Venerable María Crescencia Pérez (Virtudes Heroicas)

Artesanía del Espíritu

 

 

Su identidad humana y la artesanía del Espíritu

¡Qué admirable la obra creadora de Dios! No se repite jamás. Menos aún cuando se trata de las personas. Son únicas e irrepetibles. El llamado a la vida confiere una misión personal y misteriosa. En el orden de la santificación Dios observa exactamente el mismo comportamiento. Los santos, como personas, son irrepetibles e inimitables. A partir de esta conclusión, identificar a los santos – que incluye definir el misterio personal que los singulariza entre las otras personas – constituye una tarea particularmente difícil. El Dios Redentor toma, con especial delicadeza, a la persona herida y desfigurada por causa del pecado y la vuelve a su primitiva bondad. Para ello, Dios en su Verbo Eterno se hace hombre y lo redime hasta hacerlo el “Santo de Dios”. Lo que cumple en su singular naturaleza humana – ya resucitado – lo cumple en quienes le obedecen. Cada santo posee una historia genética que Dios toma, por acción de su Espíritu, y la transforma. Es bueno conocerla, al menos en sus rasgos principales.

Crescencia aparece con un natural preservado, por la misericordia de Dios, de los estigmas del pecado personal grave. Es un ser inocente cuya lucha consistirá en responder con generosidad a Quien es el más inocente. Encuentra, como naturalmente, el atajo que conduce a la santidad: el amor. Desea la santidad porque se ha enamorado de Dios. El que ama a Dios con todo el ser, la mente y el corazón es santo. Crescencia ambiciona amar a Dios de esa manera; se empeña en ello y, por ello, se olvida de sí; no tiene en cuenta cómo se siente y acepta el silencio del último lugar: su juventud herida por la tuberculosis. Su amor a Dios no la exime de la dolorosa soledad – en el rincón del Hospital de Vallenar -, todo lo ilumina con su verdad y le otorga su auténtico sentido.

Es feliz porque ama, no porque deja de sufrir. Como su celestial hermanita y modelo – Santa Teresita del Niño Jesús – no sabrá amar sin sufrir. La identidad personal aflora, con toda su belleza y perfección, en su comportamiento virtuoso y santo. Los testigos no hablarán más que de su bondad, de su dulzura, de su abnegación heroica, de su profundo recogimiento en la oración. Las almas santas son extraordinariamente simples, no resisten categorizaciones psicológicas. He leído estudios de psicólogos de ciencia y probada fe religiosa; se quedan sin palabras ante la transparencia de psicologías modeladas por la gracia. En algunos, después de un pasado moralmente muy complicado, observan cambios sorprendentes. ¿Dónde está el Saulo soberbio y violento frente al amor incondicional que él mismo experimenta hacia su misterioso Perseguido?¿Qué ha pasado con el viejo Saulo? Y ¿Quién es ahora este apóstol humilde y apasionado? Jesús ha trocado su odio en amor, su auto estima avasallante y, por momentos devastadora, en incansable disponibilidad misionera.

En Crescencia no se da esa súbita transformación. Pero la gracia de Cristo actúa en ella como en Pablo. Ella lo intuye y aprende. Sus pocos años y sus días sin relieve humano, transcurren en la callada monotonía de la atención esmerada a alumnas, enfermos y ancianos. Quienes la tratan no saben de dónde saca fuerzas para seguir adelante. Esa frágil naturaleza oculta a una mujer fuerte. Se dedica a mantener una continua conexión con su fuente secreta de alimentación. Como Santo Domingo de Guzmán “habla a Dios o de Dios”. No se avergüenza de referirlo todo a Jesús, el Dios amado, como, en el desempeño de su singular misión apostólica, lo hace Pablo. Los santos se asemejan en el amor a Cristo. Sus individualidades quedan intactas, pero, participan del mismo Misterio que redime y santifica. Es apasionante y conmovedor observar, en cada uno de ellos, las ricas modalidades del mismo amor al Señor (crucificado y resucitado).

