Domingo 22° durante el año

28 de agosto de 2016

Lucas 14, 1. 7-14

1.- Amonestación oportuna. Jesús viene a cambiar el corazón, afirmábamos hace dos domingos. Lo hace por la acción del Espíritu, que es el Artífice insustituible en la construcción del hombre nuevo, del que Cristo es causa y modelo. Como es habitual en Él, no se detiene en la doctrina bien formulada; con sus gestos directos y simples abre caminos de comportamientos nuevos. Al observar los irrefrenables movimientos de quienes buscan ocupar los puestos de prestigio, les advierte: “Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar…”. ” Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio…”. “Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”. (Lucas 14, 8-13). Existe un ánimo falsificador en todo intento de situarse en el lugar que no corresponde. Decía una Doctora de la Iglesia, Santa Teresa de Jesús, que “la humildad es la verdad”. Se deduce que la soberbia, como opuesta a la humildad, es una vergonzosa falsificación. Es tan corriente y habitual, ese intento de aparecer importante, que se halla gradualmente incorporado en las relaciones de casi todas las personas. En algunos circulos se lo considera legítimo, hasta virtuoso. Proponerse ser el primero resulta de la intención de competir para eliminar adversarios. Otra cosa es desarrollar, hasta la perfección, los dones y carismas recibidos, ya que la finalidad de los mismos es el bien común.

2.- La humildad es la base de una buena convivencia. El propósito de Jesús, al formular tales recomendaciones, es proyectar su virtuoso comportamiento sobre las posibilidades éticas de quienes lo escuchan. Se apoya en una argumentación de aparente conveniencia práctica: “Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: ‘Amigo, acércate más ‘, y así quedarás bien delante de todos los invitados”. (Lucas 14, 10). Pero su mensaje trasciende lo que expresa y abre un panorama superior. La conducta sugerida corresponde a la práctica de una virtud incomprensible para el mundo, pero fundamental para la construcción del hombre nuevo, nacido del Evangelio. La humildad está en la base de la espiritualidad cristiana. Es innegable la predilección que la Escritura otorga a la virtud de la humildad. Es cierto, como enseña San Pablo, que la caridad “no pasará jamás”, y lo confirma resaltándola entre las otras: “En una palabra, ahora existen tres cosas (virtudes): la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande de todas es el amor”. (1 Corintios 13, 13). Pero la humildad es la condición absolutamente necesaria para llegar al amor. Dios prefiere a los humildes como transmisores de sus misterios, porque los transparentarán con absoluta fidelidad. La fidelidad, que nace de la humildad, es amor. No es fácil que se preste atención a esta perspectiva evangélica, en un mundo donde vige la distorsión y el fraude. No obstante aparecen seres excepcionales que regulan sus compromisos temporales en un total acuerdo con esta visión y estilo de vida. Me refiero a los Santos. Constituyen el germen de la nueva humanidad, inaugurada por Jesús – el Hombre perfecto – creado “en justicia y santidad”. A medida que nos acercamos existencialmente a Él, nos renovamos y nuestro mundo se renueva. Se necesitará recorrer un sendero de purificación, en el que el mal – el pecado – será definitivamente erradicado y el amor vencerá al egoismo y a la muerte.

3.- No hay convivencia cívica sin diálogo honesto. Los sabios son humildes, y la modestia les ofrece la capacidad de inquirir, investigar y rectificar los métodos de aprendizaje de la verdad que pretenden formular. No sentirse dueños de la verdad se inspira en una práctica efectiva de la humildad. Cuanto menos humildad, mayor distanciamiento de la verdad. Es aquí donde aparece la inconsistencia de sistemas totalitarios, causantes de miserias e infortunios en pueblos, virtualmente prósperos. La llave del triunfo, en todo el ámbito de la vida política y social, es la humildad: para reconocer los propios limites, para detectar y corregir los inevitables errores, para entablar un diálogo sereno y, si es posible patriótico y fraterno, para disponer de la honestidad intelectual que permita reconocer la verdad donde se insinúe y para respetar al más adversario de los oponentes. Jesús, poniéndose en nuestro lugar, al encarnarse realmente, nos abre el camino del conocimiento de la verdad y, para ello, nos exhorta a ser como Él y aprender del Padre lo que nos urge retrasmitir en diálogo con nuestros conciudadanos y hermanos. La soberbia es el mal que empuja a la sociedad a la destrucción. Dios salva al pueblo escogiendo a sus humildes, para que recupere – por ellos – la orientación al Bien y a la Verdad.

4.- Construir el presente respetando el pasado. Cuando la soberbia predomina, se multiplican las agresiones y los conflictos no se resuelven. Lo observamos día a día. No logramos reconocer el error en que estamos empantanados y la necesidad urgente de producir un cambio sustancial. Existe cierto empecinamiento al sostener personales o grupales posiciones como si fueran la expresión de la única y absoluta verdad. De esa manera se suprime el valor de la “continuidad”, y se niega reconocer, humilde y sensatamente, los bienes recibidos del pasado. Cuando no se aprenden las lecciones del pasado, se reiteran y agravan los errores que entonces se cometieron. Cuando yo era estudiante de latin se repetía una frase – en un latin poco ciceroniano – que decía así: “intellectus apretatus discurrit” (el entendimiento urgido piensa). Lo aprendido dolorosamente por nuestros mayores debe ser respetado – o no olvidado -; esto no es lo mismo que permanecer anclados en el pasado. En cada pueblo, y en el mundo, existe un depósito cultural y espiritual que debe ser conservado con cuidado, es decir, convenientemente enriquecido con los legítimos aportes del presente. El progreso consiste en actualizar y enriquecer ese patrimonio, no en destruirlo.

