EL CAMINO DE REGRESO.

Los creyentes, y con frecuencia los consagrados, nos alejamos del camino porque no nos consideramos “de regreso”. Somos el hijo mayor, autoexcluidos de la fiesta familiar, instalados cómodamente en una casa que, por culpa nuestra, ha dejado de ser el recinto donde la familia celebra su vida. A partir del pecado todos estamos de regreso. De modo contrario recaemos en nuestra vida errante anterior.

Hallamos una multitud de errantes, incluso entre quienes se consideran en la senda buena. Somos todos compañeros de ruta de quienes regresan. El mismo Cristo, por la Encarnación, se ha hecho nuestro compañero de ruta, trazando y haciendo con nosotros el camino de regreso. El peregrino va en pos de la casa anhelada, la de su Padre, y su camino es un regreso decisivo. Sabe a donde va. Concentra todos sus esfuerzos en la tarea de orientarse hacia lo que busca y anhela. Por lo mismo, ya no es un errante.

Los hombres se consideran tan omnipotentes que deciden sus destinos y establecen sus normas como el pequeño y atolondrado hijo que ha imaginado lograr su felicidad administrando antojadizamente su herencia. Las consecuencias de tan mala administración es la miseria y la soledad. Allí, el joven extraviado, advierte que prescindir del Padre y de la casa familiar conduce al mayor de los desórdenes. No se desespera y decide hacer de su existencia un regreso a los brazos de Quien lo espera. Me refiero al Padre, con su corazón anhelante y dadivoso de perdón.

Considerar la vida como un camino de regreso es recomponer la orientación de la misma y aceptar las normas legítimas de la casa familiar, por largo tiempo abandonada. Sobre todo, será preciso dejarse inspirar y atraer por el Padre que lo ama. La prueba mayor de ese amor es la presencia de Cristo que ha aceptado morir en la Cruz y mantiene, ahora, la marcha del regreso, hasta el fin de los siglos.

No somos transportados sin esfuerzo nuestro en una especie de terapia intensiva móvil. A pesar de nuestras debilidades y llagas, de la hediondez de nuestros harapos, debemos hacer el camino y ofrecer nuestras energías, lo que quede de ellas, como signo de nuestra respuesta de amor. Es preciso que así sea, de otra manera Dios no podrá recomponer nuestra libertad y recuperarnos como hijos suyos.

El camino de regreso comprende nuestra historia, personal y colectiva. La fragilidad de nuestros propósitos es tan grande que, a poco de andar, volvemos a perder de vista la casa paterna y a no prestar nuestra principal atención a Quien hace posible nuestro movimiento de regreso. Nos trabamos de nuevo, protagonizamos un proceso involutivo que configura una recaída en el pecado del abandono del Padre y de la casa.

Jesucristo, por el misterio de su Iglesia, se constituye en llamado de alerta, en el Camino abierto por la acción de su mismo andar; en la Verdad que otorga seguridad de orientación y en la Vida que anima cada etapa del regreso, haciéndolo continuamente posible. La acción evangelizadora expresa ese grito de alerta de Jesús; indica el camino, define el término y posibilita el encuentro final.

La humildad de reconocer que nuestro camino histórico es un “camino de regreso” coincide con el logro de un estado de sensatez, absolutamente necesario, por la sabiduría y la santidad, para emprender exitosamente todo andar hacia el Padre.