CONTEMPLAR A JESÚS ES HALLAR EL CAMINO DEL REGRESO

Contemplar a Jesús, movidos por el Espíritu Santo, es hallar ese “camino de regreso”. Él nos empuja a caminarlo al llamarnos a la conversión.

Jesús, que nos revela a un Padre Bueno, lejos de malcriarnos, se constituye en sendero trazado de antemano. Él es el Camino abierto a sus hermanos, los hombres todos. Su Encarnación, decíamos, es acceso, verdadero encuentro. Para internarnos en él necesitamos conocer su trazado y avanzar en su apasionante exploración.

La contemplación es progreso en su conocimiento amoroso. Conocer es amar y la contemplación es puro amor. Recordábamos a Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein). Con su profesión de fe católica comprendió la superioridad de la contemplación sobre la actividad puramente intelectual. Quiso abandonarlo todo por “lo único necesario”, convertido en “la mejor parte”, que es Jesús. Hallé una frase suya muy clara al respecto: “No acepten como verdad nada que carezca de amor. Y no acepten como amor nada que carezca de verdad. El uno sin la otra se convierte en una mentira destructora”.

Los Apóstoles debieron introducirse en la contemplación de su Maestro durante una exigente convivencia. Aprendieron de Él y así pudieron comunicar lo que aprendieron. Las Cartas apostólicas trasuntan esa ciencia. San Pablo logra expresiones de una exactitud admirable: “Mientras los judíos piden milagros y los griegos van en busca de sabiduría, nosotros, en cambio, predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos, pero fuerza y sabiduría de Dios para los que han sido llamados, tanto judíos como griegos”.

Ser sus testigos consiste en haberlo conocido. En el transcurso de la historia ese conocimiento y su consecuente testimonio ocuparán otra dimensión. Me refiero a la fe postpascual. Hoy toda la Iglesia, en íntima comunión desde “el fundamento de los apóstoles y profetas”, habiendo pasado por la contemplación y conocimiento de Cristo, es la evangelizadora del mundo.

El “camino de regreso”, ambicionado por los hombres honestos de todos los tiempos, se inicia y logra en la contemplación del misterio de Cristo. Mientras no tengan éstos la oportunidad de recibir su “noticia buena”, sus mejores esfuerzos serán aproximaciones a la Verdad, no “acceso directo” a la misma. En la primera reflexión abrimos un abanico de esenciales condiciones. Son pocas y simples, no fáciles. El Evangelio, y la misma Iglesia de Cristo, están muy lejos de facilitar las cosas. La cruz, que incluye la conversión y la penitencia, es el ángulo estrecho que se debe transitar para elregreso.

Se ha producido una simplificación nefasta en nuestras formas de evaluar el bien y el mal, el error y la verdad, lo que conviene y lo que no. Anteponemos, sin consideración alguna, el gusto sensible a la solidez de lo verdadero. Hacemos lo que nos gusta y excluimos lo que requiere alguna forma de sufrimiento e inmolación. Así ocurre en todos los estados de nuestra existencia.

Nos desalentamos al no lograr la compensación afectiva que esperamos: de nuestros trabajos, de nuestras relaciones con los demás… de nuestra oración. Esto significa que aún no hemos abandonado nuestra propia superficie. Nos empeñamos en cultivar un culto ilegítimo, dirigido al principal de nuestros ídolos: nosotros mismos. Lo comprobamos cuando insistimos obsesivamente en hablar en primera persona, singular o plural; al rey YO o a nuestro grupo ideológico y familiar. Es decir, nuestro amor, para entendernos es preciso llamarlo de esa manera, está contaminado del virus que lo destruye: el egoísmo. La búsqueda compulsiva de compensaciones, hasta espirituales, se opone al amor verdadero.

1 Corintios 1, 22-23