LA ORACIÓN DE JESÚS II

La oración de Jesús no consiste principalmente en devociones o prácticas piadosas. Es una verdadera relación con su Padre ya que “pasaba las noches y días en oración con Dios”. Su oración, como lo recordábamos antes, estimula su conocimiento del Padre, porque alienta su amor, lo hace consciente. La fidelidad es, en realidad, la que causa ese admirable desarrollo. La Cruz es culminación del mismo. La oración evita vacilaciones en la fidelidad. En Getsemaní, el Cristo orante experimenta la animación y la fortaleza que provienen de su Padre para aceptar la Cruz.

¿Entendemos esta elemental lección del Maestro Divino? Su conducción consiste en una orientación práctica que destraba obstáculos que frenan el encuentro personal con el Padre. Ante las dificultades, que vuelven nuestras plegarias tediosas e insulsas, Cristo se ofrece como orante no eximido de las mismas. La oración no es el logro de satisfacciones sensibles, quizás muy espirituales, sino un prolongado o breve acto de amor al Padre. No importa si está enfermo, cansado, hambriento, perseguido y calumniado. Importa su Padre que lo ama hasta hacerlo partícipe de la pureza de su amor. Estar en contemplación significa una configuración de tal exactitud con Jesús que permita una relación tierna con su Padre.

Su actitud orante es tan ejemplar que arranca, de sus discípulos, una súplica: “¡enséñanos a orar!”.La oración que formula para ellos está dirigida al Padre y reúne las intenciones más importantes: el advenimiento del Reino y el cumplimiento de su voluntad, el pan y el perdón. Recordemos que sus seguidores, en su mayoría, son bastante rudos. Saben de la oración lo que algunos autotitulados “católicos” que asisten, en ciertas circunstancias, a un Bautismo, a una boda o a las populares exequias. La presencia de Jesús despierta el interés espiritual más profundo. Lo refiere todo al Padre y lo presenta a sus ocasionales oyentes como Quien es: Dios, que es Padre misericordioso.

Su actitud, tan vital, desmantela el aparato formal y otorga vida a lo que aparece seco y estéril. Su pensamiento está puesto en el Padre. Su único interés es el Padre y lo que a éste interesa. Sin duda es la salvación de los hombres. Tan superior es ese interés que, en su plan, está misteriosamente incluida la inmolación de su Hijo inocente. No se entiende y difícilmente se llegará a entender.

Si nos atreviéramos a imaginar algo de aquellos encuentros de Jesús con su Padre Dios llegaríamos a la conclusión de que el verdadero amor no se atiene a normas ni se somete a prefijos absolutos. El Amor del Padre y del Hijo diseña el plan de salvación adecuado al hombre. Es preciso que el hombre reciba la Noticia Buena y segura de que Dios es el Padre que lo ama. No hay discursos que lo expresen. Una existencia humana gozará de la capacidad requerida para manifestarlo sin dejar lugar a dudas y a discusión.

Es la de Cristo, el Verbo hecho Hombre en el seno virginal de María. Experimenta en su carne el Amor de su Padre y aprende a amarlo como hombre y, de esta manera, a revelar lo que ve y conoce. Por esa causa se constituye en Maestro único que enseña a sus hermanos a amar al Padre como Él lo ama. Es su innegable misión.

Quizás sea el momento de acompañarlo, desde lejos, el establecido por nuestros límites, y de mirar con suma atención su recogimiento, particularmente su silencio envolvente, como una atmósfera creada por el Espíritu. Podemos imitarlo, con tal que nos sometamos al Espíritu que lo conduce y alienta.

Procuremos escapar al monte, no importa cual sea su nombre. Busquémoslo y, con Él, entremos en la intimidad del Padre que nos ama.