IMAGINEMOS A JESÚS EN RELACIÓN CON SU PADRE.

Debemos trasladarnos a su adolescencia. Su comportamiento es sorpresivo e inexplicable. Por lo visto, en aquel momento su conciencia de hombre está suficientemente desarrollada: es el Hijo de Dios y “debe ocuparse de las cosas de su Padre”. En su vida adulta, ya misionero, es mucho más notable su adhesión al Padre. Constituye su profunda y substancial devoción.

Aunque lo reflexionaremos a continuación, la oración constante, restada al sueño y al descanso, a la actividad santa de predicador y taumaturgo, indica su extraordinario fervor filial. Su testimonio no deja lugar a dudas: el Padre es lo más importante de su vida, lo demás lo es por causa del Padre. El hombre es beneficiado por su acción redentora porque el Padre, lo más importante, se lo ha mandado.

Somos objeto de su amor inmolado en obsequio a su Padre que, por su mediación, nos hace sus hijos. Para ello se encarna realmente y se convierte en Hermano nuestro, para que seamos, como Él lo es, hijos amados y predilectos de su propio Padre. Su naturaleza humana es terreno propicio para adoptar un comportamiento adecuado. Su conducta de Hijo orienta decididamente la de todo aquel que quiera asumir su nueva condición filial.

Sus mandamientos son normas dimanadas de su comportamiento ejemplar. Particularmente el del amor: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros”. Sin duda el amor, referido al Padre y a los hombres, nos incorpora a la familia. Jesús, el Hijo de Dios que se hace Hijo del hombre,  precede y preside “una multitud de hermanos”. Su perfecta caridad merece nuestra inmerecida participación en esas relaciones familiares inefables.

Pero volvamos a imaginar, alentados por los simples acontecimientos de su vida, las relaciones con su Padre. El amor, que ha captado tan bien el discípulo amado, alienta un trato continuo con el Padre que se constituye en inspiración para las relaciones que debe entablar con otras personas: amigos y enemigos. El equilibrio, la serenidad, el rápido discernimiento en circunstancias muy complejas, indican que su relación con el Padre, en la oración y en la obediencia, lo predeterminan para una manera de obrar coherente con su asombrosa identidad.

Traduce en comportamientos humanos su condición filial. Ello nos ofrece normas que corresponden, con total fidelidad, a la identidad filial que hemos recibido en el Sacramento del Bautismo. Es verdad, como manifiesta San Pablo, que “muertos al pecado por su muerte, vivimos para Dios por su Resurrección”. Somos uno con Cristo pero no acabamos de concretar esa unidad con Él hasta que no adoptemos, en nuestra práctica diaria, su continua y amorosa relación con el Padre.

Su atención al Padre, sostenida pacientemente, le ofrece la oportunidad de un “estado de alerta” para la captación de los mínimos movimientos de la voluntad divina. Es su dedicación principal, su verdadera comida y bebida: “Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen”…”Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra”.

Por cumplir la voluntad de su Padre desafía todas las incomprensiones y persecuciones. No lo entenderán. Lo considerarán blasfemo y rebelde a las leyes. Para Él, siempre y en todo lugar, incluirá jugar su destino terreno, hasta su vida, por el cumplimiento exacto de la voluntad de su Padre.

Juan 13, 34

San Pablo

Juan 4, 32. 34