Heroicidad de la Fortaleza

Saulo, un hombre preciado de su fortaleza natural, descubre, ya convertido en Pablo, en qué consiste la auténtica fortaleza. Crescencia, unida a Jesucristo crucificado, aprende de Él la fidelidad inquebrantable al Padre que incluye necesariamente la decisión de aceptar la Cruz: pero, para Crescencia es “su” cruz, cargada humildemente sobre sus frágiles hombros, en seguimiento de su Señor. Su firmeza inalterable es extraída de la Pasión de Cristo. La joven religiosa mantiene el principio aprendido de Él: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga”. (Juan 9, 23) El amor, que crece en ella, le infunde un ansia incontenible de participar de los sufrimientos del Señor crucificado. Su decisión de ofrecer la propia vida por los pecadores se inspira en la que adopta Jesús hasta el extremo de expirar en la Cruz. El secreto de la santidad está en el seguimiento de Cristo crucificado cargando la propia cruz. Es preciso subrayar la inseparabilidad entre la cruz, llevada pacientemente, y el seguimiento del Señor.

Crescencia lo aprende como naturalmente. El estudio continuo de la Vida de su Santo Fundador la alienta a caminar en familia – padre e hija – hacia la santidad, por el sendero estrecho de la cruz. La “Positio” lo declara de esta manera: “La Hna. María Crescencia fue heroicamente fuerte, no obstante su aparente fragilidad. Muchos quedaron admirados por la generosidad y la fuerza con que vivió circunstancias difíciles de su vida y por la asombrosa firmeza que manifestó en el cumplimiento de sus responsabilidades”. (“Positio” pag. 120) Sabe ocultar sus sufrimientos y disimular la inexorable evolución de su enfermedad mortal. Sobre todo con su madre y familiares. Desde su personal disposición a la pesada cruz prepara a los suyos con suma delicadeza: “Tengo que darles una noticia quizás desagradable para ustedes pero es un sacrificio que pide el buen Dios a ustedes y a mí por lo que tenemos que ser generosos y ofrecérselo con alegría en cuanto sea posible”. (Carta a su mamá: 5 de marzo de 1928) Ella misma debe prepararse en soledad, en una especie de reclusión afectiva que constituye su máxima penitencia. Asistida por muy pocas personas se interna en la intimidad con el Dios silencioso de Getsemaní y sorbe largamente el cáliz amargo. No se siente fuerte, es fuerte. Su debilidad sentida es el signo de su fortaleza, como lo expresó San Pablo: “Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”. (2 Corintios 12, 10)

Es conmovedor escuchar a sus testigos. Existe una prueba irrefutable de que su fortaleza no es producida por su natural resistencia a las pruebas y al sufrimiento. La espontaneidad de sus gestos, ante quienes presencian su drama, procede de un espíritu forjado en la contemplación del Misterio del Amor de Dios, en la Cruz sangrienta de su Hijo divino. La Sra. Delfina Ortiz Monardes la describe de esta manera: “No la veía yo impaciente sino todo lo contrario, asumiendo todo en paz; tampoco recuerdo en ella una situación de desaliento que la venciera, aunque se la veía por momentos meditativa, pero no perdió la alegría a pesar de que fuera perdiendo las fuerzas, por otra parte, nada de temeridad u orgullo o presunción; ella todo lo esperaba de Dios y eso le daba paz y paciencia”. (“Positio” pag. 123) En otro lugar de su exposición Delfina ofrece la razón de sus afirmaciones: “… rezaba mucho, se aferraba a la cruz, vivía muy serena la soledad que se le impuso por su enfermedad, nunca dijo que la soledad le costara, mantenía la serenidad y alegría de su rostro”. (Ib)

La humildad y la ferviente oración constituyen las condiciones para formar el temple de la Venerable María Crescencia. De allí procede su heroica fortaleza. Los santos más notables necesitaron aprender a desconfiar de sus personales fuerzas. La conciencia de la propia debilidad sirve de base a la auténtica fortaleza, la que convierte al joven y tierno David en el vencedor del temible Goliat. La absoluta confianza en Dios otorga sentido a la humilde desconfianza de las propias capacidades. No obstante, el santo no es un incorregible desconfiado; sabe en Quién debe confiar y no vacila en abandonarse en sus brazos. En adelante se abre paso con seguridad y se despoja valerosamente de todo temor. La fuente de energía, a la que se conecta, es el amor de Dios. Se sabe amado y se empeña en responder con su pequeño y ambicioso amor al Padre que lo ama. Crescencia, como Teresa de Lisieux y Teresa de los Andes, es fuerte hasta el extremo porque su amor es “más fuerte que la muerte”. Se multiplican las pruebas de que Dios hace fuertes a los más débiles y los encamina rápidamente a la santidad.

Junto a la dulzura y a la mansedumbre, de quien padece por amor, brilla la alegría y la esperanza. De allí la sensación que Crescencia causa en quienes la observan y ofrecen luego su conmovido testimonio: “No se quejaba, rezaba mucho; no quería molestar a nadie, no perdió la alegría a pesar del dolor y la soledad que debía soportar por su enfermedad contagiosa”. (Doña Delfina) Quizás no podamos imaginar el drama de una enferma de tuberculosis en la segunda mitad del siglo 19 y primera mitad del siglo 20. Era más angustiante que el cáncer en la actualidad. Por el grave peligro del contagio el enfermo era aislado y sumergido en una soledad desértica que lo inducía, con frecuencia, a la desesperación. Crescencia tiene precedentes en su amiga celestial, Santa Teresita del Niño Jesús y en el Beato Ceferino Namuncurá. Los testigos, del trecho terminal de su enfermedad, manifiestan asombro ante la fortaleza sobrehumana de aquel ser diminuto y joven. Su hermano menor: Mons. José M. Pèrez la describe de manera acertada: “… no le resultó simple aceptarla (enfermedad y muerte) desde el punto de vista humano por cuanto se sentía joven, con muchos años por delante. Pero recibió la noticia de la muerte con una rápida aceptación de la voluntad de Dios y con mucha fortaleza de ánimo, con gran serenidad y alegría interior, con mucha oración vivió todos los meses que precedieron al momento final de su vida, a la hora de entregarse totalmente a Dios. Ella no se quejaba, según las referencias que hemos recibido, lo aceptaba todo, lo vivía todo con una profunda unión con Dios; se la veía siempre alegre, rezando resignada a la voluntad de Dios y esperando la hora del Señor”. (“Positio” pag 125-126)

Concluyo esta reflexión expresando mi personal impresión. Considero una gracia invalorable la posibilidad de internarme en el alma santa de Crescencia. Su fortaleza heroica es el florecimiento de su amor a Cristo que le ha mostrado, en su estado de crucifixión, el amor que siente por ella. La joven Venerable me ha enseñado, sin pretenderlo, a descubrir el mismo amor divino que la sedujo. La predicación del Apóstol Pablo versa sobre esta conmovedora revelación que, a él mismo, condujo a la santidad. El amor de Dios, inimaginable y cierto, alienta su vida apostólica y, particularmente sostiene, hasta la muerte, su heroica capacidad de padecer “lo que falta a la pasión”. Crescencia, sin pretender que el mundo entienda, vive y muere abrazada dulcemente a su propia cruz en el lecho de su Esposo crucificado.