20/01 – Domingo II° Durante el año

Juan 2, 1-11

En las Bodas de Caná. Jesús se presenta con ocasión de celebrarse una boda. Expresa, de ese modo, su ingreso en la vida de los hombres. Aunque en sus comienzos, ya está iniciado su ministerio; lo acompaña un grupo de discípulos con la presencia de su Madre. Es una escena muy solicitada en círculos donde se cultivan los valores aplicables a la espiritualidad matrimonial y familiar. El evangelista San Juan considera Caná como el adelanto de la “hora” en el desempeño de la misión que Jesús recibe de su Padre. Sorprende el protagonismo de Maria. No parece suplicar, y menos disponer, para que Jesús haga lo que hizo. Simplemente le transmite la alarmante noticia, una especie de informe formulado “soto voce”: “Y como faltaba vino, la Madre de Jesús le dijo: ‘No tienen vino’” (Juan 2, 3). A pesar de la aclaración de su Hijo se cumple el deseo de la Madre. Aquellos servidores hacen todo lo que Jesús les dice y son testigos obligados del milagro. También lo son los discípulos y, como consecuencia: “sus discípulos creyeron en él”. El signo, convenientemente iluminado por la fe, guarda el secreto del conocimiento de la verdad. En Caná el prodigio de la transformación del agua en vino da lugar a la correcta lectura de los Patriarcas y Profetas para identificar al Mesías esperado.

Reconectar la fe a las fuentes de su alimentación. ¿Quiénes están dispuestos a leer en los signos la verdad que transmiten? ¿Quiénes lo lograron entonces? No son los prejuiciados por estereotipos inconmovibles, absorbidos por el materialismo que todo lo lee desde su propia e inestable clave. Los simples, los sabios humildes, los que saben no tener algún proyecto intelectual de su propia invención; ellos son quienes entienden lo que se les ofrece de parte de Dios. Los discípulos de Jesús exhiben una ingenuidad que los aísla de la soberbia. Incluso los más reflexivos como Juan y Natanael. El prestigio creciente del joven Maestro está bien fundado en sus mentes y en sus corazones. Lo siguen a Él, no se atreven a discutir su enseñanza porque no la entiendan ocasionalmente. El signo de la transformación del agua en vino es tan claro que resulta ilegible desde otra perspectiva que intente reelaborarlo. Los discípulos creen lo que ven y comienzan a plantearse si ese joven no es el Dios encarnado. La Resurrección confirmará lo que en Caná vislumbran veladamente. El mundo, en la perspectiva profética de Benedicto XVI, necesita rehacer el camino emprendido entonces por los primeros discípulos. Cuando me refiero al mundo entiendo “todo el mundo”, particularmente el de los creyentes. El desgaste, causado por el constante conflicto con la incredulidad, reclama ponerse en condiciones para reconectar la débil fe existente con las fuentes de su alimentación. El Papa nos recomienda qué hacer. Es preciso aclimatar el año iniciado con la lectura orante de la Escritura y la contemplación.

Adhesión a la persona del Redentor. El compromiso de Dios con su criatura llega al punto de decidir la Encarnación de su Hijo divino. El pecado ha hecho añicos la creación visible, por culpa de quien debía constituirse en su síntesis. El hombre es ese irresponsable que causó la mayor hecatombe cuando decidió rechazar el plan de Dios interponiendo el suyo. ¡Pobre plan inspirado por el demonio! Aunque vencido ya por Cristo muchos se empeñan en mantenerlo vigente. Pero, muchos otros, por su adhesión de fe a la persona del Redentor, hacen efectiva su victoria “sobre el pecado y sobre la muerte”. Siendo la fe una decisión libre, el riesgo de no decidir bien está siempre agazapado, en cada rincón de la propia historia, como un diabólico tentador. La gracia redentora se constituye en posibilidad para repeler la tentación y encaminarse hacia la santidad. Es preciso consentir en su acción bajo la forma de súplica humilde y constante. La vida cristiana, iniciada en el instante del Bautismo, puede transcurrir así con absoluta normalidad. Cuando se sale de ese rumbo, la incoherencia y la dispersión se apoderan de la existencia del bautizado y de todo hombre.

El mundo no podrá prescindir de Cristo. Es urgente establecer una estricta coherencia entre la fe y la vida. Es un deber impostergable, si de veras se quiere llegar a la paz del espíritu y de la sociedad, que se concentre allí todo el empeño de los principales responsables del orden y de la justicia. La presencia de Jesús en Caná dice al mundo que no podrá prescindir de Él en lo sucesivo. Es el “predilecto del Padre” y Quien, Dios verdadero, viene a “quitar el pecado del mundo” con un nuevo acto de amor, más conmovedor que la primera Creación, malograda en el hombre por el mal uso de su libertad. La presencia de Jesús, junto a su Madre y a sus primeros discípulos, obtendrá su proyección histórica en el Misterio de su Muerte y Resurrección.