener nuestra vida. El amor a Dios, para quienes han cambiado su perspectiva de vida por la fe, es la vertiente de su sabiduría, la concentración de los auténticos valores y el verdadero descanso o reparación por causa del desgaste de las fuerzas espirituales y psíquicas. Jamás un programa de televisión o un viaje recreativo.

Es preciso decidir generosamente la renuncia al engaño de una actividad que no refiera toda la vida a Dios Padre, reflejado en el Misterio de Cristo, Maestro y Señor.

Conferencia de Santo Domingo 1992.

Juan 1, 12