NUESTRA RELACIÓN CON EL PADRE ES UN REENCUENTRO.

La adopción posee un trasfondo teológico, no legal. El Creador que nos ha formado “con sus manos” es “el Padre de nuestra vida”. Somos sus hijos por haber “salido de sus manos”, por su hálito creador. No somos connaturales de Él, como Cristo, pero tampoco nuestra filiación es “por afecto” y, menos aún, como consecuencia de un proceso legal. Somos los hijos extraviados que regresamos a nuestra casa y a nuestro Padre. La parábola del “hijo pródigo” debe ser leída, o escuchada, en esa clave teológica o no será entendida. Dios espera a su hijo perdido y no a un extraño que intenta adoptar

El realismo dimensional de la parábola abarca la vida de todos los hombres. El pecado nos extravía de Dios, que es nuestro Padre, hasta hacernos perder nuestra orientación existencial. Todo queda extraviado en nosotros, como disperso. Nos constituimos en extraños a la Creación, a toda ella. La torpeza expresada en una manipulación profanadora constituye a los hombres que la practican en depredadores. Basta seguir algunos procedimientos llamados “científicos”. En lugar de ser “síntesis” del universo, el hombre en pecado constituye una antítesis, un verdadero desordenador de la armonía ecológica. El celo extremo por el cuidado del medio ambiente aparece como absurdo mientras el hombre se niegue a ser síntesis, en una desproporción manifiesta entre sus derechos y deberes fundamentales.

Jesús nos recupera para el proyecto de su Padre, referido al hombre. De esa manera es al “Universo material” al que recupera en su síntesis final. Pero es el mismo Señor, Hombre verdadero y  cumplimiento perfecto del proyecto de Dios; “Hombre perfecto e ideal humano auténtico. Para cumplir ese único proyecto humano es preciso mirar a Jesús y conformarse a sus rasgos esenciales: Hijo obediente del Padre y, como consecuencia, Hermano de los hombres.

La Encarnación del Hijo de Dios inicia y realiza la recuperación de los hombres para el Padre. Concreta un verdadero reencuentro. El Santo Padre considera a la Encarnación como el encuentro de Dios con el hombre. Lo he querido llamar “reencuentro” bajo la inspiración de la parábola delPadre Bueno o del hijo pródigo. Es un encuentro causado e iniciado por el mismo Dios Padre que envía a su Unigénito. Se produce así, por la gracia del Espíritu, una transformación saludable, abarcativa de toda la historia.

El celo de Jesús por hacer conocer al Padre, mostrándolo en los rasgos de su propia existencia humana, responde a la necesidad que todos los hombres tienen de ese conocimiento: “Esta es laVida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo”. Es interesante leer los Evangelios puntualizando las expresiones que lo indican con tanta claridad.

Los santos ingresaron por ese sendero de sabiduría: contemplar a Jesús, amarlo y escucharlo, para descubrir al Padre y descansar en Él como plenitud. La vida del santo es apasionante, como la de todo enamorado de la Verdad. El júbilo que causa el amor transforma la existencia temporal por más probada en el dolor que se encuentre.

El gozo del reencuentro no condice con la amargura y tristeza que caracterizan algunos rostros creyentes. Es posible que el reencuentro no haya ocasionado, en muchos, una adecuada convicción o conciencia. Quizás las formas convencionales de nuestra predicación: homilías, catequesis y exposición doctrinal, y de nuestra Liturgia no lleguen a expresar este núcleo de verdad, absolutamente necesario.

Procuremos paladear el encuentro con el Padre, en el Misterio de Cristo, en el que estamos sacramentalmente incorporados por la fe y el Bautismo.

S.S. Pablo VI

G.S. N° 14

G. S. N° 22

Tertio Mellenio Adveniente.

Juan 17, 3