Para entender la personalidad de Crescencia es preciso identificar las diversas influencias, familiares, culturales y religiosas que han gravitado en su formación. En la primera mitad del siglo XX la fe constituía un asunto privado, raramente influyente en la vida social de quienes se profesaban “católicos”. Conservaba expresiones formales, fácilmente desmentidas (o traicionadas) en la práctica. Los santos no entienden esa dicotomía. La fe vivida se opone a lo que la contradice y a toda forma de embuste, justificado desde una religiosidad aparente y farisaica. La vida santa no es confrontativa sino testimonial. El Papa Benedicto XVI lo acaba de expresar de esta manera:necesitamos hombres y mujeres que hablen con su vida, que sepan comunicar el Evangelio, con claridad y coraje, con la transparencia de las acciones, con la pasión alegre de la caridad”. (Al Consejo Pontificio para la Cultura – 13 de noviembre 2010). Una de esas mujeres, requeridas por el mundo actual, es la Venerable María Crescencia. Su admirable silencio constituye el lenguaje más elocuente de la sabiduría. La fatuidad que caracteriza al mundo de las comunicaciones actuales le impide entender, e interesarle entender, a los santos. Es un mundo que ha perdido el anhelo del contenido mismo de la sabiduría. No es el discurso dialécticamente hábil el que podrá devolverle esa ansiedad connatural. Únicamente lo logrará el testimonio de hombres y mujeres santos.

La santidad otorga transparencia a la verdad, le ofrece encarnadura, no soporta la mentira, la denuncia y la elimina donde se ha instalado. Los santos son seres silenciosos, pero, incomodan a quienes insisten en vivir en el engaño. El poeta francés Paul Claudel atribuye al sacerdote lo que es atribuible a los santos: “Llevan con sola su presencia la inquietud y el desasosiego en todo lo que hay en nosotros de indigno y vergonzoso”. La pequeña y silenciosa Crescencia dice al mundo actual lo que Dios le encarga decir. Es un profeta auténtico e insobornable, como lo fue Teresa de Lisieux, Francisco de Asís, Ceferino Namuncurá y Brochero. No sabe que lo es, ni pretende saberlo. La base de extrema humildad que sustenta su espiritualidad, garantiza ese peculiar profetismo. Cuando falta esa base de sustentación se falsea la misión y el llamado “profetismo” se convierte en un engaño deslumbrante y fugaz. Los santos, sea cual fuere su situación en la sociedad y en la Iglesia, extraen su comportamiento virtuoso de la humildad. Son los “humildes” capaces de asumir las más graves responsabilidades con éxito. Dios cuenta absolutamente con ellos. Jesús no intenta hacer nada con quienes no son humildes, hasta que lo sean. Pedro debió abandonar su pretensión de prevalecer sobre sus condiscípulos, apoyado en una virtud que no poseía. El Señor lo desafía: “¿Me amas más que éstos?” El Apóstol había vivido recientemente una experiencia traumática: lo había negado tres veces. El llanto amargo constituyó la manifestación de su arrepentimiento y conversión. Aprendió entonces a amar humildemente a su Señor. Ahora lo ama sin pretender ser considerado como quien lo ama más: “Tu lo sabes todo, tu sabes que te amo”.

Dios hace grandes a los pequeños, y santos a los humildes. La pequeñísima Crescencia se convirtió en un gigante entre las manos de Dios. Francisco de Asís quiso ser el “menor”, por eso sus frailes se autocalificarán “menores”. Es el propósito de seguir a Jesús de verdad: en su pobreza y en su silencio. La humildad causa una transparencia que permite ver a Dios en la humilde factura humana de Cristo. Sin fe es imposible entender, en una figura humanamente pobre, el misterio que guarda. Crescencia aparece como una joven religiosa, sin dotes intelectuales sobresalientes, dedicada a menesteres humildes y empeñada en ocultarse más. No es timidez la suya sino gran deseo de estar con Jesús, en la oquedad del lugar que Él eligió. Allí se siente cómoda, no porque nadie la molesta sino porque está con Él. Crescencia crece en el amor porque crece en la humildad, y viceversa.