LA ORACIÓN DE JESÚS Y EL RITMO DE SU CRECIMIENTO

En Jesús se produce un desarrollo humano, sin los desniveles del pecado; también su adhesión al Padre crece y se nutre sin interrupción. Ocurre al ritmo de consentimientos constantes, algunos muy dolorosos. También por la oración.

Nos hemos pasado la vida discutiendo, hijos de cierto nominalismo contemporáneo, si Jesús necesitaba orar o no. Como si nos preguntáramos si tenía necesidad de alimentarse y de dormir. Verdadero hombre, menos  en lo que hace extraño a sí mismo al hombre: el pecado. Sin duda el pecado es el elemento generador de todo lo antihumano. Jesús necesita orar. Allí crece en su conciencia humana de Hijo. En su mente y lenguaje toma expresión humanamente inteligible el conocimiento de su Padre. De la oración parte para comunicar la Buena Nueva de ese necesario conocimiento.

Como hombre lo adquiere de su Misterio de Hijo de Dios, y consiente voluntariamente que se geste en su naturaleza humana, tanto para Él como para sus hermanos los hombres. Aunque la relación con Dios interesa toda la vida, no deja de requerir tiempos fuertes, transcurridos en la soledad y en el silencio. Se produce una interacción que vincula necesariamente el arte de la oración con todo el acontecimiento de la vida temporal. La oración como práctica es ambientadora o aclimatadora  de todas las actividades que colman nuestro quehacer cotidiano.

Sin ella desaparece nuestra pantalla de protección y nos arriesgamos a ser vulnerados por el nutrido ataque del enemigo. Sin ella perdemos la orientación al Padre y el gusto por sus cosas o la preferencia por las mismas. De esta manera queda excluida de nuestra vida o considerada como una formalidad sin importancia. No hay tiempo para ella. Fácilmente acudimos a la excusa de que las graves tareas propias no nos permiten pensar en su utilidad y menos en su urgencia.

Jesús la prefiere al descanso, a la comida y a la misma actividad misionera. Se aleja solo, se interna en el monte y permanece en la oración sin dejarse importunar por las urgencias de los hombres. Está con Dios, su Padre. Atraviesa la opacidad densa y desalentadora de una condición humana imperfecta e incapaz de lograr ya la perfecta relación con el Padre que tiene como Verbo. Así lo vemos gemir, suplicar misericordia, expresar su absoluto desamparo afectivo y espiritual.

Pero no abandona la oración. Constituye la preparación para la Cruz donde el amor llegará a su perfección humana y será absolutamente eficaz ante el Padre y, por lo mismo, redentor de todos los hombres. Aunque no tenemos demasiados indicios del estilo y método de su prolongada oración, a no ser en circunstancias excepcionales como Getsemaní, su predicación, incisiva y eficaz,  revela su asiduidad y constancia.

La convicción, la seguridad y la sabiduría de sus intervenciones no provienen sino de un trato familiar y permanente con su Padre. Se produce un estado de plenitud en su vida cotidiana que no es aún la celestial pero indica el grado máximo que se puede lograr “in fieri” o en pleno desarrollo. Como Hijo de Dios no puede abandonar la perfección divina de sus relaciones con su Padre, en el Espíritu, pero, como hombre en carne mortal su relación con el Padre es una búsqueda de perfección.

Necesitamos aprender de Él. Se presta adecuadamente a nuestra humana imitación o seguimiento discipular. Por ello podemos aprender de Él.