Domingo 21° durante el año

21 de agosto de 2016

Lucas 13, 22-30

1. La senda que conduce a la Vida es estrecha. No sé si nuestros contemporáneos experimentan el temor al fracaso existencial: haber vivido en vano; vivir sin rumbo, como flotando sobre el abismo de una existencia vacía y angustiarse ante la perspectiva de una eternidad semejante. Es comprensible que el Señor sea el depositario de la dramática confesión de aquellos primeros interlocutores: “Una persona le preguntó: ‘Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?”. (Lucas 13, 23); incluye la fragilidad de la vida temporal y el miedo de que la misma acabe y se diluya. La salvación y la perdición constituyen las antagónica alternativas de la vida humana. Jesús responde a esa desgarradora cuestión de manera única y simple: “Luchen para abrirse camino por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán”. (ibidem. 13, 24). Nos encontramos atrapados por el facilismo, como cultura de lo inmediato sin esfuerzo, desde el latrocinio incalificable hasta el “dolce far niente” irresponsablemente apetecido como ideal de vida. Las enseñanzas del Maestro divino, y su personal testimonio, ilustran el itinerario de quienes quieran orientarse a la salvación. La intervención de la gracia, del todo necesaria, no prescinde del consentimiento libre de cada persona, como esfuerzo que duele. La exhortación al despojo se reduce a recalificar el aporte personal como generosa renuncia: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz cada día y me siga”. (Lucas 9, 23). La estrechez de la senda que conduce a la Vida abarca la existencia de quienes deciden recorrerla en pos de Jesús.

2.- La necesidad de la gracia y de nuestra respuesta. Recuperar el equilibrio, o la plena vigencia de la virtud, resulta de cargar la propia cruz cada día. Somos – nosotros mismos – la cruz que debemos cargar: nuestros naturales límites, nuestras falencias y pecados, los altercados con un entorno agresivo y desalentador. No es fácil poner el propio y obligatorio esfuerzo sin creer que exclusivamente de él depende el resultado. Sin él no se dará, pero, abandonarlo porque no se logre el propósito intentado es presunción y soberbia. Somos colaboradores en la continua actividad creadora de Dios. Él sigue siendo, sin interrupción, el Creador. Nuestra obligada colaboración está subordinada a la suya. La prescindencia de Dios hace, de muchos seres humanos, verdaderos vagabundos. Como consecuencia la creación es manipulada hasta su destrucción. Lo estamos comprobando en el mal trato a que es sometido nuestro planeta y, particularmente, a la inconsideración cruel con que unas personas tratan a otras. Hasta en estos principios del siglo XXI, la delincuencia callejera y el terrorismo causan deplorables y sangrientos incidentes. La inseguridad enluta a pacíficas familias y contamina el clima para la convivencia social. Se requerirá una convergencia valiente de valores para hallar el antídoto a tanto mal. Los valores se encarnan, más allá de su hallazgo y lúcida formulación. No se imponen con métodos represivos sino con una educación a todo nivel y por todos los medios. Si Cristo es el modelo revelado a imitar, la acción evangelizadora debe penetrar saludablemente el ámbito de la cultura popular, inspirar una eficaz y actualizada legislación, como también la administración de la justicia y el ejercicio del poder político.

3.- Que la Verdad no nos sorprenda distraídos. Se juega el sentido auténtico de la vida. Es única y no hay reencarnación para corregir los errores cometidos en el ceñido lapso de la vida terrenal. Cristo, su enseñanza, está a disposición de todos. Se manifiesta – si agudizamos el sentido de la fe – en cada instante de nuestras brevísimas jornadas. Es admirable cómo se producen esas gracias, con tal que mantengamos la atención puesta en Él. No deja de expresarnos que debemos ser cautos y poner, de nuestra parte, el mayor cuidado para que la Verdad no nos sorprenda distraídos. Es riesgo común sentirse privilegiados por causa de contactos institucionales y sociales con “lo católico”, en razón de cierta “amistad” con Obispos y sacerdotes, hasta con el mismo Papa Francisco, sin haber decidido una sincera y profunda conversión del corazón. Son fuertes las advertencias del Señor: “Entonces comenzarán a decir: ‘Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas’. ‘Pero él les dirá: No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que hacen el mal!”. (Lucas 13, 26-27). Lo aparente puede anular lo verdadero si nos prestamos a hacerle el juego. El dicho, debilitado por el abuso, mantiene todo su valor: “Las apariencias engañan”. Para ser fieles a la verdad se requiere un grado alto de honestidad, que no se da en todos. Jesús debió combatir contra los escribas y fariseos hasta definirlos como cultores de las apariencias y deformadores habituales de la Ley de Moisés. Engañaban a un pueblo educado en la obediencia a los Mandamientos divinos – que aquellos respetados dirigentes debían transmitir, aunque no fueran “respetables” – pueblo no obstante consternado ante el escándalo del antitestimonio, que el mismo Redentor denunciará con dureza.

4.- Cristo, el Dios cercano. La fe establece una relación inquebrantable con el Salvador. La Palabra que celebramos cada domingo alimenta la fe y, desde ella, orienta el comportamiento de quienes deciden seguir a Cristo entre los obstáculos interpuestos por la incredulidad y el relativismo. Es preciso escuchar y obedecer a la Palabra que ha asumido nuestra carne y nuestra historia. Que ha fijado definitivamente su morada entre nosotros para que lo sepamos próximo en cada uno de nuestros acontecimientos: gozosos, atribulados y riesgosos. En Cristo, Dios manifiesta su presencia transformadora, aún cuando la tragedia nos haga exclamar angustiados: “¿Dónde está Dios?”.

Domingo 20° durante el año

14 de agosto de 2016

Lucas 12, 49-53

1.- Dios, el auxilio necesario de los hombres. Jesús vino a salvar al hombre, irreconocible por causa de sus increíbles deformaciones morales. Saltan a la vista y deconciertan a quienes observan sus manifestaciones en la historia. Ya no se sabe qué hacer con sus despites e irresponsables marchas y contramarchas. Lo hemos afirmado muchas veces: aplicamos remiendos a las famosas grietas, sin posibilidad de cubrirlas saludablemente. El remedio debe ir al núcleo del mal. Me refiero a la persona humana que, a causa del mal uso de su libertad, ha decidido hacer lo que no debía. En esa situación – en la que el mundo actual está inmerso – el hombre, su responsable principal, se muestra incapaz de resolverla. Es como un enfermo en estado comatoso; sin el auxilio de una terapia aplicada por otro, su destino ineludible es la muerte. El “Otro” que necesita el hombre – todo hombre – es Dios. Es Quien acude al hombre necesitado, en el Misterio del Verbo encarnado, y causa su Redención. Lo recordamos cuando actualizamos sacramentalmente la Pascua, al celebrar la Eucaristía. En el diálogo con quienes lo seguían, con esperanza y cierta curiosidad, el Maestro es frontal, no edulcora la realidad amarga. Sus expresiones son directas y poco diplomáticas: “¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división”. (Lucas 12, 51)

