Heroicidad de la Prudencia

Los términos se prestan a malos entendidos. La prudencia es ubicada en una especie de “bajo nivel” humano, como si se auto dirigiera a un inevitable fracaso. ¿Son prudentes quienes no tienen el valor de pronunciarse o de asumir un comportamiento que arriesgue su integridad? ¿O quienes permanecen en la penumbra de la indefinición y dejan todo para cuando amaine o mejoren las condiciones de su personal universo? No lo son. Esa no es la virtud cardinal de la prudencia.

Toda virtud es más vitalidad que estructura. Para apreciarla se la debe ver activa. Sobrenaturalmente es hija del amor y de la obediencia al Padre, pero, también obtiene su prestancia singular de la justa medida, del equilibrio y de la subordinación a la caridad. La prudencia hace que toda virtud sea virtud. Que en cada una de ellas se exprese el equilibrio como resultado característico. “In medio stat virtus”, decía un antiguo adagio latino. El fanatismo exacerbado, o el entusiasmo desmedido, impide que la virtud se estructure moralmente. La gracia, que hace practicable la virtud, otorga serenidad y fortaleza a la voluntad de la persona. Los santos manifiestan una asombrosa serenidad ante las pruebas, por más violentas e insoportables que parezcan; proviene del estado de gracia y se logra mediante una perseverante relación de amor con Dios.

Desde esa situación, que asemeja a Crescencia con los santos, debe entenderse la sabiduría y sensatez de su comportamiento con las diversas personas. Todas sus virtudes, que atraen la atención de la Iglesia y la admiración de quienes la observan, parecen converger en su armónica y perfecta unidad interior. La prudencia constituye la virtud ordenadora, que procede del Espíritu y orienta los mínimos gestos a la caridad; virtud que relaciona a la persona con el Dios personal y con sus semejantes. Es el primer mandamiento, indisociable en su doble referencia a Dios y a los hermanos.

La Venerable María Crescencia manifiesta un equilibrio, en el ejercicio de las virtudes, que la alejan de toda exageración. Es sencilla, hasta simple, en la práctica de todas las virtudes. No pretende atraer la atención de nadie, al contrario. Su interés, puesto constantemente en Dios, le inspira pasar desapercibida, en un estado asombroso de humildad. Cuando se produce la cercanía de su muerte, la atención puesta en Dios se vuelve más intensa y exclusiva. Sufre mucho la nostalgia de su patria y de sus seres queridos, pero, se sobrepone de inmediato. La prudencia adquiere la heroicidad de su vida virtuosa y le otorga capacidad, rarísima en nuestra moderna sociedad, de auscultar la verdad y de ejecutarla sin dilación. Esa actitud práctica la convierte en un referente insustituible para quienes la observan y comparten sus inquietudes y esperanzas. Dispone de la respuesta exacta, del consejo oportuno, de la verdad que el Espíritu dispensa a su humildad.

Quiero incorporar un testimonio destacable. Es el de la Hna. Ma. Catalina Piva, refiriéndose al encuentro de la Venerable Ma. Crescencia con la Madre Provincial: “Madre, lléveme de vuelta a la Argentina con usted” La Madre Provincial la invitó a rezar y luego se conversaría del tema. Ma. Crescencia muy rápidamente reaccionó y le dijo: ‘Madre, no me haga caso; si debo quedarme aquí, me quedo gustosa. Sólo quiero hacer la voluntad de Dios”. (Positio, pag. 100) Una extraña honestidad la domina por entero. Jamás cederá a la tentación de hacerse la sorda al reclamo de la verdad. – “Es de Dios” – se dirá, y le bastará para no dejar para después su respuesta… – “es de Dios” – se repetirá, para saber que es la verdad, aunque no la entienda ni sepa registrarla en su intelecto. Su fidelidad es a Dios y no a los términos de una formulación doctrinal. Así se conduce Crescencia, siempre rendida a la voluntad de Dios. El propósito principal de hacer la voluntad de Dios se le impone como tarea única e indelegable. Cuando llega el momento de discernir y decidir no titubea, a ejemplo de María, y se deja conformar por el Espíritu sin volverse atrás ni revisar las consecuencias de su decisión. La prudencia está al servicio del cumplimiento de la voluntad divina y Crescencia sabe orientar los mínimos detalles de su vida a ese propósito.

Crescencia, como naturalmente, se deja inspirar por su original opción de ofrecer la vida por amor. Para ello se empeña valerosamente arriesgándolo todo; actitud opuesta al temor enfermizo y a la cobardía. Su prudencia es saber cuándo y cómo debe decidir lo que, sin duda, contradecirá su comodidad y gustos personales. Su capacidad de abnegación está a flor de piel y no admite debilidades, a veces sutilmente justificadas. Está enferma, muy enferma, y no evita asistir a quienes la necesitan, dejando jirones de su juventud afectada por la tuberculosis. Abundan los testimonios, simples y claros, de esa virtud de virtudes. He aquí uno: “…no era atropellada y sabía aconsejar con verdadera sabiduría como quien está seguro de lo que dice. Además no exigía cosas fáciles para ser fieles a Dios, pero comprendía que todo tenía que ser de a poco y era paciente con los errores que veía y que disimulaba con gran caridad”. (“Positio” pag. 102)

La inteligencia y la sabiduría están íntimamente emparentadas con la prudencia. La santidad hace supersabios a los santos. La historia nos deja boquiabiertos ante algunos santos de escasos recursos culturales e intelectuales. La Verdad, origen de todo conocimiento científico, se hace patente a los pequeños y humildes que transitan el camino de la santidad. En Crescencia, moviéndose cómodamente en el anonimato, se manifiesta la sabiduría de los grandes. Una de sus testigos, la Hna. Ángela Quinodoz, recuerda una certera respuesta de la Hna. María Crescencia: “… Hermana Ángela, Dios no dijo aprended de mí a hacer grandes cosas, milagros… que salgan bien todas las chicas. Dijo: ‘Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón’. ¿No ha leído, Hna. Ángela, el Evangelio? ” (“Positio” pag. 103)