Humildad

Preámbulo al estudio de sus virtudes heroicas.

Sin duda la humildad es la virtud que abre el recinto donde se guardan todas las virtudes. En algunos afortunados santos aparece como si fuera connatural con sus temperamentos y estados de vida. La humildad se gesta silenciosamente ya que su esencia madura en el silencio, el anonimato y la pobreza. Crescencia se asoma a la vida desde la penumbra de una familia de campo, en una ciudad del interior de la Provincia de Buenos Aires, sin otro proyecto personal que consagrarse a Dios. Lo logra casi desde el primer momento. Para ella es natural no proyectar su futuro y extraer sus anhelos de la única fuente orientadora: la fe en Cristo Jesús. Su ánimo está alentado por una ambición poco cotizable entre las preferencias humanas: se propone ser santa. Lo piensa, lo decide y lo proclama ante un mundo, también del interior de la Iglesia, que la observa y escucha como a una extraña. Su amor a Dios, como firme respuesta al amor de Dios, desplaza su timidez caracterológica para reemplazarla por la humildad.

Los humildes se reconocen humildes sin incurrir en vanagloria. El mismo Jesús se ofrece como modelo imitable: “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón”. La transparencia asombrosa que distingue al Maestro, ante sus discípulos, proviene de su humildad y extrema devoción por la verdad. Crescencia aprende su secreto de Jesús, en la intimidad callada de la oración. Ella sabe quién es el Divino seductor de su corazón de niña y de mujer. Lo sigue serenamente, sin altibajos ni tormentosas vacilaciones. Comprueba, desde su opción vocacional hasta la muerte, que la manera de no equivocarse es seguir exclusivamente a Jesús, abrazando la cruz y bendiciendo el camino doloroso que se abre a su paso diminuto.

La humildad procede de un conocimiento auténtico de la Verdad. La elección espontánea del último lugar indica un cambio que causa el Espíritu Santo – obsequiado por el Señor Resucitado a quienes se ponen en contacto con Él – que permite adoptar la novedad del Evangelio. El comportamiento de los santos es ignorado o admirado, ya que se ajusta al Espíritu y no “a la carne y a la sangre”. La humildad que vemos brillar en Crescencia le ofrece una transparencia, a simple vista, que provoca admiración o precipitada huida. El mundo del pecado se acobarda ante la verdad y el humilde es todo él verdad. En consecuencia el verdadero humilde no tiene miedo, ya que la causa de su humildad es el amor. Se mueve sin titubear y se decide realizar la verdad en el amor, o en la obediencia a Dios. Jesús es su modelo, con quien él no se mimetiza sino que se identifica. El amor auténtico siempre identifica con la persona amada. Por ello la humildad ante Dios – y desde Dios ante los hombres – es el único sendero que conduce a la santidad: “Sean santos porque Yo (Dios) soy Santo”. El amor a Cristo logra que su enamorada sea una con Él, “el Santo de Dios”.

Si recorremos la biografía de Crescencia para hallar manifestaciones extraordinarias sufriremos una saludable decepción. Nada espectacular, y las diversas misiones encomendadas por sus superioras la sitúan en el servicio de menor relieve. Crescencia está dispuesta a ejecutar esas tareas insignificantes, sin manifestar el menor disgusto, al contrario, moviéndose con la alegría de una feliz enamorada. No me sorprende que Dios quiera enaltecerla y la presente a todos los fieles católicos, por mediación de la Iglesia, como modelo e intercesora. La convicción de que Dios se revela a los pequeños, expresada por Jesús en aquella oración exultante: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños” – (Mateo 11, 25) inspira el común convencimiento de que Dios “hace sabios y santos únicamente a los humildes”. La santidad de esta joven religiosa de Nuestra Señora del Huerto se basa necesariamente en su abismal humildad. A medida que, vencidas décadas de silencio, se devela el misterio de su vida, siempre oculta, se destaca el prodigio de santidad que Dios logra sobre la base firme de ésa incomprendida virtud.

La humildad es la llave que nos permite abrir el recinto donde Crescencia guarda las virtudes que el Santo Padre Juan Pablo II declara formalmente “heroicas” al dejar despejado el paso a su cercana beatificación.