2.- La división, consecuencia del antagonismo entre el bien y el mal. La división es consecuencia inevitable del intento por sostener la verdad frente al error, al fraude y a la corrupción. La presencia de Cristo, la Verdad que viene de Dios para contrarrestar el error – sistema de engaño y fraude instalado por el mismo hombre – responde a la dramática necesidad de redención que parece hacerse más urgente en este inaugurado siglo XXI. Las expresiones de Jesús son claras y no se prestan a ser interpretadas por el uso arbitrario de los ideólogos de turno. Cristo es la Verdad que el hombre necesita para encontrar su propia verdad y vivir en ella. De otra manera descenderá a los niveles más bajos de la hipocresía, sin saber servir y administrar la justicia, convitiéndo el cumplimiento de la Ley en una meta inalcanzable. Es doloroso comprobar que la desconfianza popular, referida al ejercicio de la justicia, se difunda como un peligroso reguero de pólvora. La misma democracia, como sistema político, es puesta en cuestión. El respeto por las instituciones es una característica esencial de la democracia. No ocurre lo mismo en toda forma de dictadura o de totalitarismo. La libertad ha sido el móvil de las gestas emancipadoras que desembocaron en la Independencia, cuyo bicentenario acabamos de celebrar. Bien lo entendieron nuestros proceres reunidos en Tucumán. Ahora debemos entenderlo nosotros y pensar nuestro futuro sacudiendo las toxinas acumuladas en décadas de irresponsables desencuentros.

3.- “Este niño será.. signo de contradicción” (Lucas 2, 34). Jesús, como lo pronosticó Simeón, “será signo de contradicción”:: denunciará el error, disipará las tinieblas, se opondrá a toda forma de corrupción y no tolerará el engaño y la hipocresía donde aparezca. Es urgente que se produzca un evangélico discernimiento, en poblaciones como la nuestra, en las que prevalece formalmente la fe cristiana. El escándalo de la corrupción aflorado en la sociedad, del que somos sorprendidos espectadores, procede de un comportamiento que traiciona, hasta de forma obscena, la esencia de la fe en Cristo. El mejor servicio que se debe prestar al país consiste en reclamar coherencia entre fe (o principios éticos) y vida – sin mirar para otro lado – cuando la moral pública llega a tales extremos de deterioro. Quienes deben ofrecerlo serán urgidos a superar escollos graves, tanto internos y personales como sociales. Existe más información que formación en el debate mediatizado, lo cual lleva a la falsa conclusión de que no se puede abjetivar el bien y el mal, ni delinear las márgenes entre la destreza verbal y el testimonio de una vida honesta, entre la política como servicio humilde y el uso indiscriminado del poder. Necesitamos salir de este cerco tramposo y recomponer el orden, hecho añicos en nuestra vida personal, familiar y ciudadana. Hay mucho talento desperdiciado, sin perspectiva social y exclusivamente concentrado en mezquinos proyectos personales y sectoriales.

4.- Sin un corazón nuevo no hay cambio que valga. Jesús vino a cambiar a la persona humana para que logre protagonizar una historia nueva. Ese cambio debe expresarse en el orden social, en la armonización de las instituciones que lo componen, en sus proyectos políticos y económicos, en la educación, en la ciencia y en la sana promoción del arte. La familia es la primordial institución, donde ese renovado protagonismo deba hacer sentir su influencia. Es la proveedora providencial de los hombres y mujeres que encarnen ese orden nuevo. Es un signo alarmante que se la reemplace por sustitutos negadores de su naturaleza o se la relativice legalizando su inestabilidad. Cristo se propone – a Sí mismo – como la Verdad a la que debe tender todo comportamiento humano. El Evangelio es un manual imprescindible para reglamentar la vida personal y social de quienes creen en Cristo.

Domingo 19° durante el año

7 de agosto de 2016

Lucas 12, 32-48

1.- La divinización sacrílega del dinero. Jesús deja al descubierto la fragilidad de los llamados “bienes materiales”. No vale la pena acumularlos sin ponerlos al servicio de los demás. Jesús exhorta a desprenderse de ellos, otorgándoles la finalidad que providencialmente tienen: la construcción del Reino, desde la vida temporal. Es preciso cobrar conciencia de que, si las riquezas materiales se constituyen en absoluto de la vida, desplazan al verdadero Dios y se erigen en referencias idolátricas. Grave error y fuente de los mayores desequilibrios. Obtienen una notoriedad innegable en la sociedad contemporánea. El pecado se constituye en su motivador original. Es el mal que da batalla continua e inclemente durante todo el tiempo de la historia y, por lo mismo, del que corresponde a cada persona. La pérdida – por causa de la inexorable muerte – de todas las riquezas acumuladas, durante la vida, deja de manifiesto que merecen ser desestimadas como absoluto. La exhortación a desprenderse de ellas, para ponerlas al servicio de quienes lo necesiten, es una justa valoración de las mismas. Quienes las posean, aún legítimamente obtenidas, tienen la misión de administrarlas como corresponde; no para su exclusivo confort y bienestar sino para el bien de todos, comenzando por los más pobres: “Vendan sus bienes y denlos como limosna (a los pobres)”. (Lucas 12, 33) Los auténticos empresarios – sobre todo si son cristianos – se empeñan en administrar los bienes, que saben agenciar con habilidad, para crear un equlibrio social – padre de la justicia social – que elimine las escandalosas desigualdades.

2.- La urgencia de escuchar a Cristo. El Señor sabe ilustrar el meollo de su enseñanza con parábolas sumamente plásticas y comprensibles. Dios es misericordioso con el pecador que se arrepiente – y pone su empeño en salirse del pecado – para emprender una nueva relación con Él. Con quienes no han llegado al arrepentimiento no deja de ser potencialmente misericordioso, aunque, a pesar suyo, no pueda aplicar el perdón en quien se niega a recibirlo. Lo hace, de todos modos, ofreciéndose a perdonar, con un gesto histórico que debiera conmover el corazón no petrificado íntegramente por el pecado. Así inspira el regreso humilde del hijo perdido – que reconoce su mísera condición – con el fin de transformarlo con su perdón. Así es Dios, revelado por Quien es enviado al mundo. Toda otra tentativa de conocer a Dios, choca con la incapacidad humana para conocerlo. Cristo se autocalifica como el único que conoce a Dios y viene a revelarlo, ya que es Dios hecho hombre: “Ahora saben que todo lo que me has dado viene de tí, porque les comuniqué las palabras que tú me diste: ellos han reconocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me enviaste”. (Juan 17, 7-8) Por lo mismo es preciso escucharlo y obedecer fielmente sus mandatos.

