Heroicidad de la Fe

Es necesario demostrar que el gran edificio de la santidad que la Sierva de Dios (hoy Venerable), Hna. María Crescencia Pérez construyó en sí misma, tuvo aquel profundísimo y solidísimo fundamento (de la fe)”. (Positio.- Pág. 59)

Existe unanimidad en los testimonios de quienes la conocieron o escucharon hablar de ella: llevó su fe cristiana a la heroicidad. ¿Qué significa? Desde la infusión de la fe bautismal, Crescencia crece sin interrupción. La fe es un estilo de vida que necesita el auxilio de la educación. La fe, don gratuito del Espíritu Santo, es educable. Sin ese auxilio permanece como una referencia enclaustrada entre términos puramente formales. Crescencia debió agradecer a Dios haber sido educada en la fe por una familia cristiana “a la antigua” y por las Hermanas del Huerto: “Nacida y educada en el seno de una familia creyente y gracias a la influencia de las Religiosas Hijas de María Santísima del Huerto…”. (“Positio”, número 21, pág. 59) Su respuesta generosa hizo que germinara la semilla de la fe recibida y alimentada. En la cumbre de su crecimiento está la santidad. Los santos no hacen más que cuidar el desarrollo de las virtudes de la fe, de la esperanza y de la caridad, infundidas en el Sacramento del Bautismo. Son bautizados “normales”, ya que han crecido en salud hasta su adultez sobrenatural.

En el proceso educativo de la fe cobran especial importancia los medios y la “práctica”, expresados en un comportamiento coherente: “genuino espíritu de fe que manifestó (Crescencia), a lo largo de toda su vida, en la fidelidad a los deberes del propio estado, en el rechazo del pecado, en la piedad filial hacia Dios manifestada en la oración continua y en la búsqueda constante de su voluntad, en el celo por la salvación de las almas que la llevó a consumar su vida en el apostolado, en su devoción al Sagrado Corazón de Jesús, en una acendrada devoción mariana y en el recurso confiado a los Santos a los que trataba de imitar”. (“Positio” n° 21, pág. 60) En el recurso a la mejor tradición de la espiritualidad cristiana se logra comprobar que la fe crece robusta o se debilita y que se la daña hasta su extinción si son descuidados los medios y sus exigencias prácticas.

La fe es don y respuesta, gratuidad y exigencia, obsequio divino y compromiso humano. San Pablo enseña que la fe es obediencia: “no me atrevería a hablar sino de aquello que hizo Cristo por mi intermedio, para conducir a los paganos a la obediencia (de la fe), mediante la palabra y la acción…”. (Romanos 15, 18) Así lo entiende Crescencia y así lo vive ya que “el justo vive de la fe”. Ciertamente aprendió a descubrir a Dios en los signos de la Iglesia y de los tiempos. Su relación viva y constante, mediante una conciencia clara de la presencia de Dios, la aleja de toda imagen fría y fotográfica, para progresar en el conocimiento de Quien la ama con ternura inefable. Su proverbial silencio y ocultamiento constituyen el clima, que se impone a sí misma, para estar con Él. No es apocada ni tímida, ha elegido “la mejor parte” y no teme vivir sumergida en su soledad poblada únicamente por Él. Como María, su tierna Madre, también ella se propone escuchar el saludo de Dios – como llamado e invitación – que la pone en situación de “servidora” humilde. Por ello, su vida será un constante ejercicio de la obediencia. Saber a Dios presente, relacionado con ella por el amor, le exige estar siempre dispuesta a una respuesta incondicional.

La obediencia es amor como respuesta a Quien retiene toda la iniciativa. Crescencia no vacila al saber que es la voluntad de Dios lo que le proponen. Es la fe la clave de su conocimiento. En el día de la Anunciación la Virgen María no acepta el mensaje sobrenatural porque entienda sus términos sino porque el Ángel le demuestra que viene de Dios. La respuesta es precisa: “que se cumpla en mí lo que has dicho”. (Lucas 1, 38) No lo que yo he entendido, sino lo que tú has dicho. Por la fe, María sabe que el Arcángel Gabriel repite exactamente lo que Dios le ha encomendado decir y consiente en ello sin vacilar. Crescencia es una hija predilecta de Nuestra Señora del Huerto. Vive copiando sus virtudes y, sobre todo, no deja de repetirle que es su hija y que la ama. La fe crece sin control del creyente, con solo su consentimiento, porque es puro don de Dios. Su término final es la santidad, como exclusiva obra de Dios.

Los diversos testimonios revelan que Crescencia vive de la fe. Los testigos subrayan unánimemente que la fe constituye la causa de su fortaleza y de la serena conformidad con la voluntad de Dios. Existen dos factores que la ponen a prueba: la nostalgia de su Patria y la enfermedad que avanza inexorablemente. La fe le inspira preferir a Dios, siempre, en cada momento, ante toda circunstancia. Lo demás, incluso lo que en la vida común es considerado prioritario, pasa a ser estimado – o no – desde el clima espiritual e intelectual creado por la fe. Sus cosas y ella misma pierden el interés que habitualmente tienen en la estimación que la sociedad intenta imponerle. Como Teresita de Lisieux, a fines del siglo XIX, también Crescencia no titubea en rebelarse y vivir conforme a las pautas dictadas por Jesús, “el Evangelio del Padre”. No necesita agredir a nadie. Su testimonio de santidad, casi imperceptible, incluye el único argumento válido a favor de una vida auténticamente creyente. Quien vive de la fe se constituye en un genuino evangelizador.

La fe de Crescencia suscita curiosidad y admiración. Tendríamos que copiar lo que dicen sus testigos. Su humildad ofrece la imagen más clara de la Verdad que a ella seduce. Su cercanía, no ensombrecida por el egoísmo, hace posible el encuentro con Cristo de quienes la tratan. De la admiración que suscita su vida virtuosa nace la atención a la persona del Señor que ella refleja. Crescencia muestra el gozo sereno de estar en la presencia de Dios y no se cansa de alimentarlo en el recogimiento de sus largas horas de soledad y simple oración. Por lo que manifiestan quienes la conocen su comportamiento habitual supone una sumisión humilde a la acción de Dios. No se puede ser así sin una vida empeñada en la contemplación. La fe se nutre y desarrolla mediante la oración sostenida entre las tribulaciones y desconsuelos. Crescencia está enferma, se siente muy enferma, y prevé que no vivirá muchos años. La enfermedad y la cercanía de la muerte zarandean a los mejor plantados. En su caso, como emergiendo de una naturaleza aparentemente frágil, la perspectiva se vuelve tenebrosa y su camino se hunde, sin trazado previo que le otorgue seguridad, en la soledad y el aislamiento. “El justo vive de la fe”… lo entiende porque lo vive, en el mejor sentido paulino. Su andar en la fe no puede frenarse en la mediocridad, llegará, sin programarlo ella, a la santidad.