Al servicio de la Comunión

La vida oculta, silenciosa y fecunda en santidad de María Crescencia la capacita para desempeñar, al servicio de los demás, una misteriosa misión: el logro de la unidad. No necesita ejercer la autoridad para convertirse en “autora de unidad” en una sociedad, la suya, flanqueada por la dispersión. El santo transparenta al verdadero y único Autor de la unidad, adoptando la inmolación de sí, como la manera de reunir a los más distantes. San Pedro dice, refiriéndose al poder de la gracia reconciliadora de Jesucristo: “ustedes, que antes no eran un pueblo, ahora son el Pueblo de Dios…” (1 Pedro 2, 10) Es probable que Crescencia no haya reflexionado las cosas así. Los santos no necesitan hablar demasiado, sus vidas ofrecen acceso al auténtico Maestro. Las palabras, los gestos y las actitudes de vida de los santos contienen un acerbo teológico que inspira la reflexión, ajustada al rigor académico propio, de los grandes teólogos.

La unidad ha sido un anhelo profundo del corazón de la Sierva de Dios. No es el cumplimiento del proyecto político de un estadista, que se empeña en conducir a la unidad la diversidad social, devenida en división por causa del pecado. La humilde religiosa transparenta, en sus relaciones con la sociedad, la fuerza del Espíritu que hace de la unidad una construcción indestructible. Cristo, que se muestra en ella y otorga el divino Espíritu a quienes creen, la constituye en su legítima mediación. Lo logra en la práctica heroica de la caridad entre quienes la tratan a diario: miembros de su comunidad religiosa, alumnas, enfermos y ancianos, profesionales de la salud y todos aquellos que gozan del privilegio de relacionarse directa o indirectamente con ella. El amor a Dios, con el que responde al amor de Dios, no llega a concretarse sin un compromiso efectivo por el bien de las personas y de la comunidad. Se la ve solícita y silenciosa, prefiriendo, como lo hace Jesús y su Iglesia, a los enfermos y marginados, a quienes la sociedad parece excluir de sus proyectos progresistas. No se vale de arrumacos impropios con el poder de turno sino de la vivencia de la fe y de la santidad.

Su presencia joven, siempre activa aunque no lo parezca, irradia la gracia de su Señor y Maestro, identificándose con Él y eligiendo el camino de la cruz por Él trazado. Su ser, corazón y pensamiento, sumergido en el Misterio redentor, no tolera ocultamientos. La Verdad que transmite será combatida pero no amordazada. Así ocurre con todos los santos, aunque se encuentren sin poder y asediados por violentas persecuciones. Finalmente la luz vence a las tinieblas y el amor al odio y a la violencia. María Crescencia desarrolla su influencia pacificadora porque es testigo, por su santidad, del Príncipe y Artífice de la Paz. La sociedad, incluso la religiosa, sufre la fragmentación causada por el pecado. La vigencia del mal produce muchos sufrimientos y es responsable de innumerables injusticias. Crescencia está allí, sin apariencia social notable, empeñada en amar a Dios y en hacerlo amar por los más alejados de su amor. Lo logra para quienes mantienen el resto de honestidad que los predispone a reconocer la Verdad donde se halle. No es humanamente posible descubrir todas las razones que explican su elección constante de vida. Se requiere auscultar en su corazón humilde la presencia del Espíritu que la anima. Es la gracia que ha recibido cuando fue bautizada. En la Venerable Sierva de Dios los sacramentos de la Iglesia no constituyen meras y tradicionales celebraciones. Se comprueba la fuerza comprometedora de los mismos en al construcción del Reino de Dios, desde su dimensión temporal. Su vida es ya una misión cumplida. La Iglesia reconocerá su gravitación histórica y la expondrá ante el mundo como modelo e intercesora. Los santos experimentan los límites a que están sometidos en el transcurso de sus singulares historias. Ya en la perfección del Reino Celestial su misión continúa, como lo entendía acertadamente Santa Teresita del Niño Jesús. También María Crescencia lo puede hacer ahora, desde su eternidad con Dios.

La garantía de legitimidad de su carisma y misión proviene de los múltiples testimonios de quienes la conocieron: “Su amor a Dios se reflejaba en el amor al prójimo, siempre; la alegría que proyectaba era un modo de querer a su prójimo; el servicio a los enfermos y las diferentes funciones que cumplía a favor de ellos eran la manera habitual de mostrar su amor heroico por el prójimo. Yo creo que puede hablarse de heroico desde el momento que ella daba más de lo que podía; trabajaba más de lo que sus fuerzas le permitían y esto lo hacía con alegría, siempre dispuesta a todo, arriesgando el cuidado de su salud; a ella le preocupaba más que su salud hacer la voluntad de Dios; cuando yo declaré que dejó de trabajar cuando ya no dio más, estoy indicando hasta que punto entregó su vida por servir a sus hermanos”. (“Positio” Delfina Ortiz Monardes.- nº 82. pág. 96) La elevación al honor de los Altares, por parte de la Iglesia, asegurará que la personal misión de la Venerable María Crescencia obtenga un estado de plenitud que hoy se hace sentir entre quienes la invocan.