Heroicidad de la Templanza

Sin la gracia ¡qué débil es la persona humana para mantener el comando de su vida! Lo advertimos en nosotros y en los otros. Fácilmente se “sale de las casillas” y se arma una batalla campal ante la mínima contradicción. La virtud de la templanza, como expresa la “Positio”, presenta a la Venerable María Crescencia: “sobria, moderada, casta y pura, alejada de las faltas, incluso de las más leves. Dominadora de su carácter y de las tentaciones, superadas con el sacrificio y el dominio de sí misma, con la observancia de la ley divina y en la unión continua y siempre más íntima con el Señor, a través de la oración y de la aceptación de los sufrimientos, tanto espirituales como materiales”. (pag. 111) Los testimonios se entrecruzan. Todas las virtudes se interrelacionan en un armónico movimiento interior. La templanza es consecuencia casi espontánea del comportamiento virtuoso. Más aún, lo comanda diestramente como si fuera poseedora del proyecto original y dispensadora de la energía sobrenatural que la potencia. El santo lo sacrifica todo por la fidelidad y la coherencia. Se relata que San Francisco de Sales mantuvo una imperturbable serenidad ante el mal trato de un soberbio y enardecido caballero. Cuando su secretario le preguntó cómo había podido soportar tan irrespetuosa agresión, el santo respondió: “No quiero perder el veinte segundos lo que me significó veinte años de duro combate”. Crescencia, unánimemente reconocido por sus testigos, ejerce un control admirable sobre el mínimo movimiento de su naturaleza. Delfina Ortiz declara: “Yo la veía siempre con un gran dominio de sí misma y dueña de sus propios impulsos e inclinaciones”; “Y la recuerdo muy bien como una mujer muy paciente siempre y frente a situaciones difíciles, imprevistas, molestas, ella reaccionaba con dulzura; nunca la veía reaccionar bruscamente a pesar de que hubieran cosas que podían parecer difíciles de sobrellevar como su misma enfermedad que se prolongaba”. (“Positio” pag. 113)

El control ejemplar sobre sus mínimas reacciones es consecuencia de su espíritu de penitencia. Cumple a la perfección con las que están preceptuadas, tanto por la Iglesia como por su familia religiosa. La templanza también se expresa en su predisposición a no excederse en nada. Algunos santos han calificado a algunas prácticas de penitencia como “pecados de la juventud”. Uno de ellos fue el Santo Cura de Ars que padecía una neuralgia crónica, debido a las noches pasadas en un húmedo granero – cuando era muy joven – utilizando como almohada una dura viga de madera. Crescencia es medida en todo y no parece manifestar afición a transitar caminos extraordinarios de penitencia. El control que ejerce sobre sus acciones y reacciones es una penitencia, la mayor y más valorada. La obediencia a Dios incluye renuncia dolorosa a los propios proyectos para acatar el de Dios. La conversión, como inicio penitencial, reclama ser sostenida durante toda la vida. De esta manera, la muerte será el instante final de una vida penitencial.

Toda la vida de Crescencia es un ininterrumpido movimiento en la fe y en el amor. Un movimiento controlado por el Espíritu que la anima y la conforma con Jesús. Al verla desplazarse de un lugar a otro, al escuchar su voz y entrevistarse con las personas de distinta condición social y preparación intelectual, sus testigos podían imaginar cómo sería Jesús. Allí es donde se puede aplicar la exhortación del Apóstol Pablo: “Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús”. (Filipenses 2, 5) Para hacer propios esos sentimientos es preciso una relación continua y profunda con el Señor. La vida espiritual de Crescencia, basada en la constante oración, se desborda en su personalidad expresiva y en sus inocultables silencios. Se produce en ella la imagen de sosiego y mansedumbre que caracteriza a Jesús: “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón”. Para llegar a ella se requiere una intensa vida discipular junto al Maestro; compartiendo muchas horas de intimidad con Él, atenta, por la contemplación, a su palabra y a sus mínimos gestos, de los que los Evangelios constituyen su relación auténtica. No es de extrañar que Crescencia, como su modelo preferida: Santa Teresita del Niño Jesús, no se desprendiera de la piadosa lectura del Evangelio.

El mundo externo, del que aún siendo cristianos somos acreedores, vive una enorme confusión. La templanza, que observamos en Crescencia y en todos los santos, está ausente de la sociedad actual. Ello indica una ausencia más dramática: la de Dios. El descontrol moral, causante de tantas violencias e inseguridades, atropella a la justicia y declara inoperante a la ley. Para recuperar el orden anhelado, por la mayoría del pueblo, se necesita reubicar a Dios en el centro que le corresponde. María Crescencia no deja de pensar en Dios. Su vida, y el comportamiento que la expresa, tiene como único referente a Dios. Sus testigos no dejan de señalarlo con notable simplicidad: “Ella tenía un real control de sí misma en la virtud de la templanza y también aquí la vivió a esa virtud en grado heroico, como expresión de su fidelidad a Dios”. (“Positio” pag. 118 – testimonio de Delfina Ortiz Monardes)

La referencia continua a Dios no es formal ni ficticia en Crescencia; nace y se alimenta de su continua oración. Esta pequeña mujer crece en santidad porque ha cedido al Espíritu todo el comando de su vida. Su incansable estar en Dios se manifiesta en la serena dulzura de sus gestos y relaciones con los demás. Los testimonios de sus allegados y conocidos están corroborados por los acertados comentarios de su hermano y sobrino sacerdotes (Mons. José M. Pérez y Pbro. Carlos A. Pérez).