Heroicidad de la Esperanza

La fe viva es inseparable de la Esperanza. Dos virtudes sobrenaturales que acompañan necesariamente el sendero temporal de los cristianos. Ambas concluyen en la Caridad. Es la virtud que da movilidad al peregrino creyente. Sin ella, la fe despierta la visión de lo que no se logra alcanzar, es decir, de la caridad como meta superior. Sin la esperanza, la fe permanece sumergida en el incompromiso ante la realidad que debe ser evangelizada, o como afirma Santiago: “la fe sin obras está muerta”. La esperanza supone la fe y apunta necesariamente a la caridad. Los santos viven en la esperanza porque su fe alcanza la caridad. Crescencia es concreta, práctica y silenciosa. Se empeña en lograr lo que la fe le indica como de Dios y siempre se pone en camino. No especula, no escribe propósitos que mañana olvida, hace lo que debe sin vacilar. En sus expresiones manifiesta la seguridad, que le otorga la fe, en la eternidad como meta, donde quiere encontrarse con todos. Pero, la eternidad que espera no es “no hacer nada”, en una especie de gozosa e inacabable jubilación o “descanso eterno”. Es Dios – a quien ama con todo su ser – la felicidad y el descanso, la satisfacción de sus legítimos deseos. Su felicidad eterna está en amar a Dios y, desde Dios, amar a las otras personas con la perfección de Dios: “Sean perfectos como el Padre Celestial es perfecto”. El Cielo, que Crescencia anhela, es ese amor perfecto que ella practica en la esperanza, desde la cruz propia, en su dedicación a los más pobres y desvalidos, en su enfermedad y en su joven muerte.

Como magnífica admiradora de la espiritualidad de Santa Teresita de Lisieux relaciona la virtud de la esperanza con la confianza y con la misericordia. La esperanza que no llega a la confianza y al abandono, en Quien sabemos nos ama, no es verdadera esperanza. La entendida “esperanza” entre las personas acaba, inevitablemente, en la desilusión. El único absolutamente confiable es Dios. En el mejor de los casos la confianza depositada en el hombre se presenta débil e inhábil. La Escritura utiliza una expresión durísima: “Maldito el hombre que confía en el hombre”. (Jeremías 17, 5) Crescencia, impulsada por la fe y atraída por la perfecta caridad, no deja de expresar su absoluta confianza en el Amor misericordioso. De allí su gran devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Sus testigos se conmueven recordando sus dichos y actitudes: “Vivió heroicamente la esperanza. Tenía una gran confianza en Dios. Creo que fue heroica en la esperanza. Nunca dijo nada en contra por lo que ella sufría” (Positio pg. 80 Testigo: Otilia Pérez Flores). Como Teresita, ella también, aprende la confianza y el abandono en el sufrimiento. La Esperanza no es virtud de apoltronados, ni de indiferentes. Crescencia se mueve sigilosa y rápidamente en busca del Cielo, pero, sin dejar la tierra y sus responsabilidades de servicio a quienes son encomendados a su cuidado.

La Esperanza logra su grado heroico cuando se produce una rendición incondicional de la propia voluntad a la voluntad de Dios. Las cartas familiares, sus expresiones habituales y la forma serena de cumplir meticulosamente sus deberes dicen a las claras que Crescencia está motivada por un amor apasionado a Dios. Sin esa motivación es imposible sostener un comportamiento semejante entre las graves dificultades que la asedian y prueban su fortaleza. La dulzura constante, que caracteriza su trato con los seres más dispares, indica que su mirada va más allá; ese “más allá” que avizora en la fe y al que se dirige gozosamente como el niñito a los brazos de su Padre. Por ello, la paz que irradia su persona es percibida, hasta la emoción, por quienes la tratan. Su celo admirable por “la salvación de las almas” encuentra su cauce espontáneo en ese comportamiento, incomprendido por el común de la gente. Si no fuera que Dios se manifiesta, como a través de su legítimo profeta, en la aparente timidez e ingenuidad de Crescencia, no lograríamos descubrir el tesoro de verdad y fortaleza que ella guarda y dispensa. Buena hija de la Virgen Santísima, sabe contemplar en silencio y guardar en su corazón el Misterio de Cristo, al que se familiariza por la pobreza y la oración.

Ella sueña con la eternidad de Dios. La desea para los que ama mucho y, si fuera posible, para todos. Es una nota distintiva de los santos. Desear todo el bien es desear el Cielo. La pequeñísima Teresa Francisca Martin – Santa Teresita del Niño Jesús – desea que su madre se muera para que vaya al Cielo y se lo manifiesta con un candor asombroso. Crescencia mantiene el encanto de esa niñez y, no obstante, muestra una madurez que no corresponde a aquella temprana edad de la vida humana. Exhibe un estado de “plenitud” que, únicamente, procede de la simplicidad de Dios y que los santos obtienen con naturalidad, ya desde los comienzos de su ascenso a la santidad. El mundo necesita hombres y mujeres con esa madurez, incomprensible sin la convicción de la presencia de Dios en sus vidas. Por eso, como lo dijo el Venerable Juan Pablo II: “el mundo necesita de los cristianos el testimonio de la santidad”. Ante el testimonio inocultable de la santidad de Crescencia vemos confirmada esa expresión profética del Papa. Su esperanza se mantiene firme – en medio de la desintegración que exhiben las relaciones entre las personas, pueblos e instituciones – por la única razón de su inconmovible confianza en Dios. Es el sendero señalado constantemente por la Iglesia y recorrido por sus mejores hijos: los santos.

La esperanza no constituye un paliativo, ni un protector contra la agresión que proviene de la injusticia y de la violencia. Tampoco es una ayuda, como el cayado en manos del peregrino cansado. Es virtud, por lo mismo es capacidad de enfrentar las más graves dificultades. Es energía que da vida para el duro combate de la fe y restituye permanentemente las fuerzas para continuar el camino. Por ello, Crescencia, joven y frágil, emerge como la mujer fuerte, como la jovencísima mártir Inés, descrita magistralmente por San Ambrosio. La esperanza es la virtud para el camino largo y fatigoso, para remar contra corriente y vencer a cualquier Goliat, desde la aparente debilidad del joven pastor David. Esa victoria de la esperanza tiene – en Crescencia – los ribetes de la heroicidad. Se la ve igual de fiel y animosa, sumergida en la soledad y el aislamiento a que la tisis destructora la reduce.