3.- La muerte como desposesión de las riquezas. Para lograr ese equilibrio virtuoso se requiere una actitud vigilante. La vida del hombre debe ser una espera cuidadosa, para que su reacción a la llegada del Señor sea inmediata y oportuna. Los textos parabólicos, formulados por los Evangelistas, mantienen una constancia lineal que no deja lugar a conjeturas extrañas a su sentido original. Se ha perdido el estado de vigilia que recomienda Jesús; no obstante, la sorpresa de la muerte no deja su condición de tal porque el mundo se empeñe en crear nuevas y exitantes distracciones. En las antípodas de la enseñanza evangélica se encuentran algunas afirmaciones, de amplia y continua expansión en los medios de comunicación. La muerte temporal marca el encuentro con Dios, devenido – por la Encarnación – en Redentor. No a todos ha llegado la explicitación de esta verdad. No quita que sea verdad y se exprese más allá de las definiciones o negaciones que los hombres pretendan imponerle dialécticamente. Estamos invadidos por agnósticos y ateos confesos. Es un fenómeno neo cultural que salpica a mucha gente honesta, que demanda de los creyentes un testimonio de vida. He mencionado, en repetidas ocasiones, la expresión inspirada de San Juan Pablo II: “El mundo contemporáneo espera de los cristianos el testimonio de la santidad”. (año 2001)

4.- El testimonio cristiano: necesario a la evangelización. La exclamación, atribuida a Mahatma Gandhi, es expresiva de la desilusión causada por el comportamiento de muchos cristianos: “No soy cristiano por culpa de los cristianos”. El testimonio de santidad de los evangelizadores integra necesariamente toda acción evangelizadora. Es así como el mundo se convence de la eficacia transformadora del Evangelio predicado. Ese testimonio se da en muchos cristianos, socialmente anónimos, y por lo mismo, ignorados en la vidriera caprichosa del mundo. Jesús mismo exhorta a no esconder la luz para que el mundo “glorifique al Padre” mediante la conversión y una nueva vida.

Domingo 18° durante el año

31 de julio de 2016

Lucas 12, 13-21

1.- El siniestro aspecto de la avaricia. La escandalosa acumulación de dólares – y mal habidos – es el resultado de la avaricia denunciada por Jesús: “Cuidense de la avaricia, porque aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas”. (Lucas 12, 15) Como suele hacerlo habitualmente, cierra su enseñanza con una impresionante parábola: la del rico insensato (Lucas 12, 16-21). Somos proclives a buscar seguridades económicas, sobre todo otro interés, también quienes nos profesamos creyentes, y hasta promotores de la fe. Corremos el riesgo de connivencias inexplicables con los corruptos de turno, bajo el escondido pretexto de lograr un fin bueno, hasta santo. Pero, “el fin no justifica los medios”. Es contrario al Evangelio ese comportamiento. Jesús insiste en la transparencia y denuncia, con gran severidad, todo tipo de hipocresía farisaíca. Al exponer las razones que lo inspiran deja al descubierto la insensatez de la avaricia. La importancia que otorga el mundo al dinero combate y destruye los valores superiores, de índole espiritual y cultural. En virtud de la misma se cometen injusticias gravisimas, hasta llegar a dañar la salud y suprimir la vida, en una población indefensa y hambrienta de paz.

2.- La parábola del rico insensato. La parábola mencionada expone una situación humana límite; un rico terrateniente comprueba que sus cosechas han superado todas las expectativas. En lugar de compartir generosamente sus acrecentados bienes con operarios y colaboradores, proyecta ampliar sus graneros para su exclusivo provecho: “Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, contruiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida”. (Lucas 12, 18-20) ¿No constituye acaso la descripción del hombre de esta, en ocasiones, extravagante sociedad? Es preciso que, aunque inocentes, experimentemos el dolor de la culpa de los pocos – que son increíblemente demasiados – y nos pongamos a purificar moralmente lo que nos corresponda de nuestro medio ambiente: Nación, provincia, municipio, feligresía, familia e instituto educativo. Es el momento de poner las manos a la obra, sin victimizarnos o inculpar a otros, en interminables paneles de opinión que, por lo común, acaban en nada o en más irritación popular. Tenemos derecho a reclamar que jueces independientes administren justicia. Para ello, deben ser sabiamente seleccionados, asistidos y respetados por el poder político, las fuerzas de seguridad, los educadores y los medios de comunicación.

3.- La insensatez como falsificación de la verdad. El hombre de la parábola se ilusiona, sin medir la fragilidad de sus riquezas incrementadas. El misterioso anuncio de la muerte inmediata lo sorprende, sin estar preparado para enfrentarla: ” Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?” Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios”. (Lucas 12, 20-21) El pasajero bienestar, que proviene de la concentración de recursos monetarios, se disipa como la niebla matinal. La calificación de “insensato”, destacada en el relato de la parábola, adquiere una aterradora actualidad. Los “insensatos” son innumerables y se filtran en los espacios aparentemente más protegidos de todo tipo de avaricia. El texto evangélico de Lucas, leído en la Liturgia de la Palabra de este domingo, es un llamado urgente al desprendimiento y a la liberación de la locura compulsiva por juntar plata, bien o mal habida. La virtud del desprendimiento se educa desde la cuna, y el vicio, que la contradice, se inhala en otra cuna, de contextura moralmente cuestionable. La gracia de Cristo cambia los corazones y crea las condiciones familiares y sociales para que la solidaridad encuentre su auténtico camino de inserción, tanto en las personas como en las comunidades.

4.- Desprendimiento duro pero saludable. La parábola del rico insensato posee un dejo de amargura que golpea la conciencia de los más distraídos. El chasquido de ese impacto se hace oír a diario, en toda muerte súbita o clinicamente preanunciada. Es allí donde se esfuman irremediablemente los proyectos de un prolongado bienestar económico soñado. La parábola no deja margen para la duda. – “Esta noche vas a morir” – constituye un desprendimiento doloroso, pero saludable, del engaño en el que pretende encapsularnos el mundo frívolo imperante. Para que el pensamiento de la muerte deje de ser una inevitable tragedia, debemos acudir a la fe. Cristo ha vencido a la muerte, al quitar el pecado. La avaricia es el pecado que Cristo denuncia y vence en sus auténticos seguidores.

