Heroicidad de la Justicia

Me he propuesto continuar con mis breves reflexiones sobre las virtudes heroicas de la Hna. María Crescencia. Ahora toca la virtud cardinal de la justicia. El primer intento es diferenciar, no terminológicamente, los contenidos de los vocablos – usados en la vida corriente – de los que son empleados en perspectiva evangélica. Son literalmente idénticos pero de enfoques y exigencias muy diferentes. La Biblia hace mención frecuente del término “justicia” para aplicarlo desde la precisa visión revelada. No ocurre lo mismo en el lenguaje común. Aunque existan algunos elementos concordantes, el panorama ideológico resulta ser diverso, hasta contrario. Transcribo un párrafo inicial de la “Positio” sobre el tema específico de la justicia: “La justicia puede ser definida como la surgente y cumplimiento de todas las virtudes humanas; consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido”. (pag. 103) Crescencia, como la muchedumbre de santos que la precede, se dedica explícitamente a honrar a Dios por amor y a servir a sus hermanos por amor a Dios.

Es allí donde nos ofrece la auténtica práctica de la justicia. El aparato legislativo de nuestras actuales organizaciones no tiene capacidad de coordinar ambos términos de la justicia: con Dios y con los hombres. Perdido el sentido cristiano de la vida en sociedad, eliminando uno de sus términos – el más importante – se desconceptualiza el otro sentido. La laicidad normal, convertida en laicismo ateo, se desvanece y perjudica gravemente la verdadera justicia entre los hombres. La gente quiere confiar en la justicia, pero, advierte su debilidad e ineficacia práctica. Ante la inseguridad, agravada día a día, se produce un reclamo desgarrador. Falta equilibrar y jerarquizar los términos de la justicia para lograr el orden anhelado por los ciudadanos honestos y trabajadores. Falta ser justos con Dios para lograr ser justos con los hombres. Los santos muestran el verdadero sentido de la justicia legítimamente ambicionada. Me refiero a la justicia que se concreta en la caridad. Dios es “fuente de toda razón y justicia” – dice nuestra Constitución Argentina – porque “es Amor”. De esa fuente beben los santos o los auténticamente justos. Mientras el odio gravite en los acontecimientos más importantes de la historia contemporánea el hambre de auténtica justicia quedará insaciado. María Crescencia es un profeta siempre actual de la justicia. Lo logra manteniendo los términos mencionados en perfecta armonía. Porque da a Dios lo que corresponde a Dios, puede dar, a quienes están en contacto con ella, lo que les corresponde. Su obediencia heroica a Dios se expresa en la ofrenda cotidiana de su vida a sus hermanos. Es la forma de justicia revelada por Cristo que soporta, en su carne y en su espíritu, la agresión injusta de quienes quieren eliminarlo. ¿Es inexplicable? Si, lo es. El único sendero que conduce a la Redención es la inexplicabilidad de la Cruz. La Cruz desemboca misteriosamente en la Vida Nueva de la Resurrección. A pesar del bullicio que arman el odio y la violencia, la gracia de ese Señor crucificado inicia, ya desde aquí, la edificación del Reino donde el pecado y la muerte reciben su definitiva derrota. Crescencia templa su carácter en la fidelidad a Dios y en el amor fraterno. Logra la justicia, que la gracia de Cristo repara en la obediencia “hasta la cruz”, excluyendo todo interés que no sea la salvación de las almas; ciertamente es el interés supremo de Dios, que logra su concreción en la Redención. Su amor al Esposo divino no soporta observar cómo se derrama inútilmente, para mucha gente, su Sangre preciosa. Alentada por el deseo ardiente de que muchos hombres y mujeres se encuentren, gracias a su testimonio, con el Redentor, deja de juzgar a los pecadores y les ofrece la posibilidad del perdón y de la santidad. No olvida la conmovedora expresión del Señor: “No he venido a juzgar sino a salvar”. Su obediencia a Dios y su amor a los más pobres y desahuciados se expresan en los mínimos gestos, oportunamente observados por los testigos de su vida santa. La “Positio” los registra con admirable sencillez. Para otros, intelectualmente más exigentes, hubieran pasado desapercibidos. El cumplimiento exacto de sus deberes y obligaciones no responde temerosamente a las observaciones que pudieran dirigirle sus superioras. Dios es la fuente. El amor a Cristo, y no una simple rectitud de su bien obrar, es el activo inspirador de su honesto comportamiento. Quienes la observan y admiran dan testimonio de la coherencia de sus convicciones. Su testimonio constante es una singular predicación: clara, irrebatible, que procede de la perfecta armonía de sus gestos, palabras y heroico comportamiento. Su propósito de dar a Dios lo que le corresponde, de su pequeña y escondida vida, no tiene otra motivación existencial que el amor. Su santa predecesora en el “caminito” de la santidad – Santa Teresita del Niño Jesús – confiesa sentirse inútil para ese tránsito si no la mueve el amor. Crescencia experimenta la misma inclinación interior. Sin decirlo llega a esa conclusión y toda su vida se desarrolla al ritmo de la misma. Excluir toda ambición ajena al amor de Dios se constituye en su secreta y silenciosa aspiración. También es su tarea principal, la que absorbe sus jornadas humanamente irrelevantes y oscuras.