SAN JUAN, EL EVANGELISTA JOVEN, EL AMIGO INTUITIVO Y CONTEMPLATIVO

Abro el Evangelio según San Juan y me siento perplejo al no saber por donde empezar. El Apóstol no quiere más que mostrarnos a Jesús: “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad”. Es preciso que veamos en la fe lo que el Apóstol ha visto. Su testimonio  llega a convencernos del Verbo que nos ofrece. Es preciso que lo recibamos con nuestro ser necesitado de su contacto salvador.

En Cristo hallamos la única forma, la suya, de ver al Padre, obedecerlo y revelarlo a los demás. Lo uno procede espontáneamente de lo otro: obedecerlo es conformarse existencialmente con el proyecto del Padre. Su comportamiento espontáneo ofrecerá a los demás una clara manifestación de la voluntad del Padre.

Leer el Evangelio de San Juan, escuchándolo con todo el ser, no necesita interpretaciones; basta no leer lo que pretendemos entender sino lo que el evangelista entendió. La Iglesia nos asegura, inspirada y asistida por el Espíritu, la total coherencia entre la inspiración divina y la palabra del escritor sagrado. Juan posee un carisma propio: ha captado el Amor que se revela por la Encarnación y se dedica a contemplarlo y a formularlo como profeta.

La personalidad de Juan muestra características convenientes para la misión que lo distingue entre sus hermanos Apóstoles. Es joven, idealista, entusiasta hasta apostarlo todo por su Señor a quien ama; no se empeñaría de la misma manera por una empresa o por una idea. Se mueve rápidamente en el ambiente hostil del Sanedrín y del Calvario. No huye ante el peligro, permanece con María y las valerosas mujeres. Recibe una suave y preciosa herencia, en nombre de todos, particularmente de los creyentes. Me refiero a María Madre.

Aunque parece disponer de un ánimo aguerrido, ya que con Santiago es llamado “hijo del trueno”, la fuerza para permanecer junto a la Cruz procede del amor excepcional que profesa a su Maestro. Este admirable ejemplo de discípulo será asumido como lección por todos los santos, particularmente por los mártires. El Amor de Dios y a Dios hace fuertes a los débiles, grandes a los pequeños, victoriosos a quienes padecen una ignominiosa derrota humana, como es la muerte inexplicable por ajusticiamiento. Juan es el hombre fuerte porque ama a su Señor, sin reservas.

Desde su perspectiva existencial debemos leer lo que escribió. Es el amor al Verbo encarnado. Escribe lo que contempla, describe lo que ve desde y en el recinto íntimo de su encuentro con el Padre. Al hablar de ese “recinto” me refiero a Cristo. Allí es donde se conmueve escuchando a su Maestro pronunciar continuamente el Nombre santísimo del Padre. Basta leer, con cuidado, cada capítulo, casi cada palabra.

El vigor de su amor a Cristo, y en Él al Padre, es conocimiento del Misterio divino y se traduce en textos inspirados que orillan lo angélico. Es el Apóstol teólogo, que vive lo que descubre y piensa en relación continua con el “logos” de Dios, asimilándolo o dejándose asimilar por Él. El amor como consecuencia feliz de ese encuentro lo domina todo en Juan, lo apasiona hasta repetir incansablemente, como estribillo, el testamento final del Señor: “Hijitos míos, ámense mutuamente.

Para Juan el amor a Dios y a los hermanos es la clave de todo conocimiento verdadero.

Juan 1, 14