Domingo 17° durante el año

24 de julio de 2016

Lucas 11, 1-13

 

1.-  ¡Enséñanos a orar!  Jesús es un orante. Los Evangelios hacen referencia muy frecuente a sus períodos prolongados de oración y a los lugares de su recogimiento. De inmediato surge la pregunta, que busque satisfacer nuestra humana curiosidad: ¿Cristo necesitaba orar? Si, ciertamente. Su real asunción de la condición humana incluye la absoluta necesidad y dependencia de su Padre. En frecuentes textos evangélicos Jesús manifiesta su expresa sujeción al Padre. A pesar de que por naturaleza el Hijo es igual al Padre, producida la encarnación y sometido a la fragilidad de la naturaleza humana se declara inferior al Padre: “…porque yo he salido de Dios y vengo de él. No he venido por mí mismo, sino que él me envió”. (Juan 8, 42) Después del encuentro con la samaritana, corrobora su identidad humana y la subordinación que, en virtud de ella, debe al Padre: “Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra”. (Juan 4, 34) La frecuencia de la oración aclimata su presencia y su prédica. El texto así lo manifiesta desde el comienzo: “Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar…”. (Lucas 11, 1) El pedido, de sus cercanos seguidores, está motivado por la impresión que les causa verlo orar. Su experiencia de relación con el Padre otorga a su enseñanza un asombroso contenido de verdad. Escoge palabras simples, ejemplos inconfundibles y contagioso fervor. Así nace la universal oración del “Padre Nuestro”. Lo mismo podemos afirmar de la invitación a la suplica perseverante.

2.-   Es preciso aprender de Jesús.   En la actualidad ¿no aprendemos de Jesús, ni siquiera quienes estamos más comprometidos institucionalmente con la Iglesia? Cuando oramos, es el temor y la desesperación los ingredientes que nos impulsan, no la confianza filial y el gozo espiritual – no necesariamente emotivo – causado por la convicción creyente, que nos otorga la seguridad de estar “en familia”, con el Padre Dios. La parábola del amigo insistente recomienda la adopción de un comportamiento “atrevido” para tener en cuenta en la oración: “Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos (los tres panes) por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario”. (Lucas 11, 8) En el transcurso de la predicación, Jesús va aclarando pedagógicamente su enseñanza sobre la oración. Es preciso que sus discípulos aprendan de sus labios, y de su vida, la verdad que desmenuza en forma práctica. La insistencia y la perseverancia se constituyen en referencias necesarias. Él ora mucho y siempre. El contacto directo, que establece con su Padre, influye en el control manifestado en ocasiones de particular tensión. Las expresiones más fuertes se dan en Getsemaní y en la Cruz.  Es entonces cuando se produce el combate durísimo por ser fiel a su Padre. Como no podía ser de otra manera, la victoria de Jesús es total y definitiva.

3.-   Orar es centrar a Dios en la vida personal y social.   Quizás debamos repetir continuamente la petición de aquel discípulo a Jesús: “Señor, enséñanos a orar…”. (Lucas 11, 1) Nuestro mundo es un analfabeto en el arte de la oración. Se ora poco y se ora mal. El sonido a hueco proviene del descuido a que se ha sometido el paso inicial: la fe. Porque disminuye la fe en Cristo – el Dios encarnado – la oración se torna un formalismo sin vida y, por lo mismo, tedioso e insípido. Fue importante, en la celebración del último Congreso Eucarístico Nacional, el empeño por recuperar el fervor eucarístico. Nuestro pueblo, con su mayoría de bautizados, necesita recolocar a Dios en el centro de su vida social. De esa manera podrá trocar su actual estado, de continuos e insuperados desencuentros, en una pacífica y cordial convivencia. Para ello será preciso escuchar a Jesús, palabra por palabra. Él vincula la insistencia a la perseverancia: “También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre”. (Lucas 11, 9-10) La respuesta de Dios a esa oración no se deja esperar. La garantía de esa respuesta inmediata es la entrañable bondad del Padre Dios: “Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan”. (Lucas 11, 13)

4.-   Oración y confianza filial.   Ciertamente la oración debe manifestar la filial confianza en la bondad del Padre.  ¡Qué lejos están nuestras plegarias formales y ocasionales – a veces movidas por intereses mezquinos y no por Dios mismo – de la enseñanza evangélica sobre la oración! Es preciso volver al Evangelio y atender al Maestro divino que vuelca aquí su experiencia orante. Esto va para quienes están poco instruidos en el tema y para quienes se constituyen, al modo de los escribas, en sabedores perfectos e instructores de los demás. La oración se aprende orando. Los auténticos maestros son grandes orantes que saben exponer, con sencillez, los resultados de su callada y humilde experiencia.

Domingo 16° durante el año

17 de julio de 2016

Lucas 10, 38-42

1.- La actividad del servicio y la quietud de la contemplación. Esta visita y entrevista de Jesús, a la casa amiga de Betania, se ha constituido en ícono de la valoración de la contemplación. Se contraponen dos imágenes, para terminar reconciliándose. Me refiero a Marta y a María, las dos hermanas que, con Lázaro, constituyen la gran familia amiga de Jesús. Marta es ejecutiva, pronta al servicio de la casa y hospitalaria. María, en cambio, se ofrece a ser una delicada anfitriona, mediante la atención personal y la cordial conversación. Marta se empeña en que la casa, y su movimiento, concrete el mejor servicio para el dignisimo Amigo. No entiende que su hermana no haga lo que ella y, al contrario, invierta todo su tiempo en contemplar y escuchar al Maestro, inmóvil y tan desinteresada de la abrumadora tarea doméstica. La confianza en el Señor y amigo, la autoriza a presentar su razonable queja: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude”. (Lucas 10, 40) La respuesta, aunque delicada y afectuosa, es implacable: “Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada”. (Lucas 10, 41-42)

