30/12 – Sagrada Familia

30  de diciembre de 2012

Lucas 2, 22-35

 

          La Sagrada Familia reivindica la sacralidad de la familia. La Familia de Jesús, María y José reivindica la sacralidad de toda familia humana. Hoy la celebramos desafiando la extraña corriente pseudocultural que pretende destruirla. Allí está cumplido el plan divino sobre la familia. Un modelo imitable, donde los valores están presentes de manera excelente. Para ello se necesita que la sociedad deje de estar de espaldas a Dios. ¿Lo está ahora? No en sus entrañas populares aunque se esmere en representar el papel de cultora del progreso, en realidad negador de los principios que la sustentaron y la sustentan. Me refiero particularmente a los impiadosos ataques que recibió y recibe la institución familiar de parte de algunas legislaturas de nuestra amada Nación. ¡Qué mal se define el principio teóricamente respetable de la legítima pluralidad cuando se lo desvincula de los profesados, desde los orígenes, por la mayoría del pueblo! Los desbordes detectados a diario en las relaciones entre las personas y grupos muestran el grado de deterioro que el desprecio de los principios cristianos está causando. La autoridad paterna y materna está siendo socavada por un adoctrinamiento ajeno a la familia que deja sin instrumentos adecuados para la tarea educativa que corresponde a los padres en el ámbito de sus propios hogares.

          Doble misión de la familia cristiana. Desde hace más de 20 siglos el concepto de la institución conyugal y familiar ha recibido su definitiva formulación en la Sagrada Familia de Nazaret. No pretendemos que quienes no adhieran a la fe cristiana deban adoptar una estructura que no corresponda a sus creencias. Pero, los principios básicos de la heterosexualidad y del respeto a la vida y su transmisión, deben ser reconocidos y respetados como inscritos en la naturaleza humana. Las homilías van dirigidas a una población cristiana y, por lo mismo, es deber de los ministros de la Palabra exponer la verdad de la fe con absoluta claridad. Jesús no se mezclaba en fútiles discusiones con los escribas y fariseos de su tiempo; simplemente exponía lo que había  traído de su Padre para que los hombres comprendieran que “su Padre” era el Padre de todos: “Mi Padre y el Padre de ustedes, mi Dios y el Dios de ustedes”. La familia compuesta por una mujer y un varón cristianos tiene una doble misión. Me refiero a la de ser “célula esencial” de la sociedad, en su dimensión cívica y patriótica y en su dimensión eclesial. Dimensiones inseparables e igualmente trascendentes. La acción evangelizadora, que compete a todos los bautizados, cualquiera sea la función que deban ejercer tanto en el mundo de la cultura, de la ciencia, de la política y del arte, como en la Iglesia, compromete, con particular urgencia, al hombre y a la mujer que se profesen públicamente cristianos.

          El matrimonio y la familia expresan la belleza del amor de Dios. El llamado del Santo Padre a celebrar el Año de la Fe se refiere a quienes, por su carácter bautismal, debieran obrar inspirados por el Espíritu que Jesús resucitado les ofrece. La fe renovada necesita expresarse socialmente. Sus parámetros no entran en colisión con los legítimos adoptados por quienes no adhieren a la misma fe religiosa, más bien orientan todo auténtico valor hacia su perfección.  El matrimonio y la familia, como ámbito donde se expresa la belleza del amor de Dios – o la verdadera identidad de “Dios Amor” – adquieren la transparencia y estabilidad que les son naturalmente propias. Ante la antojadiza avalancha de diferentes y contradictorias opciones sexuales se ha producido una absurda nivelación entre la institución matrimonial y las versiones distorsionadas de la misma. Es preciso que las discrepancias, con esas adulteraciones de la natural institución matrimonial, cobren estado público e influyan en la legislación propia. El Evangelio, expuesto legítimamente por la Iglesia, manifiesta la doctrina del Divino Maestro sobre el particular. Su estilo no deja lugar a la confusión; siempre es claro y contundente.

          Conversión a la Verdad. La Sagrada Familia de Nazaret, cuya Fiesta hoy celebramos, encarna, para los cristianos y para el mundo, el mensaje concerniente al proyecto original del matrimonio y de la familia, como también el llamado a salvarlo de las actuales deformaciones. Las contiendas mediáticas ocasionadas por el proyecto de legislación en favor del mal llamado “matrimonio igualitario”, no hicieron más que intentar legitimar las contradicciones. La verdad se expresa en la vida y, por causa de la persistencia del pecado, reclama la conversión. Jesús no vino a exponer a la pública contienda la Verdad a trajo del seno de la Trinidad. No vino a pelearse con los hombres sino a redimirlos con la Verdad. Él es la Verdad que salva y libera: “La Verdad los hará libres”. Su actitud misionera inicial no deja lugar a dudas: “A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: `Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca” (Mateo 4, 17).