Heroicidad de la Obediencia

Le es muy claro a Crescencia el pensamiento de su santo Fundador. Siempre acude a sus sabias enseñanzas procurando ajustar a ellas toda su vida. Hablando a las novicias, San Antonio María Gianelli afirmaba: “Hacerse santo comporta muchas, muchísimas cosas, pero los buenos religiosos, cuando llegan a tener una, lo tienen todo…, pero aquella la deben poseer bien… Es como el madero principal que sostiene el techo de una casa. Esa gran cosa, importantísima, sumamente necesaria y sin la cual para las personas religiosas todo se esfuma y se desvanece, es la obediencia”. (Carta nº 199) ¡Qué difícil es la obediencia sin el fundamento evangélico que la convalida! En la tradicional fe de la Iglesia se exalta la misión de los padres y superiores. Cuando se los obedece, se obedece a Dios. Crescencia, por el testimonio de quienes la conocieron, hace propio este contenido de la fe desde su primera infancia. El P. Carlos A. Pérez lo expresa de esta manera: “Sin la menor duda; demostró un amor reverencial a sus padres, a sus superiores, a toda autoridad eclesiástica; esta virtud fue característica evidente de su vida humana y religiosa”. (“Positio” nº 141; pag. 135)

Toda referencia a la obediencia es considerada extemporánea – por nuestra convulsionada sociedad – y entendida como postura primitiva e ingenua. También ocurre en el interior de ciertas comunidades religiosas. Quienes tienen el grave servicio de gobernar se transforman en frágiles “coordinadores” y funcionales al común sentir y decidir de algunos miembros de la comunidad. No se los considera como imagen y representación de la autoridad de Dios. Es verdad que el ejercicio de la autoridad y de la obediencia ha experimentado una rica evolución. Ha quedado claro, desde una perspectiva más evangélica, que todos – los gobernantes y los gobernados – deben obedecer a Dios. Unos “gobernando” como Dios manda y, el resto, ofreciendo la propia opinión y práctica como necesarias contribuciones al discernimiento que deba formular la autoridad legítima. El resultado, logrado no sin laborioso esfuerzo, desde la misión que corresponde a cada uno, debe ser religiosamente acatado por todos. Aquella forma de considerar la obediencia posee una sustancia de verdad que no debe ser reemplazada. Jesús habla de manera constante de la urgencia de “hacer la voluntad del Padre”. Jesús es el modelo excelente del “obediente” a la voluntad del Padre. No discute con su Padre, ni condiciona la obediencia a su humana comprensión del contenido del mandato que recibe. Ciertamente la voluntad de Dios se vale de mediaciones cercanas, humanamente accesibles. La más importante es Jesús mismo, transparencia de Padre: “El que me mira ve al Padre” y, por lo mismo, “escucha al Padre”. Quienes gobiernan legítimamente son mediaciones, imperfectas pero innegables; necesitadas, ellas también, de conversión continua a la voluntad de Dios.

Crescencia comprende, gracias al sentido sobrenatural que la asiste, la legitimidad de sus superioras como “mediaciones” y reconoce en sus decisiones la voluntad de Dios. Su actitud habitual es simple y confiada, como la de María el día de la Anunciación. Su comportamiento responde a la opción inicial de ser toda de Jesús mediante la profesión de los Consejos Evangélicos. Sabe que obedeciendo a sus superioras obedece a Dios, pero, también sabe distinguir la “mediación” de Quién la ha elegido para manifestar su voluntad: “En todo momento ella obedeció de corazón, todo lo que se le pidió; el estar en Chile y no poder volver a su Patria la hizo sufrir, sin embargo murió diciendo: Ya que es voluntad de Dios que muera en Chile, con gusto entrego a Dios mi vida por la paz de este país. Toda orden que recibía la cumplía con rapidez y alegría, descubriendo en la obediencia un camino fundamental para su santidad”. (Doña Delfina.- “Positio” nº 142; pag. 136) Para llegar a esa profundidad en la práctica de la obediencia necesita enamorarse de Aquel a quien obedece. Siempre es el amor el animador de su vida sumisa a Cristo, y en Él al Padre Dios. La formidable envergadura de la fe ilumina su camino, entenebrecido por la enfermedad y la cercanía predecible de la muerte.

Su obediencia, a Dios y a sus mediaciones humanas, se constituye en una constante y heroica relación de amor. Sus testigos lo advierten en sus reacciones y gestos, en sus silencios y ocasionales rectificaciones. No le es fácil obedecer. Su bien ejercitada conformidad con las órdenes de sus superioras procede de la convicción de que en ellas Dios expresa su voluntad. La humildad y pobreza heroicas aclimatan la vida de Crescencia y le prestan el oxigeno necesario para el ejercicio de la obediencia. Jesús es “obediente hasta la muerte y muerte de cruz” porque es pobre y humilde de corazón. Para “hacer la voluntad del Padre” es preciso aprender del Señor a ser “manso y humilde”. Crescencia posee esa ciencia de los santos y respeta absolutamente sus leyes. Los testigos de su vida coinciden en idénticas apreciaciones. Amplía el concepto de “mediaciones” y considera a la comunidad – a las hermanas más simples de la misma – como una especial mediación por la que Dios también le manifiesta su voluntad. Es oportuno el testimonio que transcribo: “Tenía un profundísimo amor por las religiosas de su Congregación, un sentido grande de obediencia y fraternidad con todas las Hermanas. Se la recuerda esencialmente servicial con todas. Cuando ella llegaba a una reunión, era motivo de alegría”. (P. Carlos A. Pérez.- “Positio” nº 144; pag. 137)

No obedece a regañadientes sino con un gozo espontáneo, signo de la disponibilidad de su voluntad ante las disposiciones de la autoridad. Como María, el día de la Anunciación, Crescencia no duda que la orden recibida viene de Dios. Ya no piensa en los inconvenientes que puedan sobrevenir. Estando convencida, como María entonces, que la decisión mediatizada es de Dios, la acata con serena alegría: “Soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho”. (Lucas 1, 38) Saber que es de Dios, por la fe, es el motivo de su expresivo gozo: “La obediencia a la Superiora era algo normal en su vida; obedecía no por fuerza sino con alegría…” (“Positio” nº 143) No se cansa de aprender que la obediencia es una verdadera respuesta de amor a Jesús, su Dios bien amado. De allí su alegría ante las órdenes menos comprensibles o formas mediáticas poco consideradas. Es Dios a quien obedece, no a las imperfectas mediaciones humanas, aunque legítimas.