2.- La lección del Maestro desde la experiencia de Marta y de María. En esa simple escena familiar se plantea una cuestión de particular incidencia para la vida de las personas y de las comunidades.¿Qué es lo humanamente más importante? ¿la eficaz actividad empresarial o la quietud de la contemplación? En la respuesta de Jesús a Marta queda expuesto y resuelto el dilema. Una sola cosa es necesaria y María la ha descubierto y elegido. Como recompensa “no le será quitada”. Se han difundidos métodos diversos de meditación, provenientes de otras latitudes y culturas, a causa de su valor terapéutico. Nuestro mundo occidental no se acomoda a ellos y fácilmente los descarta como extraños e impracticables. No obstante, existe un misterioso reclamo del espíritu humano por una elemental forma de recogimiento y silencio interior. Únicamente la religión cultiva, con la práctica de la oración, lo que el ser humano necesita para lograr la perfección que le corresponde. La elección de Maria atrae la complacencia del Señor y le ofrece la ocasión de ponderar, en aquella intimidad, el valor del silencio y la contemplación. Hasta que no logremos el descubrimiento, que María obtuvo en la escucha del Maestro, no conseguiremos desplazar la añadidura abserbente que saca de quicio al más equilibrado. Cristo es “la imagen visible del Dios invisible”. Concreta el encuentro de “lo único necesario” para un mundo que lo busca como “oveja sin Pastor“. Es el Pastor ansiosamente buscado. A partir del encuentro de la fe, producido en el silencio de la contemplación, las cosas cambian y la verdad ocupa su propio sitio en los corazones y en las mentes.

3.- ¿Qué nos dice en la actualidad? Sin un encuentro con el Dios personal todo tipo de meditación es una terapia de poco alcance. El verdadero contemplativo orienta su vida a Dios, como principal referente, y excluye todo otro interés que no sea el Señor hallado y amado. María de Betania experimenta la plenitud de ese encuentro y no se inquieta por los enfados de su hermana. Está tan íntimamente absorta en su Señor y Maestro que nada, ni nadie, logra distraerla de su contemplación. Podemos explicarnos la decisión de los ermitaños de alejarse del mundo exterior para vivir en el silencio y en la soledad. El ser humano está esencialmente llamado a comunicarse con otras personas y, por lo mismo, al amor. Es su destino de perfección. El contemplativo se aparta de la algarabía, que el mundo exterior procura, en sus ruidosos y frívolos encuentros festivos. Al contrario, su corazón está lleno del amor de Dios, hasta el desborde, y considera – todo lo exterior – destructor de la auténtica felicidad. Es así que Dios, como único personalizador del ser racional, crea vinculos que construyen la auténtica comunidad. Cuando una Nación redacta su Carta Magna “invocando la protección de Dios, fuente de roda razón y justicia” (Preámbulo de la Constitución argentina), establece una necesaria y exigente relación con el Señor así invocado.

4.- La familia cristiana y Betania. Debiéramos crear ámbitos, semejantes al hogar de Betania, para aprender la lección que Maria logró para sí y que Marta, gracias a la suave y delicada amonestación de Jesús, pudo aprovechar y hacer propia. ¡Qué lejos estamos! ¡Cuánta necesidad manifestamos de su apredizaje! Advierto la confusión que se produce en algunas celebraciones litúrgicas, al reemplazar el cordial saludo de la paz por el bullicio incontenible de la plaza pública o de los recintos nocturnos de diversión. Desde la intimidad de la familia se puede y debe incorporar a la vida estos valores principales del recogimiento y de la reflexión. Como iglesia doméstica, el hogar cristiano, es escuela de escucha de la Palabra divina, de reflexión silenciosa y de obediencia. Cada comunidad – familiar y religiosa – puede y debe aprender de Betania – y ésta de Nazaret – donde la Verdad encarnada es escuchada humilde e inteligentemente.

Domingo 15° durante el año

10 de julio de 2016
Lucas 10, 25-37
1.-   El lenguaje de las parábolas.   Jesús hace un buen uso de las parábolas. Constituyen su lenguaje preferido, cuando quiere que lo entiendan los humildes y no lo entiendan quienes no lo son. Al llamar a la conversión reclama, de los así llamados, un abajamiento que los ponga al nivel que les corresponda. Existe la presunción de que cada cual es más de lo que es, a veces desbordando todo limite, hasta alcanzar una altura irreal y engañosa. El Demonio convierte la mentira en el rasgo que lo identifica, en su ser y en su obrar. Sus seguidores se distinguen por el mismo rasgo. La soberbia mantiene un progreso irrefrenable que causa tragedias en cada época. Cristo ha vencido al maligno, y lo vence en quienes deciden seguirlo. La soberbia es el claro signo de la influencia diabólica en la sociedad contemporánea. Contrariamente, el Divino vencedor del pecado y de la muerte, se presenta pobre y humilde, manso y silencioso. Allí está el secreto de su eficacia evangelizadora. Los grandes – que son los santos – se constituyen en testigos inigualables de la gracia, que es “poder de Dios para salvación de todos los que creen” (Romanos 1, 16). La virtud que los caracteriza es la humildad que, ciertamente, no es apocamiento ni timidez.
2.-   Pero, ¿quién es el prójimo?   El doctor de la Ley no afloja en su intento de dejar sin palabras al Maestro. La respuesta de Jesús a la primera pregunta aprovecha la versación del mismo cuestionador: “Has respondido exactamente, le dijo Jesús; obra así y alcanzarás la vida” (Lucas 10, 28). La intención malsana de confundirlo arremete, con cierto aire de seguridad: “El doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta:  ¿Y quién es mi prójimo? ” (Lucas 10, 29). La parábola del buen samaritano constituye una de las mejores expresiones  del mandamiento principal. Es muy oportuna la pregunta del doctor de la Ley. Una vez más el Maestro divino, al formular la doctrina, sugiere cómo se la debe llevar a la práctica. Los doctores de la Ley, y sus semejantes, corren el peligro, también en nuestros tiempos,. de pretender demostrar, con un lenguaje académico, lo que no logran “mostrar” en sus vidas. Jesús insiste en el testimonio visible y demonstrativo de su discipulado. Recuerdo una de sus afirmaciones más impactantes: “No el que me dice: Señor, Señor!! entrará en el Reino sino quien cumple la voluntad del Padre”. La palabra hace referencia a la verdad o no tiene valor alguno. Varios pasajes de los Evangelios reiteran esa enseñanza del Señor. No logramos aprenderla y producimos una cantidad innumerable de discursos brillantes e insustanciales.
3.-   El discurso y el compromiso.   Es lo que aparece, de forma habitual, en programas periodísticos calificados, deslumbrando o irritando a oyentes y espectadores. Si se educa el sano sentido critico en los ciudadanos, el bien decir agrada, pero, sus contenidos son examinados hasta lograr distinguir la verdad del error y la belleza del mal gusto. La enseñanza del Maestro divino reclama el cultivo de esa disposición intelectual y ética, que se identifica con una cierta “pre evangelización”. De esa manera, cuando sea anunciado explícitamente el Evangelio, los oyentes estarán dispuestos a prestarle atención y decidir responsablemente. Esa preparación reviste la importancia irreemplazable que, en el plan misterioso de Dios, obtuvo Juan Bautista como precursor del Señor. La Iglesia tiene que aceptar el desafio que la actualidad le ofrece para formular su bimilenaria doctrina. Es así que se producirá una mutua colaboración, como el Concilio Vaticano II lo anticipara hace cincuenta años, y fuera corroborado en las diversas expresiones del Magisterio posterior. Los asombrosos adelantos de la ciencia y de la tecnica no contradicen la fe, al contrario – si mantienen una relación justa y armoniosa con ella – constituirán un servicio invalorable para su exposición actualizada.
4.-   El amor verdadero hace el bien.   El samaritano es modelo de quienes cumplen la voluntad del Padre. Se desprende de todo interés personal, no calcula los riesgos que deba enfrentar y compromete su tiempo, sus asuntos y su dinero. Es fácil decirlo, pero, cuando llega el momento de su ejecución, la mezquidad pulveriza las mejores intenciones. Aquel extranjero, sin detenerse en la identidad del herido, se pone a la obra de socorrerlo. No ocurre lo mismo con los otros transeúntes, de encumbrada posición religiosa y social. Con una simple parábola, Cristo ofrece una exacta definición del “prójimo”. Su método pedagógico no deja márgenes para otra lectura. Su presuntuoso cuestionador caerá en su propia y saludable trampa: “¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?  El que tuvo compasión de él, le respondió el doctor. Jesús le dijo: ve, y procede tú de la misma manera”. (Lucas 10, 36-37)

