Heroicidad de la Pobreza

Virtud indisolublemente unida a la humildad. Jesús es el verdadero pobre porque es “manso y humilde de corazón”. Esta identificación personal del Señor no se aprende en los libros sino en el amor que se le profese. Crescencia ama a Jesús, con todo su ser, y deja que le infunda sus virtudes. La inicial es la pobreza. La historia de la santidad en la Iglesia Católica exhibe un ejemplo, convertido en clásico: San Francisco de Asís. El joven Bernardone se sintió atraído por Jesús en su principal rasgo identificatorio: la pobreza. No se contentó con admirarlo, quiso seguirlo tan estrechamente que se identificó a Él, hasta no dejar nada de sí fuera de Él, “pobre y humilde”. Todos los santos, de alguna manera y en base a ese rasgo esencial, se proponen ser de Cristo, privilegiando alguno de sus rasgos. La pobreza es una de las exigencias del seguimiento de Cristo, como también lo es la obediencia y la castidad. Si el seguimiento lo reclama todo, en forma de llamamiento o vocación especial, los consagrados deben vivir esos rasgos en la radicalidad con que los vivió Jesús. No existen proyectos, para ese estilo de vida, sin una capacitación que sólo proviene de la acción “artesanal” del Espíritu.

Como lo hemos comprobado en las anteriores reflexiones, la Hna. María Crescencia fundó su vida virtuosa en Jesucristo. La intimidad con Él constituye la fragua en la que se acrisola, de manera casi espontánea, su identidad de pobre. Para ser de Él, por la consagración o profesión religiosa, es preciso comenzar a ser pobre con Él. Así es como Dios quiere revelarse a los hombres en su Verbo encarnado. Cristo es el Hijo de Dios hecho Hombre y pobre. Es el sendero que Él elige para entrar en la historia humana y redimir al hombre extraviado por causa del pecado. No se introduce en el mundo amparado por el poder económico, político o científico. Rechaza esas opciones y las declara ineptas para el cumplimiento de su misión redentora. Su Verdad es la pobreza. Para que se produzca la salvación, todo debe ajustarse a la pobreza del Señor y todos necesitan adoptarla como inspiración de su comportamiento histórico. Así lo entiende María Crescencia y, como es su estilo, se deja conducir por Dios ajustando su simple y escondida vida a esa inspiración. Como lo hemos hecho hasta ahora, debemos prestar especial atención a los testigos inmediatos de su vida. “No poseía ningún recuerdo, ninguna fotografía de sus padres. Nada, nada. Sólo lo necesario”. “Fue muy sobria en el uso de las cosas, le bastaba lo necesario, no andaba detrás de cosas inútiles, todo era sencillo en su vida”. (“Positio” pag 129)

Lo que se ve en ella es un florecimiento de lo que ella es por dentro. La pobreza evangélica, la del corazón, necesita expresarse en la sencillez, en el despojo de lo superfluo, en el don generoso de todo lo suyo y de sí misma. Crescencia lo logra con la simplicidad de la verdad hecha vida. Así lo entienden sus testigos: “… vivía de los consuelos de la fe y no estaba aferrada a las cosas de la tierra; su voto de pobreza era fielmente cumplido por ella, hasta el punto de no ambicionar nada para ella ni apegarse a las criaturas; sólo en Dios tenía su confianza. Su pobreza de espíritu era la base de toda su virtud; estaba desprendida de todo, sabiendo, como dice Jesús, que estaba en el mundo pero no era del mundo”. (Delfina Ortiz Monardes.- “Positio” pag. 130) Por lo mismo goza de una libertad que sólo es otorgada a los pobres. Silenciosa y humilde se mueve sin cuidarse de contentar a quién fuera, con el único propósito de hacer la voluntad de Dios. Dios cubre nuestros méritos con su silencio inviolable. Los santos se esmeran en no publicitar lo que Dios realiza en ellos. La intemperie de la opinión pública malogra la obra exclusiva de Dios en la clausura sorprendente de la santidad. Crescencia lo guarda todo para Dios y, en la medida de su conocimiento, para ella sola. El pobre es todo pobre y, en consecuencia, nada de su ser queda fuera de la pobreza adoptada. El pobre es pobre: en sus pensamientos, en sus proyectos, en su lenguaje sencillo y en su estilo de vida. Aleja de su mente todo deseo de ser reconocido, ponderado y promovido. San Francisco de Sales ha dejado a sus dirigidos un principio angular para la vida espiritual: “Nada ambicionar y nada rehusar”.

En Crescencia la heroicidad comprobada de sus virtudes aparece como connatural a ella. No es así. Las virtudes son logros alcanzados dolorosamente; una verdadera conjunción de la gracia divina y del esfuerzo humano. Ella pone todo lo suyo, como el agua de las Bodas de Caná, y Dios pone lo suyo, el mejor vino o su obra exclusiva de santificación. Este misterioso intercambio es vivido con naturalidad por la humilde joven religiosa. Se la ve moverse con pasos diminutos, hasta pasar desapercibida, haciéndose cargo de las actividades menos apetecidas por el resto de la comunidad. Siempre voluntariosa, dispuesta a ocupar el último lugar y a sacrificarse por los más pobres y desatendidos. Todos los testimonios confirman el mismo comportamiento humilde: “Era muy trabajadora, se prestaba a cualquier actividad que de ella se requiriese y no tenía dificultad en estar en los trabajos más humildes: ayudaba en la cocina, trabajó en la farmacia también en la sacristía, en el planchado de la ropa de los enfermos y todo lo que hiciera falta”. (Doña Delfina.- “Positio” pag. 131) Aunque está siempre decidida a no poseer nada, sigue cuidadosamente las indicaciones de San Antonio M. Gianelli, su santo Fundador, y cultiva la pobreza de corazón en un empeño constante por olvidarse de sí misma y por despojarse del mínimo atisbo de preferencias personales.

 

Todas sus expresiones dejan sorprendidos a los más allegados. Su pobreza no es carencia de bienes, aunque la incluya inevitablemente, es dádiva de todo, de sí misma. Aprende de Jesús, el Dios hecho hombre y pobre. Es incapaz de construir una ideología para interpretar el Evangelio. Su infatigable actividad contemplativa la vuelve dócil al poder del Espíritu que la conforma a su Divino Maestro. No tiene otro interés que el Señor crucificado. En su imagen desfigurada por el martirio ve el rostro amoroso del Padre que la ama hasta ese impensado extremo. Crescencia es pobre “con” Jesús pobre, no “como” Jesús pobre. Su empeño no se reduce a imitar la pobreza de Jesús, quiere ser pobre con Jesús y ocupar con Él el último lugar, que no le será quitado. La ciencia de los santos se adquiere en la convivencia con Quien es modelo de las virtudes del Hombre Nuevo. Pero, estando con Él, dejándose llevar por el dinamismo de su paso que acaba en el Padre. Crescencia, como todos los santos, no proyecta ser pobre, se deja hacer pobre por el Espíritu de su Amado pobre.