Heroicidad de la Castidad

La práctica de la castidad fue para la Venerable María Crescencia el testimonio de que: “en Cristo es posible amar a Dios con todo el corazón, poniéndolo por encima de todo otro amor, y amar así con la libertad de Dios, a cada criatura”. (Vita consecrata nº 88) Así lo presenta la “Positio” cuando intenta recopilar los testimonios referidos a la práctica heroica de la castidad de la Sierva de Dios. La castidad sobrepasa la simple virginidad. Se manifiesta como una auténtica purificación del amor. El pecado ha inficionado de egoísmo el amor, que constituye la vida, vocación y perfección del hombre. Hecho a imagen y semejanza de Dios el hombre es definible por lo que define a Dios. El Apóstol Juan llega a una fórmula muy simple: “porque Dios es amor”. El pecado es el anti amor; es el incumplimiento de la vocación que distingue al hombre de toda criatura irracional y lo asemeja a Dios. Al constituir la negación de su identidad el pecado provoca en el hombre la muerte. Aunque se empeñe, con todas sus energías, en recuperar la vida perdida, no lo logrará; necesitará que su Creador, en un acto de amor humanamente inexplicable, lo redima. Cristo es el Dios Redentor, que perdona el pecado y vence a la muerte. El amor, purificado de todo egoísmo, es la Vida que irrumpe en una naturaleza humana dañada “por quien la traicionó”. La castidad es el amor que progresa hacia la plena purificación del corazón.

El perdón, como gracia o “poder de Dios” que redime, capacita al hombre para el amor casto. María Magdalena arrepentida recobra la castidad perdida. No es la única “pecadora arrepentida”, todos de una manera u otra lo somos. La conversión es un acto de amor, suscitado por otro acto de amor, infinitamente superior, que en el perdón de Dios se hace conmovedora réplica. Jesús, dirigiéndose a su contestatario anfitrión, y señalando a la Magdalena postrada a sus pies, afirma: “Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor” (Lucas 7, 47) Crescencia no es la Magdalena, pero la asiste el mismo amor que a la desolada pecadora, aunque no incluya la culpa de “numerosos pecados”. La respuesta de Dios al convertido es la purificación del amor humano. Cristo, “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, vino para remover de nuestra vida el obstáculo al amor sin egoísmos. La virginidad consagrada de María Crescencia es la expresión humana más perfecta de un amor sin egoísmos. Sus formas expresivas se manifiestan ante la mirada sorprendida de sus testigos: “Desde la libertad que le daba el ser toda de Dios, la Hna. Ma. Crescencia, se dedicó a amar a todos con el mismo amor con que se sintió amada”. (“Positio” nº 151)

El amor casto, o purificado de todo egoísmo, equilibra notablemente a la persona. Más aún – del todo comprobado en los santos – el equilibrio que produce la castidad, como “amor purificado del egoísmo”, contribuye necesariamente a la construcción de una comunidad auténtica, cualquiera sea la forma social que le corresponda. Todo amor – vocación esencial de la persona – debe ser casto para ser verdadero. No es exacto reducir exclusivamente la castidad a la virginidad consagrada, o a la renuncia al matrimonio; existe un reclamo necesario de castidad también en el amor conyugal, en el amor paterno y materno, en el amor filial y en la amistad. La castidad es la ausencia de egoísmosen las diversas relaciones interpersonales. Sólo Dios es perfectamente casto; en su “ser Amor” no existe el mínimo atisbo de egoísmo. Jesús nos lo presenta como modelo a imitar: “sean perfecto como es perfecto el Padre que está en el cielo”. (Mateo 5, 48) En referencia al equilibrio causado por la castidad dice la “Positio”, refiriendo un texto del hermano menor de la Hna. Crescencia: “El ejercicio constante de la virtud de la castidad fue para la Sierva de Dios una experiencia de alegría y de libertad que se transparentaba en todo su estilo de vida. Es así como lo expresa Mons. Pérez: “Siempre se habló de la limpidez de su mirada, de su sonrisa amable, de la dulzura de su corazón, todo lo cual habla de una diafanidad de alma, de una pureza de corazón y de cuerpo que se manifestó en su mirada y en las distintas expresiones de su personalidad”. (Nº 151)

Para llegar a ese grado de pureza interior se requiere “amar a Dios sobre todas las cosas”; un amor que personaliza haciendo del hombre “semejanza de la Trinidad”. María Crescencia vive sumergida en el amor a Jesucristo mediante la continua meditación, la fervorosa plegaria y la constante mortificación de los sentidos. Así la contemplan los habituales testigos de su vida. Nuevamente Mons. Pérezal ser interrogado sobre la práctica heroica de la castidad por parte de la Sierva de Dios, afirma: “Creo que sí, pues desde que se entregó a la vida religiosa hasta el final de sus días todo fue un creciente acto de amor y de fidelidad al Señor expresados, entre otras cosas, a partir de esta virtud. Se negó a sí misma para entregarse al Señor por amor a Él y a sus hermanos”. (“Positio” Nº 155) Este ángulo evangélico, desde el que contemplamos el valor de la castidad, disipa toda confusión y recupera la verdadera naturaleza del amor. Para ello nuestro mundo necesita la presencia de santos que, como María Crescencia, muestren la conmovedora belleza de corazones purificados de todo egoísmo.

La gracia, que Crescencia recibe del Corazón herido de Cristo, fortalece su voluntad naturalmente débil. De esa manera la predispone a la renuncia – no al amor sino al egoísmo – respondiendo a Quien es el “Amor que la ama”. En consecuencia, únicamente el amor a Dios, en la persona de Cristo, hace posible la castidad como recuperación del amor verdadero. María Crescencia ejerce un magisterio fraterno para los hombres y mujeres que la observan. Enseña a todos – sacerdotes, consagrados y laicos; jóvenes y ancianos – a cumplir todas las vocaciones, en la más universal, la del amor. Para concluir parece muy oportuno citar la declaración de su hermano menor, ya que logra conjugar los diversos aspectos contemplados en esta reflexión: “Existió siempre en su vida un sobrenatural pudor y vigilancia de los sentidos que ejercía con absoluta normalidad, con una actitud de persona madura que la eximían por lo tanto de manifestaciones raras en el cumplimiento de esta virtud. La fidelidad a Dios en este camino fue ciertamente fruto de su profunda oración, de su amor a Dios y al prójimo, que la liberaron de toda forma de egoísmo”… “fue muy exigente consigo misma, así como comprensiva y misericordiosa con los demás”. (“Positio” Nº 150 Mons. José M. Pérez)