Domingo 14° durante el año

3 de julio de 2016
Lucas 10, 1-9

1.- Preparar el encuentro con Cristo. El envío de los setenta y dos discípulos abre un abanico de verdades que deben ser incorporadas a nuestra vida de fe. La misión del discípulo es preparar el encuentro del mundo con Jesús: “…los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde Él debía ir”. (Lucas 10, 1) Riesgosa misión, sin duda, a causa de la desfavorable situación social y cultural del mundo, al que sus discípulos son enviados: “¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos”. (Lucas 10, 3). Los cristianos no tienen fueros como ocurre con algunos legisladores y funcionarios. Jesús los responsabiliza de la misión, que los urge – junto con Él – a “pagar todos los platos rotos de la humanidad”. Cristo se hace cargo de nuestros pecados, pero, no nos reemplaza, en el indelegable consentimiento que nos corresponde y le debemos, para que su gracia actúe eficazmente. Ese consentimiento es imprescindible, en él se juega el correcto uso de nuestra preciada libertad. Consiste en decidirse por el bien y la verdad; y rechazar el mal y la corrupción, para conformar ese buen uso de la libertad: “que hace libres”.
2.- El hombre, lider de sus contradicciones. La simple observación de la realidad nos ofrece el panorama doloroso de una sociedad sacudida por actitudes contradictorias. Está el bien y está el mal; la honestidad y la corrupción; el amor generoso y el odio homicida. Así podríamos llevar al infinito la enumeración de esas contradicciones. El protagonista de las mismas es el ser humano que exhibe, en unos el pecado y en otros la santidad; en unos, la mezquindad y la avaricia y, en otros, la generosidad y la solidaridad heroica. No pretendo caer en la simpleza ingenua de una división absoluta entre el bien y el mal. El ser humano sufre el forcejeo entre esos extremos opuestos, lo dice muy bien San Pablo: “De esa manera, vengo a descubrir esta ley: queriendo hacer el bien se me presenta el mal “. ( Romanos 7, 21) Inmediatamente antes afirmaba: “Y así, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Pero cuando hago lo que no quiero, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que reside en mí “. (ibidem 7, 19-20) Ese tironeo acompaña a toda persona mientras trasite entre las alternativas del bien y del mal. Cumplido el Misterio de Cristo, mediante su Muerte y Resurrección, la gracia de su Espíritu se constituye en el auxilio necesario para que prevalezca el bien y sea vencido el mal.
3.- Denunciar para anunciar. Cristo, y el Evangelio que se predica en su nombre, es reclamado por el mundo: ” No sería exagerado hablar de un poderoso y trágico llamamiento a ser evangelizado ” (Beato Pablo VI: Evangelii Nuntiandi-n. 55). La repetición de lo esencial quizás no atraiga tanto la atención, como la coyuntura, en un momento políticamente incandescente como el actual. ¿Será, acaso, de mayor importancia la denuncia de los corruptos – sin duda oportuna y necesaria – que el anuncio de la Verdad, necesaria para el ejercicio de la justicia y el restablecimiento del orden? Estamos así porque se ha descartado el cumplimiento de los Diez Mandamientos y se ha diluido el espíritu de las Bienaventuranzas. Quienes han robado impunemente y quienes, para lograr sus propósitos, han llegado al homicidio y al femicidio, ¿desconocen que Dios ha dictado los graves preceptos de “no robar ” y “no matar”? Estremece pensar que muchos mueren en esa funesta y trágica ocupación, debiendo enfrentar un juicio superior – el de Dios – insobornable y definitivo. Muchos se empeñan en vivir lejos de la realidad, en una superficie mentirosa y volátil. Mientras tanto el tiempo se pierde en las alcantarillas de las miserias cotidianas.
4.- Respetar a quienes no creen, sin condenar al silencio a los creyentes. La necesidad de que el mundo reciba el mensaje evangélico cobra vigencia en las actuales circunstancias. Los hombres no están perdidos, se encuentran necesitados de Dios, el Salvador. Como aquellos setenta y dos, existen muchos y excelentes obreros para recoger la mies: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos ” (Lucas 10, 2). Los desarreglos que se exponen, sin pudor, en nombre de los adelantos científicos y técnicos, no son más que gemidos de la insatisfacción existencial, producidos cuando Dios es excluido de la vida humana. Existen poderosos intentos de materializar esa exclusión, cuando “ex profeso” se desaloja su nombre y sus signos: de la educación, de las leyes y de la vida corriente. Es preciso respetar a los no creyentes, pero, cuando los creyentes son mayoría, no deben ser silenciados con la excusa inconsistente de que es discriminación exhibir los contenidos de la fe religiosa y de sus legítimas expresiones.

