Heroicidad de la Caridad

La Caridad es la reina de las virtudes, lo asegura San Pablo cuando la relaciona con las otras virtudes teologales. La Caridad reina y permanece para siempre; la Fe y la Esperanza la sirven en el tramo temporal de la vida, para luego desaparecer. Crescencia, de acuerdo a los testigos de su vida, es “caridad ardiente”. Ama a Dios y, desde Dios, ama a los demás, particularmente a los más pobres y desamparados. La vivencia de la caridad es el estado de gracia. Incluye el esfuerzo constante por obedecer a Dios. No existe la fe sin obras, decía el Apóstol Santiago, ya que las llamadas obras de la fe conforman la virtud de la Caridad. La Caridad es la Vida sobrenatural misma, de otra manera la Fe “estaría muerta”. Crescencia manifiesta vivir la Caridad en la obediencia sin fisuras a la voluntad del Padre y en el compromiso humilde e inquebrantable con sus hermanas y hermanos más pobres y excluidos. Su amor a Cristo, alimentado evangélicamente, es el ideal de su vida religiosa. No se sale de su seguimiento. Se hace servidora de todos, especialmente de los más pequeños y frágiles. Sabe comportarse, porque lo aprende de Jesús, con dulzura y mansedumbre. Los testimonios son numerosos, simples y conmovedores.

La Caridad configura a Crescencia con su Esposo divino y abraza la cruz, y hace propios los desvelos del Señor por la salvación de las almas. Lo repite constantemente: quiere ser santa para la salvación de los pecadores. No omite ningún sacrificio con el fin de lograrlo. Lo decide teniendo los mismos sentimientos – de obediencia al Padre “hasta la muerte en cruz” – que Jesús tiene y le transmite amorosamente. Ese sendero tiene origen. La humilde y heroica joven religiosa sabe de donde procede la inspiración y la fuerza sobrehumana de su oculto coraje por llevar hasta sus últimas consecuencias su opción vocacional. No pretende merecerla, es demasiado débil; la recibe gratuitamente de Quien la amó y la ama desde siempre. La vivencia de la Caridad es una gracia que se radica en el ser humilde, con una estabilidad que termina siendo permanente y definitiva. Así la vive Crescencia, como una especie de normalidad lineal que progresa hasta adquirir la perfección a la que es llamada. El garante no es el cúmulo de sus acciones virtuosas sino Jesucristo. Su referencia constante a Jesús, su Señor y Maestro, indica el grado obtenido de subordinación a la autoría de gracia del Redentor. Es la ciencia de los Santos.

Crescencia aprende porque es una discípula humilde. Porque al comprobar que los dones vienen de Dios los acoge sin discutir, a la manera de María, su Madre y Maestra. No es la habilidad metodológica el secreto de su aprendizaje rápido. Aprende, del Ángel que Dios le manda, que todo lo que propone Dios es incuestionable e indiscutible. Se goza que sea así y no vacila ante las opciones más arriesgadas. Desde esta visión podemos examinar la biografía simple de la joven religiosa que siempre dice “Sí” al Dios que ama y conoce por la fe. Los testimonios aportados por sus inmediatos testigos ofrecen el espectáculo de su consentimiento generoso. Sus expresiones tienen la simplicidad de un lenguaje sin ornamentación. Dice lo que siente, cuenta lo que ve y ofrece todo lo que tiene. Su experiencia religiosa se remonta a su más tierna infancia; es allí donde aprende a amar a Dios y, en consecuencia, lo conoce como el Señor se deja conocer por los humildes. Su ingreso en el Instituto de Vida Consagrada de Nuestra Señora del Huerto inicia una etapa de plenitud que acaba con su vida joven, minada por la tuberculosis. Mientras tanto se desliza serenamente entre las diversas tareas de su directo apostolado gianellino.

En todo se la ve enamorada de Dios, atendiendo, con solicitud increíble, los intereses de su Amado:los más pequeños y pobres. Para ello sus pensamientos y sentimientos no se apartan del Dios encarnado, y se identifica con Él, que, en la pobreza y en la humildad “no tuvo en cuenta su condición divina”. Darlo todo siempre, sin reclamar compensaciones afectivas o espirituales, es el principio rector de su comportamiento entre aquellos a quienes sirve con ejemplar abnegación. La secreta virtud de ese inusual estilo de vida es el amor a Dios, que llega al extremo de la encarnación para establecer lazos firmes de solidaridad regeneradora con los más miserables: los pecadores. De allí procede el celo ardiente de Crescencia por la salvación de los pecadores. Aprovecha su enfermedad y doloroso aislamiento, para morir en la cruz, con su Amado, en busca de los innumerables hijos pródigos que vagan indecisos por esos caminos de la historia. Es el amor, es la virtud de la Caridad que toma la delantera en cada uno de sus gestos y acciones.

Pero, ¿cuál es la fuente directa de alimentación de esa Caridad que crece hasta la heroicidad? Sin duda es Cristo, Pan bajado del Cielo, Palabra que lee, escucha y medita constantemente y Eucaristía que celebra y adora. No es una piadosa monjita, es una mujer sumergida en Dios por el amor, más allá de todo proyecto personal de santidad. Es santa porque Cristo, con quien está unida esponsalmente, la hace partícipe de su santidad. Jamás piensa que la santidad depende de ella; sólo anhela abandonarse a la acción amorosa del Espíritu que santifica. Crescencia, únicamente movida por la Caridad, deja hacer a Dios. De esa manera irradia, sin pensarlo, el Misterio del Dios que es Amor, y se constituye en una eficaz evangelizadora. La Caridad hace a los santos translúcidos. Verlos es ver a Dios y escuchar su misterioso llamado a la conversión y a la santidad. Crescencia no necesita más que amar a Dios – y a los hombres desde Dios – para anunciar a Cristo: “el Evangelio del Padre”. Es allí donde se hace apóstol con los Apóstoles y mártir con los mártires.

El testimonio de la Caridad supone una vida de intimidad con Jesucristo que conduce a la identificación con su persona y su misión. Me refiero a la singular capacidad de Jesús de transparentar al Padre: “El que me ve ve al Padre “y la correspondiente misión, que comparte con quienes lo siguen, de transmitir esa Buena Nueva del amor de Dios. Crescencia, como todos los santos, se mueve con libertad en ese sendero de la “perfecta Caridad”. La oración, sostenida sin interrupción, es el medio insustituible para su relación de amor con Dios. Crescencia cultiva la oración constante. Se la observa íntimamente recogida, serena y en paz, aún en medios de las mayores tribulaciones y del progreso de su mortal enfermedad.

Como su hermana celestial – Santa Teresita del Niño Jesús – en los sufrimientos, padecidos con paciencia admirable, encuentra el alimento nutritivo de su amor a Dios y a quienes Dios ama. La vivencia heroica de la Caridad es obra exclusiva de la gracia de Quien es la perfecta revelación del amor misericordioso: Jesucristo. Crescencia se constituye en nítida transparencia del amor de Cristo a todos; a cada una de las personas, sin excluir a nadie. Quiero concluir con un testimonio que la identifica: “Ella amaba mucho a Dios; para ella no tenían sentido las cosas si no la acercaban a Dios. Quería mucho a Dios y se veía que todo lo hacía con amor; esto no es fácil; y este amor lo manifestaba en la alegría que ella siempre irradiaba; siempre se la veía feliz, en todo el tiempo que yo estuve con ella, que fueron los últimos años de su vida. El dolor de la enfermedad parece que la unía más todavía a Dios”. (Positio pág. 86; testimonio de Doña Delfina Ortiz Monardes)