Domingo 13° durante el año

26 de junio de 2016
Lucas 9, 51-62

1.- Solo Dios basta. El Reino, que anticipa e instala Jesús, es el Reino de Dios. Nada es válido en la vida si se le resta importancia a Dios. Estamos destinados a encontrar nuestra plenitud en Él, lo restante o “añadidura” tiene una función que debe orientar la vida de las personas hacia esa Plenitud. Por ese motivo nos previene Jesús cuando exclama: “Busquen el Reino y su justicia, lo demás se les dará por añadidura”. La añadidura es lo relativo, que únicamente halla sentido si conserva su existencial referencia a Dios. El contundente “sólo Dios basta” de la mística Doctora, Santa Teresa de Jesús, pone en su exacto lugar a Dios y a lo que no lo es, en una escala de valores que, con frecuencia, hallamos desordenada en la vida corriente. Ese desorden jerárquico exhibe consecuencias muy negativas en los proyectos de sociedad intentados por algunos políticos. El Evangelio, predicado por los Apóstoles y la Iglesia, viene a reordenar esa escala de valores. En el centro, garante del equilibrio para crear una sociedad libre, justa y fraterna está Dios, “Padre de la vida creada” (Beato Pablo VI). Algunas expresiones contemporáneas indican que existe una desorientación generalizada con respecto a la centralidad de Dios, en la vida creada y en la historia humana.
2.- Reedición del tironeo que padece Jesús. El tironeo que padece Jesús por parte de los fariseos y saduceos, de los judíos y samaritanos, se reedita hoy. Veinte siglos son suficientes para comprobar la persistencia de esos insostenibles intentos. Recuerdo una expresión del Beato Scalabrini, que me asistió siempre en mi tarea pastoral: “Ser fiel al Evangelio y contentar a todos es imposible”. Sin duda el Papa Francisco es un hombre del Evangelio y se esmera por serlo con sus palabras y con sus gestos. Como consecuencia, identificado con Jesús, será “signo de contradicción” (Lucas 2, 34). La suerte corrida por el Maestro divino, será el destino de sus Apóstoles y seguidores. El tironeo, del que hablábamos, quizás deje en estado de perplejidad a gente que, por su fe y su simpatía, aprecia mucho al Papa. Es cuando deben proponerse pasar del nivel emotivo al reflexivo, creando, entre ambos, un necesario equilibrio. No a todos satisfará lo que el Santo Padre, en el ejercicio de su ministerio petrino, deba decidir. No es servilismo el respeto a la autoridad constituida. Ese respeto, inspirado por la fe, será más o menos doloroso, si responde o no a opiniones y sentimientos personales. De todos modos, tanto los ciudadanos responsables, como los bautizados, no están exentos de verter respetuosa y seriamente las propias opiniones ante quienes corresponda. De esa manera se construye el bien común y se expresa el Santo Espíritu para que la Iglesia avance hacia la perfección del Reino de Dios.
3,- Interpretar en clave de fe. Únicamente desde esa perspectiva de fe se entenderán correctamente las palabras y gestos de quién ha sido investido de tan grave responsabilidad. No ocurre así, según lo evidencian los últimos acontecimientos, algunos bochornosos – por su voltaje de alta corrupción – que han salpicado a una Iglesia consternada. Es el momento de poner las cosas en su lugar, y de renovar la fidelidad a los contenidos esenciales de la fe. La “transparencia” está en la enseñanza y en los gestos del Divino Maestro. Los escribas y fariseos fueron severamente amonestados por Jesús, a causa de la hipocresía que los caracterizaba. El Evangelio – o sea, Cristo – no tolera la mentira, el fingimiento y la hipocresía. Los cristianos, sea cual fuere la misión que les corresponda desempeñar en la sociedad, deben asegurar ese comportamiento en sus relaciones, tanto con el mundo como con la Iglesia misma. Nadie debe extrañarse que, en virtud de la palabra evangélica, la Iglesia denuncie el engaño y la corrupción como oposición directa a la Verdad que tiene el grave deber de exponer y testimoniar. ¡Cómo afecta a la credibilidad de la fe el escándalo de la pedofilia o de la complicidad con los corruptos, aunque se recurra, a veces, a una cierta y discutible ingenuidad. Cristo no quiso presentarse como fiscal o juez de los hombres. Su misión, Él mismo lo ha dicho, “no es juzgar sino salvar”. La Verdad que expone, identificada con Él por el Misterio de la encarnación, se constituye en el verdadero juez de la conducta humana. Únicamente la Verdad, que preserva y “hace libre”, juzga y condena a quienes la contradicen.
4.- Su enseñanza es toda la Verdad que necesita el mundo. Los últimos versículos del texto de San Lucas, que acabamos de escuchar, constituyen una expresión fuerte de su franqueza ante quienes le expresan su deseo de seguirlo. El Señor no disimula los riesgos que incluye su seguimiento. No se queda en palabras y, menos aún pretende engrosar su comitiva con seres incondicionales, seducidos por su liderazgo. No intenta hacerse popular. No titubea al exponer su doctrina, ante quienes se escandalizan, con un lenguaje simple y directo. Es proverbial el altercado producido a causa del anuncio eucarístico. Es allí donde declara que “su carne es comida y su sangre bebida” y que la Vida depende de esa misteriosa comida y bebida. El jueves anterior a su muerte en Cruz escogerá y consagrará el signo de ese necesario alimento: el pan y el vino: “Tomen y coman, esto es mi Cuerpo” “tomen y beban, este es el cáliz de mi Sangre”. “Hagan esto en memoria mía” (Lucas 22, 19-20). No atenúa ni disimula el realismo de su lenguaje ante la reacción de quienes, por ese motivo, dejan de creer en Él y “de acompañarlo”. Hace una semana, el pueblo de Dios en la Argentina ha cerrado el XI Congreso Eucarístico Nacional, celebrado en Tucumán. Allí miles de peregrinos, en nombre de muchos miles más, han profesado su fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. De esa manera la Iglesia ha proclamado que Cristo es el Pan del que todos necesitamos alimentarnos.